SIMETRÍA
Hace unos
días, cuando en Madrid la primavera era aún primavera y no se había convertido
en este pavoroso simulacro del verano que nos ha atacado de forma tan artera,
estaba yo sentada con un amigo bajo la pérgola de una cafetería situada en un
rincón de mi barrio que me parece muy agradable. Teníamos a un lado de la mesa
un esplendor vegetal que se asomaba por el cerramiento acristalado; al otro, una
acera poco transitada. En la mesa más cercana a la nuestra se había instalado
un padre con una sillita de bebé de la cual, desde mi posición, solo veía
asomar un pie regordete. Cuando el camarero le trajo una cerveza, este papá
joven me pareció el ejemplo máximo de la felicidad: estaba tomándose una pausa
no sé si del trabajo o de las tareas domésticas (trabajo, al fin y al cabo),
acompañado por un bebé que, cuando lo sacó del coche, se manifestó un crío de
ojos avispados y sonrisa fácil, que empezó a comunicarse con los ocupantes de
las mesas cercanas. Mi acompañante hizo el comentario esperable de quienes
hemos vivido otras épocas: cada vez es más común ver a padres ocupándose de sus
hijos pequeños. El bebé a esas alturas nos lanzaba miradas risueñas por encima
del hombro de su padre. Imposible no corresponderle con monerías.
El tiempo
fluía con prisa aquella agradable mañana de primavera, porque lo siguiente que
recuerdo es al padre levantándose tras haber apurado su cerveza y saliendo del
recinto de la pérgola. Cuando enfiló por la acera, apareció frente a él una
pareja que se acercaba, con la que padre y bebé crearon por un instante una
curiosa simetría. La formaban un hombre mayor que iba empujando una silla de
ruedas y otro que iba sentado en ella y que era mayor aún, con esa edad
suplementaria que aportan los signos de la enfermedad. Antes de desaparecer
tras la esquina, el padre con la sillita de bebé se cruzó con el anciano que
empujaba la silla de ruedas, como si se reflejara en un espejo mágico y cruel. Luego
los dos hombres mayores, el que andaba y el que no podía hacerlo, vinieron a
instalarse bajo la pérgola. Mi amigo y yo observamos en silencio la maniobra. Tal
vez los recién llegados se instalaron en la misma mesa que habían abandonado
padre e hijo. No estoy segura.
—¿Has
visto? —me salió decirle a mi acompañante—. ¡La vida!
Tampoco recuerdo
qué me contestó. Solo sé que me sentía invadida por una emoción que no acierto
a describir.
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