ÚLTIMAS LECTURAS: KATE CHOPIN
«Edna llevaba todo el verano intentando aprender a nadar». Así introduce la voz narrativa de El despertar una escena de extraordinaria importancia para su protagonista, Edna Pontellier. Esta es una mujer burguesa, casada y madre de dos niños, que veranea a orillas del Misisipi, en el hermoso emplazamiento de Grand Isle. Con su marido ausente y rodeada de gente acomodada y ociosa como ella, Edna deja deslizar los días en compañía del joven Robert Lebrun, que la hace objeto de sus atenciones. Una noche, un grupo de estos despreocupados veraneantes decide bajar a la playa. Edna acumula unos cuantos fracasos en su propósito de aprender a nadar, pero aun así se mete en el agua y lo intenta por enésima vez. Y entonces sucede el milagro: «Habría podido gritar de alegría. Lo hizo, de hecho, cuando, tras una o dos amplias brazadas, levantó su cuerpo hasta la superficie del agua». La noche embriagadora de sensaciones, la música lejana, la luz de la luna y el cuerpo que se eleva sobre el suave oleaje forman una imagen maravillosa, que es además la perfecta expresión de la esencia de la novela.
Cuando la
escritora estadounidense Kate Chopin publicó El despertar en 1899, tuvo
que afrontar un gran escándalo. No es extraño, dado que la novela describe el
proceso de toma de conciencia de una mujer de clase acomodada que se descubre
insatisfecha en el único papel que la sociedad le permite desempeñar, el de
esposa y madre. Conozco pocas obras literarias con un título más adecuado,
porque lo que aquí se nos narra es un auténtico «despertar» de la protagonista:
a la libertad, a los proyectos propios, a la sensualidad. Edna Pontellier
pertenece a la estirpe de madame Bovary y de las otras insignes malcasadas
decimonónicas, Anna Karenina y Ana Ozores; ha tenido que olvidar sus anhelos de
aventura y pasión para plegarse a una vida carente de emociones y encuentra la
posibilidad del amor fuera del matrimonio. Está también hermanada con la Nora
de Casa de muñecas de Ibsen por su rechazo al papel tradicional de la
mujer. Kate Chopin refleja con exquisita sutileza el viaje de su protagonista
hacia territorios vedados para ella, un viaje envuelto en una vívida
descripción de ambientes: el paradisíaco verano de Grand Isle, el bullicio
ciudadano de Nueva Orleans. Nos sentimos dentro de la piel de esta Emma Bovary
sureña y nos lanzamos con ella a las aguas nocturnas de una nueva existencia,
en las cuales por fin Edna aprende a nadar.
La preciosa
edición de El despertar de la editorial Alba se completa con una serie
de narraciones breves de Kate Chopin, procedentes algunas de ellas de las dos
colecciones de relatos que la escritora publicó (Gente de los pantanos y
Una noche en Acadia), así como otras que no llegaron a ser recogidas en
forma de libro. Leí El despertar hace años, pero no conocía los
cuentos de esta autora, en los cuales me sumerjo con auténtico deleite. Utilizo
de nuevo la imagen del agua para referirme a la experiencia de lectura de las
obras de Kate Chopin y no lo hago de forma gratuita, porque entrar en su mundo
narrativo supone una auténtica inmersión en un ambiente ajeno a mí, el sur de
Estados Unidos de finales del siglo XIX: las plantaciones con sus olores, sus
noches cálidas, el arrullo de las aguas y el azote de las tormentas, el sonido
de las voces y los cantos lejanos; las ciudades con su trasiego de viandantes y
coches de caballos, sus almacenes plagados de compradores, sus bulliciosos
teatros y salones de té. Todo un universo sensorial que la escritora despliega
alrededor de nosotros con una extraordinaria capacidad para crear, más que
describir, vívidos ambientes.
Los relatos
de Kate Chopin, como la novela que le ha dado más fama, están plagados de
personajes femeninos en disconformidad o franca rebelión con su entorno.
Algunas de estas mujeres ignoran sus propios sentimientos hasta que un
acontecimiento traumático las saca de su atonía, como la protagonista del que
es quizá su relato más conocido, Historia de una hora, que en el mismo
instante de recibir la noticia del accidente del tren en el que viajaba su
marido descubre frente a ella un insospechado panorama de libertad. Otras son
conscientes de no encajar en el modelo de mujer al uso, como la enternecedora
Charlie, protagonista del relato homónimo, que por conseguir el amor emprende
un proceso de acomodación a los rasgos considerados tradicionalmente como femeninos,
apartándose de su naturaleza rebelde e imprevisible. Aunque algunas recorren el
camino contrario: así sucede en el conmovedor relato titulado Arrepentimiento,
que narra cómo una mujer orgullosa de su independencia debe cuidar durante unos
días de los hijos de su vecina ausente, lo que la lleva a una puesta en
cuestión de su solitaria existencia, privada de la maternidad. Parte importante
de este mundo anclado en los valores previos a la Guerra de Secesión son los
criados negros, que ya no son esclavos pero que arrastran unas cadenas
invisibles y aún más difíciles de romper que las físicas. Campesinos que
afrontan precarias existencias vinculadas a los vaivenes de la tierra, maridos
que maltratan a sus esposas, pero también maridos enamorados y no
correspondidos, muchachas que juegan con sus pretendientes, que se esfuerzan
por casarse convenientemente o por huir de un matrimonio que no las satisface,
madres de familia ahogadas por sus obligaciones que se toman un descanso,
sirvientes vinculados de por vida a las familias a las que sirven y que ejercen
de testigos de los secretos y debilidades de sus miembros forman un animado
fresco de la sociedad urbana y rural de la Luisiana de finales del XIX, un
mundo perdido que se erige frente al lector con increíble viveza.


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