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UN DIMINUTIVO

Esta es una entrada pequeña, como el diminutivo que le da título. Responde a una situación que presencié hará cosa de un mes y cuyo recuerdo, pese a su aparente insignificancia, no me ha abandonado desde entonces. Encuentro hoy por fin un hueco para ponerla por escrito. Tres, dos, uno: regreso a mediados del mes de junio.   Estoy sentada en un banco a la entrada de la sala de rehabilitación. Hay más pacientes que otros días y entretengo los minutos de espera antes de ser atendida leyendo en mi libro electrónico. Es una de las últimas sesiones que me han prescrito y mi rodilla parece estar volviendo a la vida. Estoy contenta y no me importa el retraso.   Me saca de mi abstracción una voz femenina que lanza desde el umbral una petición de ayuda: ¿Puede usar los bancos de la entrada para que se siente su padre? La cercana consulta de neurología está atestada, explica, y no hay asientos libres. La voz suena a un volumen muy superior a las conversaciones sosegadas que se desarrollan en la

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