ÚLTIMAS LECTURAS: ALAN PARKS / HJORTH & ROSENFELDT
Harry McCoy
acaba de estrenar la treintena. Es un tipo resolutivo que vive acelerado y
rodeado de gente, pero que transmite una fuerte sensación de desamparo. Tuvo
una infancia complicada a causa de la prematura pérdida de sus padres y su
ingreso en una institución para huérfanos que fue el anticipo de los duros
ambientes en los que transcurre su vida adulta. De esa etapa conserva la
amistad de Stevie Cooper, otro chaval huérfano que en su momento lo defendió de
los abusos en el orfanato y que ahora se ha convertido en uno de los jefes del
narcotráfico local. Harry tiene además una relación que casi se podría definir
como amorosa con Janey, una prostituta con la que comparte sexo y drogas y por
la que siente una afectuosa ternura. Para terminar su semblanza, añadiré que
Harry McCoy es policía. Un agente brillante y con posibilidades de ascenso, que
se desenvuelve a diario en el terreno fronterizo entre lo legal y los ambientes
más sórdidos y peligrosos de la ciudad.
Enero sangriento es el primer título de la serie de novelas negras escritas por el escritor escocés Alan Parks y protagonizadas por el detective Harry McCoy. La acción comienza en los primeros días del año 1973. Un convicto hace acudir al protagonista a la cárcel para comunicarle una información inquietante: una joven que trabaja en un restaurante de la ciudad y de la que solo sabe el nombre de pila va a ser asesinada. Con tan intrigante planteamiento, se embarca al lector en un viaje cuyo destino se prevé nada halagüeño, pero del cual (al menos, en el caso de esta lectora) no desea apearse. Alan Parks posee una notoria habilidad para trazar personajes dotados de vida y singularidad: el colérico inspector jefe Murray, la conmovedora prostituta Janey, el terrible y ambivalente mafioso Stevie Cooper, capaz de lo más noble y de lo más brutal, y el joven Wattie, policía novato al que emparejan con McCoy y que presencia la cadena de acontecimientos de ese «enero sangriento» que da título a la novela con un asombro que es reflejo del que siente el lector. Junto a ellos, un sinfín de personajes secundarios que componen un fresco lleno de autenticidad que recorre todo el espectro social. Por un lado, matones, prostitutas, pornógrafos, madamas de burdel, pequeños delincuentes, jefes de la droga: los habitantes del lado más oscuro y violento de la ciudad. Por otro, los que deberían ayudar a mantener el orden, policías cuya honestidad no está siempre clara y curas católicos encargados de muchachos sin hogar a los que someten con una disciplina despiadada. Y, finalmente, los moradores del lado acomodado y amable, Lord Dunlop y su familia, privilegiados e intocables. Por encima de todos ellos, se erige como personaje principal el escenario de la acción, una Glasgow oscura e invernal, húmeda e inhóspita, que Alan Parks describe con viveza y que recorremos de la mano de McCoy y su ayudante Wattie en un viaje que se adentra cada vez más en las tinieblas físicas y morales de una ciudad en la que parece ser siempre de noche.
Soy
aficionada desde hace mucho a las historias de crímenes y, en consecuencia, llevo a
mis espaldas un buen puñado de inspectores, comisarios, agentes y detectives
privados. Desde el brillante y extravagante Holmes hasta el inspector Maigret,
adusto y esforzado, pasando por el exuberante y mediterráneo comisario
Montalbano, los entrañables Wallander y Brunetti y los nacionales Bevilacqua y
Chamorro, tan alejados de los estereotipos asociados a la guardia civil. Sin
olvidar a los míticos Philip Marlowe y Sam Spade, de la época en que la novela
policiaca destilaba las mismas hermosas sombras en blanco y negro que sus
versiones cinematográficas. Me dejo unos cuantos en el tintero (no puedo evitar
añadir uno, quizá el más singular: el comisario Verhoeven de Pierre Lemaitre,
dotado de una mente privilegiada y una durísima limitación física por su escasa
estatura). En definitiva, hay muchos personajes de este tipo en mi memoria,
pero puedo afirmar que nunca he conocido a un investigador de ficción trazado
por su creador de forma tan despiadada y con menos interés por granjearse la
simpatía del lector que Sebastian Bergman.
Los guionistas suecos Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt, creadores de la conocida serie policíaca El puente, aunaron sus esfuerzos hace quince años para escribir Secretos imperfectos, que se convertiría en el punto de partida de una saga de novelas negras de enorme éxito en los países nórdicos. Como a estas alturas he leído ya varios títulos de la saga, estoy en condiciones de afirmar que esta novela inaugural presenta la misma estructura que adoptarán las siguientes: una escena de apertura que presenta un hecho inquietante (un ataque, las reflexiones de un asesino, la aparición de un cadáver…) que no se explica de forma inmediata y cuya clave tardará en encontrar el lector. De inmediato, se abre una investigación policial narrada con eficacia, con la viveza de diálogos en los que los personajes parecen expresarse libremente, con seguridad eco del hábil manejo del guion de sus autores. Sebastian Bergman es psicólogo y asesor de la policía. Es un tipo incómodo y desconsiderado, de modales nada pulidos, que se comporta conforme a sus propios dictados sin preocuparse jamás por los sentimientos de los demás. Es egoísta, pragmático, calculador. Utiliza a las mujeres para su disfrute físico con escalofriante frialdad. Guarda, eso sí, un secreto que el lector sospecha que explicará en cierta medida su comportamiento, pero que los autores dosifican con sabiduría. Porque este tándem de guionistas televisivos son maestros en el arte de atrapar al lector en la primera página y conducirlo sin tregua hasta el párrafo final. En esta primera entrega de la serie, la desaparición de un adolescente en la localidad de Västerås trae consigo la intervención de la Unidad Nacional de Homicidios. Frente al lector desfilan los distintos investigadores, los prestigiosos policías venidos de la capital y los mucho más modestos policías locales. Pronto se incorporará a las pesquisas Sebastian Bergman, lo que producirá en el equipo una red de rencillas y enfrentamientos que Hjorth y Rosenfeldt reflejan con lucidez y de forma nada halagüeña. Si muchas novelas de este género son sobre todo el estudio de un ambiente o una sociedad, la saga del comisario Bergman se orienta más al análisis de la psicología de sus personajes. Sus motivos ocultos, sus mezquindades, sus impulsos nada loables. Sus cobardías y debilidades. En general no son simpáticos, no. Nadie lo es cuando se lo mira desde demasiado cerca.



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