APRENDER A LEER
Viajo
sentada en el metro, en un vagón medio vacío. Es domingo por la mañana. Se respira
una paz anormal en este medio de transporte normalmente tan concurrido. Llevo
ya unas cuantas estaciones a mis espaldas, la tranquilidad me relaja y estoy algo
amodorrada. En esto, se cuelan varias voces en mi estado de abstracción.
Una es una
vocecita infantil que lanza una pregunta que no entiendo del todo. La
explicación llega de la mano de una voz adulta que responde:
—«Avd.»
significa «avenida». Se llama abreviatura. Se acortan las palabras. Así pueden
caber en el cartel. Esta estación se llama «Avenida de América».
La que
habla es una mujer que viaja con dos niños en los asientos situados enfrente del
mío. Son un niño y una niña, que están sentados con las piernas recogidas bajo
el cuerpo, como si estuvieran descansando sobre la hierba. Van cómodos y distendidos
y forman un grupo delicioso. Están tan concentrados en su conversación que
puedo observarlos a mis anchas sin que perciban mi mirada.
—Avenida de
América —repite el niño, quien, me parece, es quien ha lanzado la pregunta
inicial.
—Avenida de
América —confirma la niña, que es algo mayor. Lo hace con un aire de
suficiencia, como si quisiera recalcar la distancia que la separa del pequeño
que acaba de conocer el mundo de las abreviaturas.
Me queda
claro en qué estación me hallo. Echo cuentas: faltan solo dos para llegar a mi
destino. Casi lamento la perspectiva de abandonar en breve al grupo que charla
frente a mí. Pocas cosas me gustan tanto como contemplar a un niño que se está
adentrando en la lectura y sus escollos. Este que tengo ahora delante es
inquieto, se mueve todo el rato sobre su asiento, pero a la vez no pierde
detalle de lo que la adulta a la que supongo su madre le va explicando. Está
dotado además de una gran curiosidad, como demuestra el asombro con el que
saluda el letrero que anuncia el nombre de la siguiente estación.
—Eso quiere
decir «trece» —aclara la madre—. Equis,
i, i, i: trece.
Ahora la sorpresa
alcanza a ambos niños. Se ve que la mayor, avezada en el desciframiento de
abreviaturas, no lo está tanto en el de los números romanos.
—¿Entonces
ahí pone «Alfonso trece»? —pregunta la niña, como queriendo con todo marcar
distancias con el menor.
—Eso es
—responde la madre.
Me habría
gustado continuar viaje con el grupo de pequeños lectores y su maestra, pero el
convoy llega a mi estación y tengo que bajarme. Se trata de una estación con nombre
sencillo, sin trampa alguna, sin abreviaturas ni números romanos ni motivos de
incertidumbre. Cuando abandono el vagón, la familia lectora sigue sumida en el
misterio de que «XIII» pueda significar «trece». Desde el andén, veo por un
instante sus siluetas a través del cristal, antes de que el metro se suma en el
túnel. Estoy sonriendo. Nada me gusta más, insisto, que ver a los niños adentrándose
en ese territorio maravilloso que es la lectura. Cómo me gustaría guardar
recuerdos de ese momento de mi infancia, pero, por más que hago memoria, no consigo
evocarme en el estadio previo a la revelación de los significados que se atesoran
bajo los signos del alfabeto. Me recuerdo lectora desde siempre. En cualquier
caso, qué fortuna la de tener a alguien que me llevara de la mano en esos
primeros pasos. Qué fortuna también la de los aprendices de lector que acabo de
conocer tan fugazmente. Siento cierta envidia de su condición de viajeros a
punto de emprender una aventura fascinante. El metro que se acaba de sumir en
el túnel me parece el símbolo de un viaje lleno de promesas.

Comentarios
Publicar un comentario