UN LARGO ABRAZO
Lo que voy
a relatar sucedió durante la segunda ola de calor de este verano, que nos
asaltó cuando ni siquiera había empezado el mes de julio. Una ola de calor
prematura, imprevista, especialmente sofocante por ser la avanzadilla de lo que
se promete como un verano difícil de soportar. He dicho antes que me dispongo a
relatar algo, pero no sé si este verbo es adecuado. No se trata de una historia,
ni siquiera de una breve anécdota: fue un destello, una pincelada que se materializó
frente a mí en unos segundos, bajo un sol abrasador.
Salía yo del
metro y me dirigía a mi casa esforzándome por hallar cobijo a la sombra de los
edificios. No era tarea fácil: era mediodía y la luz cenital se desplomaba sin
piedad sobre calzada y aceras; apenas se dibujaba un leve pasadizo de oscuridad
bordeando las casas del lateral izquierdo. Por allí eché a andar, recordando,
como me sucede a menudo, aquel sabio consejo de nuestros mayores: «Vete por la
sombra». Ir por la sombra me obligaba en este caso a caminar pegada a las
fachadas, mirando con ansiedad los portales que prometían un refugio climático,
pero que nunca eran el mío. Qué lejos puede quedar la propia vivienda en un
mediodía de calor. Al menos, como la calle estaba vacía, no tenía que ceder mi
pequeña línea de sombra a ningún transeúnte que viniera en dirección contraria.
Eso iba pensando, pero pronto descubrí que me equivocaba.
La calle no
estaba vacía. Alguien había detenido su coche de cualquier manera en la acera
de enfrente, en el acceso a la zona de empleados del centro comercial. La chapa
del vehículo refulgía a pleno sol. Junto a él, se erguían dos curiosas figuras.
Cada una de ellas estaba formada a su vez por dos personas, unidas de forma tan
estrecha que parecían crear entre ambas un singular organismo. Las observé
mientras me acercaba con una curiosidad en la que se mezclaba cierto grado de
angustia. Los que se abrazaban con tanta fuerza, inmóviles bajo el sol, eran
una mujer y un adolescente, por un lado, y un hombre maduro y otro más joven,
por otro. Se apretaban hasta fundirse en uno solo, hundiendo cada uno la cabeza
en el hombro de su pareja. Había algo urgente, de una insólita intensidad, en
esos abrazos prolongados. El coche tenía el maletero abierto y abarrotado; deduje
que se estaban despidiendo. Cuando ya me encontraba muy cerca de ellos, vi cómo
se deshacían los abrazos para ceder el paso a otros. Hubo un rápido intercambio
de parejas: el muchacho se abrazó al hombre más joven y el mayor a la mujer. Antes
de sumirse en este nuevo abrazo, el adolescente se llevó la mano a los ojos, me
pareció que para secarse las lágrimas.
Los dejé
atrás, detenidos en sus nuevos emparejamientos, firmes como árboles en la
acera, bajo un sol inmisericorde. Seguí mi tránsito por el delgado filo de
sombra, sin atreverme a mirar atrás. Tenía la impresión de haberme colado en un
momento de intimidad absoluta, el consuelo frente a una desgracia familiar, el
preludio de una larga ausencia. No vi separarse a las dos parejas y han quedado
así para siempre en mi memoria, plenas de tristeza y afecto, ajenas al ataque
del sol, unidas en el más caluroso de los abrazos.

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