RETRATO DE FAMILIA
Es un
retablo de grandes dimensiones, con vivos colores y fondos dorados, muy de su
época. Se titula Retablo de los Siete Sacramentos, lo pintó el artista
florentino Gherardo Starnina a finales del siglo XIV y su ubicación habitual es el Museo de Bellas Artes de Valencia, donde sin duda pude verlo hace un par
de veranos, pero sin descubrir su secreto. Porque esta monumental acumulación
de escenas sacras guarda en un discreto rincón la huella del más intenso y
humano de los dramas, que pasé por alto en mi primer contacto con ella. Me convenzo de algo que ya sabía: nunca se ve dos veces el mismo cuadro.
Mi
reencuentro con esta obra se ha producido en la exposición A la manera de
Italia, España y el gótico mediterráneo, que se puede visitar hasta
mediados de septiembre en el Museo del Prado. El retablo en cuestión se
encuentra en la última sala y se accede a él con las pupilas llenas de
Vírgenes, ángeles de primorosas alas, crucificados, santos recibiendo martirios
variados. Starnina es un pintor delicado y de técnica depurada, por lo cual su
obra resalta entre las de sus contemporáneos, pero no estaría escribiendo sobre
ella ahora si no hubiera prendido mi atención una escena situada en la predela
de este retablo. Allí, en el extremo inferior derecho, aparecen varias figuras
femeninas de perfil y arrodilladas. Van vestidas de blanco y tienen un aire
evanescente, como si fueran princesas de una novela de caballerías o fantasmas
de una nada siniestra aparición. Se me ocurre que sean las mártires
protagonistas de una de esas terribles historias sacras en las que un grupo de
mujeres es masacrado sin piedad en el curso de una expedición a Tierra Santa,
cuando defienden a capa y espada su virtud o se niegan a renunciar a su
religión. Por fortuna, el pintor no las ha reflejado en el momento de su
tortura, sino después, convertidas en plácidas almas de bella apariencia
corpórea. Consulto al fin la cartela y me doy cuenta de que voy desencaminada,
pero solo en parte. Las mujeres (me he detenido a contarlas y ahora sé que son
ocho) están muertas, en efecto, pero no han sufrido martirio ni han ingresado
en la estelaridad del santoral. Son la esposa y las siete hijas del comitente
del retablo, muertas en una epidemia de peste y recordadas para siempre en
ilustre y sobrenatural compañía. El comitente en cuestión, que se llamaba
Bonifacio Ferrer, entró en religión a raíz de la tragedia y se hizo monje
cartujo. Aparece representado al otro extremo de la base del retablo, con su
hábito monacal y acompañado por los dos hijos que sobrevivieron a la peste. El
pintor lo ha plasmado con un rostro entrañable, volviendo hacia lo alto una
mirada melancólica. Él y sus hijos están de rodillas sobre un paisaje sembrado
de peñascos. Me quedo largo rato contemplando a esta familia dividida por la
muerte, los hombres soportando la dureza del mundo terrenal, las mujeres
iluminadas y coronadas de flores, en la liviandad de la vida eterna. Por más
que demos por hecho que nuestros antepasados convivían con la muerte de forma
más natural que nosotros y que el concepto de felicidad es una construcción
moderna, no puedo ni imaginar el dolor de este padre y estos dos hijos tras
sobrevivir a una atroz epidemia que arrasó con todas las mujeres de la familia.
No me quito de la cabeza este drama real que se abre un hueco modesto entre
tanta historia sacra grandilocuente e improbable.
Cuando
llego a casa, busco información y descubro que la esposa muerta se llamaba
Jaumeta Despont. El pintor la ha representado en un perfil delicadísimo,
cubierta por una toca blanca y con un collar de cuentas oscuras. Averiguo
también que los hijos supervivientes se llamaban Juan y Francisco. De las hijas
muertas, solo encuentro el nombre de la mayor, que se llamaba Isabel. Al
parecer, rondaba los doce años cuando murió. Ella es la más alta de las
muchachas coronadas de flores, la que cruza los brazos sobre el pecho. Su pelo
rubio recogido en una trenza deja ver un pendiente en forma de estrella. Sus
hermanas menores son figuras mucho más infantiles que ella y a primera vista
parecen idénticas, pero no lo son. Dos tienen el pelo corto y ondulado, las
otras largo y recogido. Una tiene la nariz ligeramente curva. También los hijos
supervivientes presentan rasgos singulares; el que está delante es gordito y
ofrece a quien lo contempla un encantador moflete redondeado. Agradezco al
pintor que se haya tomado la molestia de individualizar a los protagonistas de
este drama de muerte y separación. No puedo parar de observar a esta familia
dividida, de imaginar la relación entre sus miembros, las afinidades y
rencillas. Descubro un último dato que me estremece: la pareja tuvo dos hijos
varones más, que han sido omitidos en el retablo. Es probable que murieran
siendo niños. Los incluyo mentalmente en este estremecedor retrato de familia.




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