ÚLTIMAS LECTURAS: JUAN TALLÓN / TXANI RODRÍGUEZ
¿Puede un libro ser amable durante ciento cincuenta páginas y demoledor en los últimos cuatro párrafos? Puede. Para demostrarlo, tenemos a Juan Tallón y su última novela, que responde al escueto y acertado título de Mil cosas.
«Siente que en cualquier momento la realidad se le vendrá encima y lo aplastará», afirma el narrador con respecto a uno de los dos protagonistas de esta novela breve y vertiginosa. Él es Travis, un periodista en la treintena, casado y padre de un bebé, que lucha durante una sola jornada, la que recoge la novela, por sacar adelante las mil (y el numeral se queda corto) obligaciones que acarrean su condición de trabajador, hijo de padres mayores y padre a su vez de un niño de corta edad. La otra mitad del dúo protagonista es Anne, esposa de Travis, que desempeña una nada estimulante labor de teleoperadora y que se enfrenta al acoso de un compañero de trabajo mientras sueña con la frontera que atravesará el día siguiente, en el que comienzan sus vacaciones. Es verano y hace un calor inaudito, que los personajes no paran de comentar y que el lector parece compartir a través de las descripciones del piso de alquiler sin aire acondicionado y del ardiente asfalto de la ciudad. Hay mucho tráfico, hay esperas en paradas de autobús achicharradas por el sol, hay compras pendientes, neveras vacías y muchas, muchas llamadas de móvil en esta novela que se lee sin sentir, con la contradictoria sensación de tener una sonrisa en los labios y el estómago encogido ante la dimensión épica de la vida de los protagonistas, que intentan con denuedo abarcar un sinfín de tareas que los sobrepasan. «La vida y sus asuntos importantes lo han puesto de rodillas», afirma también el narrador sobre Travis. La contundencia y la expresividad son los rasgos definitorios de la prosa de Juan Tallón, que demuestra una enorme solvencia para llevar al lector por donde quiere: por los territorios de la complicidad y la simpatía, por los de la identificación e incluso los de la angustia. Yo terminé la lectura sumida en la más absoluta desolación, no voy a explicar por qué. Tal vez sirva de acicate para que quien lea esta reseña decida compartir las zozobras de los entrañables protagonistas de esta aguda reflexión sobre la vida moderna y sus servidumbres. Merece la pena.
Irune vive
sola, en una casa desde la cual puede ver las tumbas de sus padres en el
cementerio cercano. En contra de lo que cabría esperar, este detalle le
proporciona una sensación de estabilidad. Trabaja en una fábrica de papel que
es la base de la economía de la población cercana a Bilbao donde reside. La
proliferación de eucaliptos que desplazan a los árboles autóctonos en los
bosques cercanos refleja de forma expresiva el poder aplastante de la industria
local. Como trabajadora de tan gigantesco engranaje, Irune recibe
periódicamente el regalo de una serie de productos como muestra de gratitud de
la empresa. Se trata de rollos de papel higiénico. Lo que podría vivirse como
una humillación es motivo de alegría gracias a la afición al origami de Irune,
que decora su vivienda con las figuras que va creando. A través del tabique,
espía con preocupación las señales procedentes del piso de al lado, donde
habita una vecina que sufre la violencia de su hijo. Esta mujer singular,
solitaria y llena de delicadeza es la narradora y protagonista de Los
últimos románticos, mi primer contacto con la obra de la escritora Txani
Rodríguez.
Podría
hablar interminablemente de Irune, porque es un personaje entrañable que se ha
ganado mi corazón desde el primer párrafo de la novela. Me ha hecho sonreír con
su hipocondría y ha despertado mi admiración al unirse a un grupo de
manifestantes que acampan frente a la fábrica, a pesar de las advertencias de
su jefe. He disfrutado lo indecible con sus conversaciones telefónicas con un
operador de venta de billetes de tren al que llama para informarse de viajes
que nunca realizará, por el simple placer de escuchar su voz. Irune es, como
indica el título, una romántica de las que ya no quedan, capaz de jugarse su
puesto de trabajo por un gesto de dignidad, capaz de transformar el prosaico
regalo de su empresa en belleza, de soñar itinerarios ficticios y amar a un
desconocido por el sonido de su voz. Txani Rodríguez tiene el don de
transmutarse en su personaje y dotarlo de autenticidad para crear una novela a
la vez nostálgica y luminosa, profundamente humana.


Coincido en las mismas dos carencias lectoras, pero tomo nota de tus reflexiones, que me servirán de guía si me acerco a estos libros. ¡¡¡Gracias!!!
ResponderEliminar