DESDE LO ALTO

Durante un año, el fotógrafo mexicano Alejandro Cartagena se apostó en pasos elevados sobre la carretera 85, en el tramo entre las ciudades de Monterrey y Pedro Garza García, y se dedicó a inmortalizar vehículos desde su posición privilegiada en las alturas. Le interesaban de forma especial las camionetas con la parte posterior abierta, que dejaban a la vista su carga a medias humana y a medias inanimada. Inmortalizó así conjuntos formados por operarios, herramientas, mercancías: una auténtica sinfonía del trabajo. Pronto descubrió una pauta en los desplazamientos y reconoció a los pasajeros a quienes sorprendía a diario en sus viajes en una y otra dirección. Ellos son los «carpoolers» que dan nombre a la serie fotográfica: personas que comparten vehículo en sus rutas de ida y vuelta al trabajo.

Aparte de su indudable valor testimonial, Carpoolers tiene otros componentes que atrapan la mirada del espectador y le invitan a la reflexión. Actualmente se puede contemplar un buen número de estas fotografías en la exposición Alejandro Cartagena. Ground rules de la Fundación Mapfre de Madrid. Un largo segmento de pared aparece cubierto por imágenes simétricas que muestran vehículos captados con extraordinaria precisión, en posiciones idénticas, gemelos a primera vista, pero a la vez profundamente dispares por su contenido. Son como celdas de un panal, pequeños mundos habitados durante el tránsito entre el hogar y el trabajo. En ellos se pueden ver grupos de trabajadores sentados como comensales alrededor de una mesa o tumbados en abarrotada promiscuidad, dúos que departen amistosamente como si se encontraran sobre una toalla a la orilla del mar, viajeros que emergen apenas de un caos de cables, herramientas, tablones. Algunos se extienden cuan largos son, como si flotaran plácidamente sobre las aguas; otros cruzan los brazos sobre el pecho para proporcionarse calor; muchos duermen, tapándose la cara con telas o con sus propias capuchas. En ocasiones, el elemento humano ha desaparecido y quedan solo las huellas de su labor, los productos guardados en cajas o amontonados con mayor o menor orden en el maletero. Estos carpoolers de Cartagena son diversos, singulares, pero a la vez están unidos todos ellos por la dignidad y la dureza del trabajo. Es tentador jugar a buscar las similitudes y diferencias entre ellos, a imaginar sus circunstancias, la distancia que separa su destino de la cama que han tenido que abandonar demasiado temprano, la relación que los une con las personas que han dejado atrás, en sus pisos compartidos, en escuelas, en otros vehículos que parten también hacia largas jornadas de trabajo. Es inevitable sentirse una especie de diosecillo que se asoma desde lo alto a la vida oculta de sus criaturas.

Es posible también, frente a estos sugerentes Carpoolers, dar el paso de imaginar los vehículos de nuestra vida y levantar su techo con el poder de nuestra mente. Se expondrá así a nuestra mirada el interior del coche abarrotado de nuestra infancia que nos llevó a viajes eternos, y el del primer vehículo que adquirimos con esfuerzo (o con ayuda parental) y que condujimos con torpeza o prudencia o con insensata confianza. Veremos a los que viajaron con nosotros y ya no están, incluidos nuestro yo de niño, de adolescente, de joven que manejaba el volante imitando el gesto experto de su actor favorito o que viajaba de copiloto cantando a voz en grito por la ventanilla bajada. Veremos a los amigos que ya no lo son, con los que nos perdimos infinitas veces y con los que discutimos acaloradamente por culpa de un mapa lleno de dobleces que no era posible interpretar dos veces de la misma manera. A nuestras mascotas. A nuestros padres (¡qué jóvenes están!). A nuestras parejas, pasadas o actuales. A nuestros hijos, muy pequeños. Van sentados, sujetos con cinturones, durmiendo, vueltos hacia la ventanilla, revolviéndose, husmeando por el suelo lleno de pequeños objetos olvidados, monedas, una bolsa vacía de chucherías, una pieza de metal que no se sabe dónde encajar. Los vehículos de nuestra vida, circulando bajo nuestra mirada, arriba y abajo, por la carretera del tiempo.


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