PRESAGIOS DEL OTOÑO
Uno. La
brisa.
Es posible
encontrarse con ella en variadas circunstancias. La más favorable tiene lugar a
primera hora de la mañana. Te levantas temprano a pesar de ser fin de semana o
estar de vacaciones, tal vez te has desvelado o (como es mi caso) te has
convertido en fiel servidora de un gato convaleciente que ha devenido en tirano
y tiene extravagantes horarios de comida. Decides empezar la mañana, en
cualquier caso. Mientras te preparas un café, abres la ventana, casi con miedo,
y de pronto sientes una brisa fresca que se cuela en tu cocina y te envuelve,
como invitándote a bailar con ella. A veces, en el culmen del privilegio, viene
acompañada por un rastro de humedad. Respiras con los ojos cerrados. Quién te
lo iba a decir: incluso agradeces el madrugón.
Dos. La
sombra.
Durante
meses ha sido un refugio contra el castigo implacable del sol. Los itinerarios
se han vuelto confusos y alambicados por la necesidad de acogerse a su
protección, en un fiel cumplimiento de aquella tradicional consigna de nuestros
mayores: «Vete por la sombra». Pero no siempre es fácil. El paso de cebra está
a pleno sol. La distancia entre dos aceras se vuelve infinita por el peso de
cuarenta y tantos grados. Hay avenidas flanqueadas por arbolitos recién
llegados, sustitutos de antiguos ejemplares que pasaron a mejor vida, que
elevan sus bracitos en un inútil intento de crear un cobijo a los humanos. Hay
plazas cuyo centro, tan lejano de los muros, se convierte en el cénit de una
ciudad en ebullición. Pero el día menos pensado sucede. Al traspasar la férrea
frontera que divide la zona iluminada de la sombría, no se siente solo consuelo,
sino un inesperado placer. Se está bien en la sombra. En su alivio térmico se
alberga el germen de algo olvidado y reviven imágenes que apenas segundos antes
resultaban inverosímiles: unos pies cobijados en calcetines, un brazo
deslizándose dentro de una manga.
Tres.
Ventanas.
Estoy
sentada a oscuras en el salón de mi casa mientras cae la tarde. Frente a mí, se
despliegan las fachadas de los edificios vecinos, sembradas de ventanas, como
un múltiple escenario teatral. Se van encendiendo las luces de los interiores y
yo observo desde la oscuridad. Soy, sin teleobjetivo, un tímido simulacro del
fotógrafo protagonista de La ventana indiscreta. Hay algo singular en esta
noche de finales de verano: los cristales que llevan cerrados a cal y canto
desde el mes de junio, convertidos en barricadas para cerrar el paso al calor, se
han replegado. Todas las ventanas iluminadas están abiertas de par en par.
Corre una brisa deliciosa que entra y sale de salones y dormitorios. En varias
de estas habitaciones, se puede ver la laboriosa actividad de inquilinos inclinados
sobre tablas de planchar. Pienso que debería imitarlos y aprovechar la tregua
para afrontar la más infernal de las labores. Pero todavía no. Me quedo
sentada, a oscuras, sintiéndome inmersa en una respiración colectiva.
Cuatro. Una hoja.
Me dispongo
a abandonar la tienda de ropa donde acabo de hacer una compra y algo me detiene
junto a la puerta. Sobre el suelo, pulido y brillante, hay un visitante
inesperado. Me inclino a mirarlo. Es una hoja seca. Está desmayada en mitad de
una baldosa. Ha venido volando, supongo, desde algunos de los plátanos de
sombra (supongo también; no soy buena distinguiendo árboles) que abundan en las
calles de mi ciudad. Allí sola, marrón, reseca, parece el anuncio de algo que no
termina de llegar, una especie de memento mori del ciclo de las
estaciones. Me las arreglo para sacar el móvil a pesar de que voy cargada y me
agacho a hacer una fotografía. Me figuro que mi actitud resulta extraña, porque
a mi espalda suena la voz de una dependienta: «¿Está buscando algo?» Aprieto el
botón mientras me yergo y consigo una fotografía no demasiado enfocada. Miro a
la dependienta, sonrío y le digo que no.


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