ÚLTIMAS LECTURAS: ALI SMITH / ELIZABETH STROUT

Una joven empleada de un hotel, muerta en el más absurdo de los accidentes, se pasea por los últimos escenarios de su existencia y evoca las sensaciones del cuerpo que ha perdido antes de disolverse en la nada. Una indigente apostada en la puerta de ese mismo hotel recibe la asombrosa invitación de pasar una noche en una lujosa habitación. Una chica que no es una mendiga pasa, sin embargo, largas horas en la acera de enfrente a la que ocupa la indigente, recibiendo limosnas que no desea y rumiando un propósito desconocido. Una huésped se encuentra frente a la puerta de su habitación con dos personajes que la conducen a una extravagante aventura nocturna. La recepcionista del establecimiento, presa de un profundo rencor por su trabajo mal pagado («aprietas la cara, con la nariz aplastada y la expresión distorsionada y fea, contra la ventana de la riqueza ajena», explica), planifica una curiosa venganza. Podrían ser las historias que componen un libro de relatos y tal vez lo sean, o tal vez no: tal vez sean los hilos que se entrelazan para formar una novela según el peculiar y elástico concepto del género de la escritora británica Ali Smith.

Uno de los personajes de Hotel World manifiesta en un momento dado sentirse «como si todas las cosas se hubieran hecho añicos y luego alguien las hubiera unido con pegamento pero desordenadamente». Es una expresiva imagen que valdría para definir la novela al completo: una historia da paso a la siguiente sin que la relación entre sus protagonistas sea evidente en un primer momento para el lector, que avanza atrapado por la intriga pero también presa del desconcierto, y que debe ir resolviendo enigmas, llenando huecos y recomponiendo la trama que la autora es remisa a entregarle completa y ordenada. Se trata de mi primera incursión en la obra de esta escritora que, tal como suelen señalar los críticos, me ha parecido de una originalidad aplastante. Ali Smith posee un singular talento para plasmar el absurdo de la existencia humana. Es capaz de mirar con ojos nuevos los elementos más cotidianos, de introducir en ellos un matiz de extrañamiento que produce en el lector un inevitable desasosiego, pero también el gozo del niño que se asoma a la vida por primera vez y se lanza a experimentar. Las cinco protagonistas de esta novela –peculiares, inesperadas en sus reacciones, completamente locas en algunas de sus decisiones— son fuente al mismo tiempo de regocijo e inquietud. El lenguaje se pliega con total libertad a los propósitos de la novelista. Ali Smith juega con las palabras, subvierte las normas, es provocadora y traviesa, pero también nos deslumbra con fogonazos de auténtica poesía. Qué difícil resulta describir el mundo plural del que es símbolo este Hotel World: un hormiguero caótico e incomprensible, pero también lleno de belleza y lirismo.

«Esta es la historia de Bob Burgess». Así, con la sencillez de un cuento tradicional, comienza la novela Cuéntamelo todo de la escritora estadounidense Elizabeth Strout. Como si la voz narrativa fuera la de un contador de historias que entretiene a su auditorio en una velada o una noche oscura de invierno. Como ese pariente de edad avanzada especialista en rescatar viejas anécdotas familiares antes de que se las trague el olvido. Y pronto se añade el siguiente detalle a la caracterización del que será el personaje principal de la novela: «como muchos otros, no se conoce a sí mismo tanto como supone y jamás creería que en su vida haya algo digno de ser contado. Pero lo hay, como nos ocurre a todos». Esta es la premisa sobre la que se asienta la novela, la importancia de los seres comunes, con frecuencia invisibles, pero conformados a base de experiencias que merecen atención. Como su título indica, Cuéntamelo todo es una historia de historias, un fresco formado por las vivencias que unos personajes cuentan a otros, en un precioso entramado de calidez humana y escucha.

El eje sobre el cual se vertebra esta novela está compuesto por los encuentros de tres personajes recurrentes en la obra de Strout, a quienes los lectores asiduos de esta escritora sin duda recordarán. La posición central del trío la ocupa Lucy Barton, una novelista que ha llegado un par de años atrás a la pequeña localidad de Crosby, en Maine, huyendo de la agitación de Nueva York. A pesar de haber triunfado en el campo de las letras, Lucy es una mujer sencilla, dotada de un candor casi infantil, que vive para contar y escuchar historias que la iluminen sobre el sentido de la existencia humana. Esa pasión suya se canaliza en sus frecuentes citas con su amigo Bob Burgess, un abogado en la sesentena, sencillo y entrañable, y en sus visitas a Olive Kitteridge, una anciana de carácter difícil que vive en una residencia. Los encuentros de estos dúos tan distintos dan pie al intercambio de innumerables anécdotas que exploran hasta el último recoveco de la condición humana. Matrimonios que conviven con fantasmas de amados ausentes, vidas que se truncan cuando apenas han empezado a despegar, hijos sospechosos de matar a sus progenitores intencionadamente o por accidente, mágicas conexiones que se establecen entre desconocidos que se cruzan de forma fugaz: lo grande y lo pequeño, lo tierno y lo terrible se dan la mano en esta novela emocionante, de una aparente sencillez difícil de igualar. Y, como telón de fondo, la tranquila localidad de Crosby, con su naturaleza que muda al son de las estaciones. Así nos presenta la voz narrativa el escenario de la acción en el capítulo inicial de la novela: «El otoño llega pronto a Maine. En la segunda o tercera semana de agosto, cualquiera que vaya conduciendo un coche, al levantar la mirada verá a lo lejos la copa de un árbol que se ha puesto roja». Y en el capítulo final se nos muestra a Bob desmantelando su despacho de abogado «un día a finales de verano, cuando más de un árbol había empezado a tornarse rojo». La naturaleza que vuelve una y otra vez al punto de partida, frente a las breves existencias de los humanos que nacen, aprenden, sufren, se enamoran, se acercan y se alejan entre sí, buscando, como Lucy Barton, un sentido para sus vidas. Probablemente, o al menos es la conclusión a la que llega esta lectora, su sentido está en compartirlas.

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