ÚLTIMAS LECTURAS: HAN KANG / ELIZABETH JENKINS
Esta novela de Han Kang tiene un pasaje portentoso, de esos que permanecen en la memoria tras el naufragio en el que necesariamente se sumen con el tiempo los recuerdos de nuestras lecturas. La protagonista ha recibido una petición de una amiga que se encuentra hospitalizada. Se trata de acudir a su casa a poner agua y comida a un pájaro que, en caso de seguir desatendido, está condenado a morir. Pero este encargo en apariencia banal implica grandes dificultades, ya que la casa se encuentra en la montaña, en la apartada isla de Jeju, y la protagonista debe llegar hasta allí en medio de una tormenta de nieve de singular intensidad. Así describe su primera impresión mientras viaja en un autobús que avanza bordeando la costa:
«Al
principio pensé que eran pájaros, cientos de miles de pájaros de plumas blancas
que volaban sobre la línea del horizonte.
Pero no, no
eran aves. Eran nubes cargadas de nieve que el viento dispersaba sobre el mar».
Esta
preciosa imagen —la novela está plagada de ellas— es el punto de partida de un
inaudito periplo primero por carreteras cada vez menos seguras y después a pie,
en medio de la nevada y la profunda oscuridad de la montaña. Con su estilo
intenso y poético, la autora describe este viaje que queda para siempre
prendido en la memoria del lector por su carácter angustioso y a la vez desbordante
de belleza, en parte por el desequilibrio entre el riesgo que supone y la
pequeñez de su objetivo, esa frágil criatura cuya vida depende por completo de
la tenaz viajera: la hermosa paradoja de los grandes gestos humanos.
Como
sucedía en La clase de griego, Han Kang narra en Imposible decir
adiós la confluencia entre dos almas solitarias y desvalidas. Ellas son la
narradora, una mujer recién salida de una tragedia familiar que no se
explicita, y su amiga, la ambivalente Inseon, alegre y animosa, pero que a la
vez parece cargar con todo el peso de la trágica historia de su tierra y su
familia. La primera es periodista y la segunda ejerce durante un tiempo como
fotógrafa; un reportaje sobre poblaciones de Japón situadas en zonas montañosas
trae consigo una relación profesional que deriva hacia una amistad que supera
la distancia física. La indagación en la historia del país es el otro puntal
sobre el que se apoya la trama, en especial la evocación de la terrible masacre
de Jeju, sucedida en 1948 pero con fuertes repercusiones en el presente. Con
estos elementos, Han Kang compone una reflexión delicada y con frecuencia
enigmática sobre el dolor, la huella del pasado y la imposibilidad de dejar
atrás lo que nos produce sufrimiento, pero que a la vez nos conforma tal como
somos. Las fronteras entre lo real y lo onírico se desdibujan de la misma
manera que los personajes habitan un territorio a medio camino entre la vida y
la muerte. La novela tiene en este sentido pasajes memorables, como la
transcripción de los sueños de la protagonista o el reencuentro de las amigas
en la cabaña cercada por la nieve, en unas circunstancias que hacen pensar al
lector que una de ellas no está viva, pero ¿cuál de las dos? Inolvidable la
sombra del ave que surca las paredes a la luz de una vela. Pura poesía.
Al
preguntarle su opinión sobre la primera novela de Elizabeth Jenkins, Virginia Woolf,
que conocía personalmente a la autora debutante, manifestó que se trataba de un
libro «dulce como la miel». Tan ambivalente elogio pesó, al parecer, en el
ánimo de la joven escritora, que comprendió que su principal defecto como novelista
era la falta de fuerza. Dispuesta a subsanar dicha deficiencia, acudió a una
historia real, un caso sucedido en 1877 y que conmocionó a la sociedad
británica de su tiempo, en el cual encontró material para escribir su segunda
novela, Harriet. La editorial Alba, en su colección Rara Avis, rescata
para los lectores en lengua castellana esta obra olvidada. Gracias a ello es
posible comprobar cómo la suavidad inicial de Jenkins derivó pronto hacia terrenos
bastante menos dulces.
Harriet es una mujer rica, que pasa ya de los treinta y que sigue soltera. Vive con su madre, que la cuida con esmero aunque no soporta del todo el carácter de su hija, y con su padrastro, un hombre sosegado que se implica poco en la vida de las mujeres de la casa. La soltería de Harriet, preocupante para los valores de la sociedad decimonónica, es inevitable: hay algo en ella, que no se precisa, que le impide el acceso a lo que se consideraba en esa época una vida normal. Pero ¿cómo es Harriet? La primera originalidad de esta novela sorprendente es que Jenkins elige no describir a su protagonista y deja que el lector se forme una idea a través de los actos de esta y de los juicios de los demás. Nos enteramos así de que se la considera rara o «tontita» y que se baraja incluso la posibilidad de que tenga una enfermedad mental. Presenciamos reacciones suyas que resultan extrañas a quienes no la conocen, somos testigos de sus dificultades para comprender lo que sucede a su alrededor o para captar las ideas de un escrito sencillo. Harriet no tiene un carácter demasiado agradable y su madre la envía a pasar temporadas con distintos parientes, a los que paga generosamente su acogida. Es así como se cruza en su camino el hombre que cambiará su vida: Lewis Oman, un seductor de baja estofa, empleado en una casa de subastas y convencido de que es merecedor de una vida acomodada que la fortuna de Harriet podría brindarle. Hasta aquí, nos encontramos ante una trama clásica, explorada con frecuencia por la literatura y el cine. Harriet, el lector lo sabe de inmediato, se inscribe en el grupo de los personajes vulnerables víctimas de una seducción, en la línea de la protagonista de Washington Square de Henry James. Pero la cosa va mucho más allá.
Lewis Oman no está
solo, sino vinculado a una serie de personas (hermano, cuñada, amante) a las
que beneficiará el matrimonio y que no dudan en crear en torno a Harriet un
muro que la aísla del exterior y que la deja a merced de sus interesadas
maniobras. No contaré más. Solo diré que Jenkins se pasea por las mentes de
todos los implicados en esta trama terrible, disecciona con mano firme sus
motivaciones e impulsos más inconfesables y traza con todo ello un
inmisericorde panorama de la crueldad y el egoísmo humanos. Un curioso dato
biográfico: Elizabeth Jenkins murió en 2010 a la edad de ciento cuatro años.
Cabe pensar que con ese largo recorrido vital llegaría a acumular un gran
conocimiento sobre el género humano. Lo extraordinario es constatar que cuando
escribió Harriet, aún no alcanzada la treintena, ya lo poseía.



Qué bonito lo cuentas, Beatriz. Es fantástico.
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