PANZA DE BURRO
Hace muchos
años, cuando era jovencita y empezaba a darme cuenta de que el día no tenía
horas para todo lo que me gustaba hacer, valoré seriamente dedicarme a la
fotografía. De hecho, le consagré muchos esfuerzos, alentada y guiada por mi
padre, que fue fotógrafo profesional toda su vida, incluso cuando él mismo lo ignoraba
porque era demasiado joven para trabajar, incluso cuando llevaba largo tiempo
jubilado. Mi padre se las había arreglado para instalar un laboratorio portátil
en un baño diminuto y allí pasé largas horas encerrada, fascinada ante el
prodigio del revelado y positivado de la fotografía analógica. Era lo más
parecido al milagro de la creación, ver aparecer imágenes en blanco y negro
sobre el papel, bajo la luz misteriosa de una bombilla roja. Fue allí, en ese
espacio reducido en el que cada maniobra era una pirueta, donde oí por primera
vez una expresión que me ha acompañado toda la vida: «Esto tiene color de panza
de burro». Era la manera en que mi padre se refería a las torpes copias de mis
inicios, aquellas en que los negros no tenían la rotundidad del auténtico negro
ni los blancos la purísima definición del verdadero blanco, sino que todo estaba
envuelto en una tonalidad intermedia, pastosa, parduzca. Que mi padre me dijera
que una fotografía tenía color de panza de burro era de lo peor que me podía
decir; aun así, recuerdo aquel comentario con añoranza, en parte porque mi
padre era un hombre muy divertido, en parte porque la expresión me encantaba.
Panza de burro. No la había vuelto a oír hasta que, hace poco, descubrí que en
ciertas zonas de España se emplea para designar un tipo de nube bajo y espeso, de
color grisáceo.
Tan largo
preámbulo viene al caso porque esta mañana, al alzar la persiana del salón, he
descubierto que el cielo tenía un extraño tono amarronado. «Esto tiene color de
panza de burro», han resonado en mis oídos las palabras de mi padre. Un
inequívoco olor a quemado me ha sacado de mi evocación. Casi me ha parecido ver
que el aire del salón había perdido su transparencia y que uno de mis dos gatos
me miraba con extrañeza desde detrás de un velo gris. Entonces se me han
esfumado de golpe las brumas del sueño y he comprendido. Es el incendio de la
sierra oeste de Madrid, que lanza uno de sus tentáculos sobre la capital. Intento
precisar a qué distancia me encuentro de Aldea del Fresno, San Martín de
Valdeiglesias, Zarzalejo y todas esas poblaciones que cuando me fui a dormir copaban
los medios de comunicación con su estela de desalojos, miedo, destrucción,
impotencia. No lo tengo nada claro (me cuesta calcular distancias, de la misma
manera que me cuesta situar en un mapa poblaciones tan familiares para mí como
las que acabo de citar). Pospongo el momento de encender la radio y me dedico a
repasar todas las ventanas de la casa en busca de la rendija por la que se ha
colado ese aire viciado que me raspa la garganta. No lo averiguo. Me cuesta
apartar los ojos del nubarrón que opaca el cielo de verano, de esa panza de
burro que, por una vez, no es una divertida broma familiar.
Este no ha
sido el único momento en que he tenido muy presente hoy la figura de mi padre. En
el telediario del mediodía, uno de los teletipos que se desplazan veloces al
pie de la pantalla me ha informado del desalojo a causa del fuego de la estación
de la NASA de Robledo de Chavela. Ha sido automático: me he sentido lanzada de
golpe a mi pasado y me he visto niña (¿ocho, nueve años?) pasando una mañana de
campo en una ladera verde desde la cual se tenía una vista privilegiada de las
formidables antenas que me parecían extraídas de una película de ciencia
ficción. Yo estoy feliz por múltiples razones, como si tener ocho o nueve años
no fuera razón suficiente: estoy con mi familia, casi seguro que tenemos
tortilla de patatas para comer y mi padre me ha presentado a uno de los
múltiples y peculiares amigos con los que establecía relación cuando recorría
el mundo cámara en ristre. Se trata de un pastor que está rodeado por su rebaño
y que me permite acercarme a un grupo de cabras diminutas que son, me pareció
entonces y me sigue pareciendo, los animales más deliciosos que cabe encontrar
en el planeta tierra. Las antenas de la estación, gigantescas y solemnes, son
en mi memoria el telón de fondo de esta escena de felicidad sin fisuras. Recuerdo
además que era un paisaje muy frondoso. Me temo que ya no. Tengo la sensación
de que mi padre me ha hecho compañía durante todo este día de noticias
alarmantes. Me pregunto qué pensaría él, que amaba el calor y el sol, de estos
veranos atroces, plenos de amenazas, que no ha llegado a conocer.

Las palabras del padre (y de la madre) acaban resonando siempre. Qué precioso texto.
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