LOS CUADROS DE JULIO (2018)


Una amiga con gustos muy afines a los míos en materia artística compartió hace unos días en su muro de Facebook este cuadro del pintor canadiense Alex Colville titulado Familia y tormenta. De inmediato sentí el deseo de traerlo a esta sección. No es la primera vez que lo hago con una obra de este autor; me atrae sobremanera su mirada singular y su capacidad para crear extrañamiento incluso en los temas más cotidianos. En este caso, mi impresión inicial fue la de que se trataba de una imagen muy acorde con estas fechas en las que inevitablemente me acuerdo de los viajes familiares en coche durante mi infancia. Pero pronto entró en juego el “efecto Colville” y tan entrañable sensación cedió paso a la inquietud: hay algo que me perturba en esta escena en apariencia inofensiva, en las tonalidades frías, en las figuras firmemente delineadas y estáticas, que parecen suspendidas en el tiempo. Uno capta que algo no va bien en esta familia que entra ordenadamente en el coche incluso antes de ver la amenaza real en el horizonte, en forma de cortina de agua que se desploma de forma inmisericorde. El título, conciso y contundente, está lleno de sugerencias: Familia y tormenta, formado por dos términos de significados más cercanos de lo que parece, podría ser el título de una obra literaria que nos hablara de peligros mucho más sutiles y complejos que los de un simple aguacero de verano.

Visitando ayer una exposición temporal del Museo del Prado, me encontré con esta maravilla: el retrato de Clara Serena, hija del pintor Peter Paul Rubens. Lo curioso es que en la citada exposición se reúnen bocetos y dibujos preparatorios de cuadros del gran pintor holandés, y esta obra no encaja en ninguna de esas categorías. Aun así, según se explica en la cartela, se ha incluido en la muestra debido a su carácter abocetado, que sin duda Rubens consideró adecuado para un retrato familiar por lo que tenía de rapidez y espontaneidad. En cualquier caso, yo agradecí sobremanera la presencia de esta imagen infantil, que me tuvo clavada frente a ella durante un rato más largo que el que empleé en visitar el resto de la exposición. No sé si una reproducción hace justicia al extraordinario cúmulo de emociones que se reúnen en este cuadro de reducidas dimensiones: la luz (no sólo física) que desprende la modelo, sus increíbles gracia y vitalidad, así como la profunda emoción paterna que se percibe en el ágil vuelo de las pinceladas. Recuerdo pocos retratos de niños que me hayan causado una impresión tan honda. El autor de la cartela informativa reflexionaba sobre el grado de idealización al que había sido sometida la modelo; ningún ser humano de carne y hueso, aseguraba, está tan dotado de gracia y belleza, a menos que se las otorgue la mirada amorosa del que lo contempla. Ignoro cuál sería el grado de encanto personal de esta pequeña que clava en mí sus ojos risueños; el milagro que sin duda operó Rubens es que, cuatro siglos después, Clara Serena sigue estando tan viva como cuando la retrató su padre.

De vez en cuando me gusta volverme hacia la delicadeza de la pintura oriental. Mi último descubrimiento en este terreno es la artista coreana contemporánea Oh Myung Hee. Partiendo de la técnica laqueada tradicional de su país e introduciendo variaciones como la utilización del lienzo como soporte o el empleo de materiales preciosos, esta artista crea un universo bello y elegante, profundamente enraizado en su cultura, pero que a la vez produce una sensación de modernidad. Es creadora de preciosas imágenes en las que el mundo vegetal y el animal se fusionan en una idéntica categoría, de líneas simples y estilizadas, como detenidos para la eternidad. Entre las obras que he podido ver de Oh Myung Hee, me gusta especialmente la que encabeza estas líneas por la sencillez y eficacia de su composición: la silueta quebrada del tronco, el disco solar, espléndido como una joya, la cascada de flores blancas que cubren la escena y las dos aves que se escapan del lienzo forman un conjunto de increíble preciosismo. La naturaleza recreada y apresada en su efímero esplendor, atesorada para siempre por la sensible labor de una artesana exquisita.

De todas las historias de milagros, una de las que ofrece más posibilidades para su representación plástica es la de Santa Isabel, reina de Hungría, que al ser sorprendida llevando alimento a los pobres y ser requerida para que abriera su capa, se encontró con que caía del interior de ésta una inesperada cascada de rosas en lugar de panes. El pintor húngaro Sándor Liezen-Mayer no escoge, sin embargo, ese pasaje tan popular, sino que presenta a su heroína ocupándose de sus súbditos más desasistidos, encarnados en la conmovedora pareja formada por una madre y su bebé. Con todo, la capa de la santa juega un papel fundamental en la escena, ya que la joven se está desprendiendo de ella para abrigar a la mujer semidesnuda. El pintor elige así el elemento asociado por antonomasia a la figura de su protagonista y le da un alcance simbólico: la capa de armiño representa la labor protectora de Santa Isabel, que envuelve amorosamente a los más necesitados. El cuadro es de una elegancia y una armonía absolutas. La figura central tiene la elegancia de las Ofelias y las Julietas que llenan la pintura de la segunda mitad del XIX. Doy fe de que, desde su puesto en una pared de la Galería Nacional de Budapest, el hermoso color verde del vestido de la santa ilumina no solo la escena en la que se inscribe, sino la sala entera alrededor del lienzo.

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