ÚLTIMAS LECTURAS: PEDRO MAIRAL / JON BILBAO

Entre los autores actuales en lengua castellana, Pedro Mairal ocupa un lugar especial en mi corazón. Y digo «en mi corazón» y no «en mi biblioteca» o «en mis lecturas» con toda intención. Por supuesto, admiro en él las cualidades que lo convierten en un escritor excelente: su soltura, su capacidad para encontrar la expresión precisa, sus medidas y hermosas derivaciones hacia lo poético, su sentido del humor, su creación de personajes creíbles y llenos de vida. Pero el rasgo que lo convierte en un autor singular y especialmente querido para mí es su preferencia por los seres desnortados, frágiles y vulnerables, que abren su intimidad frente al lector con una franqueza que desarma.

«Los nuevos» a los que se refiere el título de la última novela de Mairal son tres personajes apenas salidos de la adolescencia, edad del desnorte por excelencia. El narrador es Thiago, un chico brillante y dotado del don de la palabra, desde cuya perspectiva asistimos a las andanzas de un trío marcado por la soledad y las relaciones familiares conflictivas. El propio Thiago es un personaje dolorido, incapaz de superar la muerte de su madre y desconcertado por una sexualidad que no termina de encauzar. Su amigo Bruno, entrañable gigante que vive por y para la música, carga con el rechazo de una madre que condena su aspecto físico y su vocación musical. El trío lo completa la desparpajada Pil, criada por su abuela tras la marcha de su madre, enérgica y creativa, aspirante a directora de cine y perpetua solucionadora de dificultades. Este pequeño grupo de seres a la deriva, unidos por la amistad y el sexo, lastrados por ausencias maternas de diferente signo, enfrentados a lo que se espera de ellos y empujados a traspasar las fronteras de lo legal, se desenvuelven frente al lector con sus miedos, sus decisiones insensatas o valientes, sus ocurrencias y la más entrañable de las relaciones. Forman un grupo de resistencia frente a la dureza de la vida, en su caso tan prematura. Leer sobre ellos es quererlos, gracias a la maestría de su autor.

Alrededor del trío central, pulula un buen número de personajes trazados de forma admirable: el hermanito pequeño de Thiago, el delicioso Vini, creador de un lenguaje propio lleno de inocencia y belleza (¿puede haber una fórmula más bonita que llamar «pétaflors» a los pétalos de las flores?); Aguirre, el lacónico cuidador de caballos, único referente para el extraviado Thiago; Tita, la abuela de Pil, divertidísima y vital, a la vez egoísta y capaz de entregar afecto a manos llenas a su desasistida nieta… Todos ellos deambulan por los escenarios de la novela, descritos con tanta viveza que el lector tiene la sensación de estar en La Lobería, singular complejo de vacaciones creado de espaldas a las comodidades modernas, o de sentir el frío glacial de la universidad de Wisconsin, donde el pobre Bruno languidece apartado de su tierra y sus amigos. Cierro esta reseña con la preciosa descripción de la llegada de Thiago y su familia a La Lobería el verano en que las cosas se complican para el protagonista: «Salí del aire acondicionado del auto y me atravesó ese viento con olor a mar, a iodo, un viento que sacude las acacias y los pastos amarillos. Fue como si un animal invisible me lamiera dándome la bienvenida. Entré en ese verano y en todos los anteriores». Una maravillosa invitación a entrar, también, en la lectura de esta novela melancólica y emocionante. 

La preciosa (e inquietante) cubierta de la edición de Impedimenta del último libro de Jon Bilbao funcionaría como un imán para mí, de no ser porque el nombre del autor ejerce ese mismo efecto. El encantador cervatillo que se esconde en el subsuelo del zorro que husmea con gesto inquisitivo es a la vez un recreo para la vista y un motivo de desazón. A esto se une el atinado título de la colección de relatos: Esta es tu casa. Jon Bilbao nos invita a ingresar en su morada. Quienes somos sus lectores asiduos ya sabemos de los estímulos variados, placenteros y amenazadores, que nos esperan si nos decidimos a traspasar el umbral.

De los autores a los que sigo con asiduidad, hay dos cuya lectura en horas nocturnas he tenido que aplazar alguna vez hasta el día siguiente porque me asustan de verdad. Una es Mariana Enríquez, creadora de sombríos escenarios que son tanto más angustiosos cuanto que producen un miedo indeterminado. El otro es Jon Bilbao. En este sentido, la colección de cuentos que nos ocupa (creo haber leído todas las anteriores) es la que alcanza un nivel más alto. El libro se abre con un relato estremecedor, Lo que sucedió en la cueva, que nos traslada a un escenario habitual en este autor, Ribadesella, pero en una época que se aparta de la ambientación contemporánea usual en sus relatos. Nos encontramos así en la Guerra Civil, en el momento de la toma de la población por el bando sublevado con las consiguientes represalias hacia los republicanos. Allí conocemos al pequeño protagonista, hijo de una mujer adepta al bando franquista que espera en vano el regreso de su marido. El niño, curioso y desenvuelto, descubre un día a un vecino que sale de una cueva oculta en la espesura y decide entrar en ella. Lo que allí encuentra, su reacción y la consiguiente de la madre son una eficaz parábola sobre el horror de la guerra, la relación entre poderosos y víctimas y la crueldad inherente al ser humano. Jon Bilbao apuesta muy fuerte en este relato inaugural. Cuando el lector ha quedado francamente maltrecho, Bilbao abandona la recreación del pasado y vuelve al mundo contemporáneo, a los escenarios habituales de su misterioso universo. Una casa cuyo tejado ha sido horadado por un proyectil cuya naturaleza no se precisa. Barcos atrapados en el canal de Suez durante la guerra de los Seis Días. Una cueva habitada en el pasado por anacoretas y que en la actualidad alberga un fenómeno paranormal. Un sótano excavado en la roca atravesado por extrañas presencias. Precisamente la casa a la que pertenece este sótano es un escenario recurrente que da unidad al conjunto. En torno a ella orbitan varias de las historias. Más aún: se trata de la casa familiar de Jon Bilbao, que entra así en su propia ficción, donde debe enfrentarse incluso a la reacción de sus lectores antes sus escritos en el originalísimo relato titulado Un fin de semana largo.

Bilbao es un creador de imágenes poderosas que remueven al lector y que con frecuencia adquieren un eficaz valor simbólico. Me quedo con una de las que aparecen en esta colección de historias: un operario encargado de desbrozar el abandonado jardín de la casa familiar de los Bilbao encuentra, aprisionados entre raíces y enredaderas, juguetes viejos perdidos cuando Jon jugaba allí de niño. La espesura, la vegetación cerrada, la naturaleza desbocada que reclama su posición es una constante en los relatos de este autor. Una efectiva metáfora de lo que se le pide al lector, que debe abrirse camino en lo intrincado y exponerse a afrontar lo que está allí escondido.

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