GREGARISMO
Esta foto
de un tropel de encantadoras ovejas ha estado a punto de darme un serio disgusto.
También me ha proporcionado amplia materia para la reflexión. Se trata de una
imagen obtenida en la Fiesta de la Trashumancia, celebrada ayer en Madrid,
consistente en la irrupción en la capital de un buen número de ovejas y cabras que
hacen un recorrido hasta el meollo mismo del corazón urbano. Una especie de
ramalazo del mundo rural que se cuela por la puerta de la Casa de Campo, un
recordatorio de los viejos tiempos que avanza imparable hacia el centro histórico
entre la expectación de urbanitas y turistas.
Debo
aclarar aquí que siento especial debilidad por estos animales a los que nuestro
imaginario utiliza como símbolo de la locura (las cabras) y de la estúpida
mansedumbre (las ovejas). Me inspiran ternura, me encanta observarlos. Soy
incapaz de comérmelos. Recuerdo que de niña albergué por un tiempo un nunca
expresado deseo de convertirme en pastor (lo pensaba así, en masculino, porque
lo de «pastora» me sonaba a representación navideña o a advocación de la Virgen
María). Así que ayer me aposté con mi cámara en el inicio del recorrido,
rodeada de un público formado casi por completo por familias con niños
pequeños. Yo también llevaba una conmigo: aquella que con ocho o nueve años
deseaba convertirse en pastor. El lugar que elegí estaba justo en una bifurcación
de caminos. Es algo que hago de forma inconsciente, situarme junto a una
posible salida por si veo la necesidad de huir del agobio del gentío. El
problema es que no fui la única que sintió esa necesidad.
Aquí
empieza la parte del disgusto que menciono al comienzo de esta entrada. El
desfile se inició con unas cabras de espectacular cornamenta, guiadas con mano
firme por dos pastores. Detrás iba un grupo de cabras jóvenes, algunas de muy corta
edad. Pese a su fama de imprevisibles, estos animalitos desfilaron con
precisión militar, jaleados por los gritos de entusiasmo de papás y mamás que hacían
notar a sus retoños la presencia de los cabritillos. Después llegaron las
ovejas. Los pastores pasaron en primer lugar y detrás de ellos una masa
apretada y esponjosa. Eran innumerables. Yo no daba abasto para pulsar el disparador
de la cámara. Mi niña interior estaba feliz: nunca había tenido tan cerca un
rebaño de ovejas. Y entonces sucedió. Una de aquellas encantadoras criaturas vislumbró
el camino que se abría justo a mi espalda. Estaba por completo despejado, al
contrario que el recorrido que seguían sus compañeras, y debió de parecerle por
ello más apetecible. Ni corta ni perezosa, se despegó del río de cuerpos
orondos y rizados y se lanzó en mi dirección. Lo malo es que las ovejas que
venían detrás siguieron sin vacilar a esta improvisada líder.
Lo que
ocurrió a continuación fue tan rápido que cualquier descripción resultará en
comparación lenta y premiosa. Me vi rodeada de repente por un buen número de
ovejas determinadas a seguir su recorrido por un sendero no previsto. Me aparté
para dejarlas pasar, pero mi movimiento me situó en el camino de otras. Di un
paso en una dirección distinta, y otro más, pero era incapaz de esquivarlas a
todas y empecé a sentir los topetazos de las ovejas, que me veían sin duda como
un obstáculo. A todo esto, se oían gritos del público e instrucciones de los
que intentaban arreglar el desaguisado y reencauzar el desfile. No pude verlos:
después de moverme en una y otra dirección y de recibir un buen número de
golpes, me tropecé con un cuerpo que pasaba junto a mí como una exhalación y fui
a dar con mis huesos sobre la hierba. Blandamente, he de decir. Un muchacho con
una camiseta que lo identificaba como perteneciente a la organización vino
corriendo a darme la mano. En descargo de los que me rodeaban y que no hicieron
nada para ayudarme, diré que estaban presas del pánico, intentando esquivar ovejas.
—No me he
hecho ningún daño —dije, admirada, más para mí misma que para tranquilizar al
muchacho, que corría ya a solucionar otros problemas.
Entonces
volvieron las ovejas. Las que se habían ido por el camino equivocado. No sé
cómo las persuadieron de regresar al recorrido previsto, pero ahí estaban,
firmemente determinadas a avanzar, esta vez en dirección opuesta. Miré
alrededor y vi a la persona que había estado a mi lado cuando todo empezó. Era
un padre joven que llevaba a su hijo, muy pequeño, sobre los hombros. No se
había movido del punto que ocupaba desde el comienzo, al borde del camino
principal. Estaba quieto, muy pálido, creo que incluso con los ojos cerrados.
Había comprendido que la única forma de no ser arrollado era permanecer
inmóvil. Tal vez mi ejemplo (nunca he sabido quedarme quieta) le sirvió o quizá
era un conocimiento que ya tenía. El caso es que me coloqué a su lado, muy
cerca, inmóvil también. Durante unos segundos, nos rodeó el rebaño de vuelta.
Pensé con horror en qué habría pasado si, en lugar de rodar yo por el suelo, se
hubiera caído este hombre que sujetaba a un niño que era casi un bebé. Pasaron
las últimas ovejas díscolas y todo volvió a su cauce. El desfile continuó sin
incidentes.
Todavía
tuve ánimo de hacer alguna fotografía más. Había un perro ovejero maravilloso y
unas ovejas lanudas muy agraciadas, que no cayeron en la tentación de irse
camino arriba como sus compañeras disidentes. Otro papá joven había abandonado
a su niño en un carrito al borde mismo del camino y se había alejado para hacer
fotos.
—No lo
dejes tan cerca —le advertí—. A mí me han dado un golpe.
Me miró con
estupor.
—¿Los
pastores? —preguntó.
Comprendí
entonces que no le entraba en la cabeza que aquellas encantadoras criaturas
fueran capaces de hacerle daño a nadie. Y aquí llega, claro está, la materia de
reflexión de la que hablaba al comienzo de la entrada. No me quito de la cabeza
la imagen del tropel de ovejas siguiendo sin vacilar a la que decidió salirse
del recorrido y ascender por un camino que desembocaba en una arteria grande,
con un tráfico muy denso. Llevándose por delante a quien se interpusiera,
dando contundentes topetazos (tienen mucha fuerza, doy fe) a todo ser vivo que
les impidiera seguir a la otra oveja que a su vez seguía a otra oveja que a su
vez seguía a otra. Sin vacilar. Sin dudar. Arramblando con todo. Avanzando hacia
el desastre. Como parábola es tan evidente que no emplearé mi tiempo en
explicarla. Solo diré que me muero de preocupación por otros peligrosos
gregarismos.
Comentarios
Publicar un comentario