ÚLTIMAS LECTURAS: ANNA STAROBINETS / DELPHINE DE VIGAN
«La mano enguantada toma el reloj por la
cadena y lo hace oscilar delante de mí.
—Contaré hacia atrás. Me apoderaré de tu
voluntad. Sigue mi voz, Maxim Cronin.»
De esta forma, con una misteriosa escena de
hipnosis, da comienzo la novela El vado de los zorros, de Anna
Starobinets. El protagonista, Maxim Cronin, se enfrenta a un alto cargo de la Seguridad
del Estado de la URSS, un hombre con increíbles poderes mentales. Es 21 de
junio de 1941, el día en que da comienzo la invasión alemana a la Unión Soviética.
En fecha tan crucial, Cronin se encuentra a merced de un hipnotizador decidido
a anular su personalidad y a convertirlo en su esclavo. La razón es un enigma:
Cronin es un simple artista de circo que no entiende por qué es objeto de semejantes
maniobras. El caso es que, a partir de ese momento, se ve arrastrado por una
cadena de acontecimientos que lo conducen primero a la batalla, más tarde a un
campo de trabajos forzados y finalmente a Lisi Brody, un territorio fronterizo entre
Rusia, China y Manchuria, un lugar perdido donde realidad y leyenda se entrelazan
y donde todo es posible.
Conocí a Anna Starobinets a través de su
impresionante libro testimonial Tienes que mirar y al poco me adentré en
su faceta de autora de ciencia ficción con una extraordinaria colección de
relatos, La glándula de Ícaro. Creía tener una idea aproximada del universo
narrativo de esta autora cuando me enfrenté a la que se anunciaba como su gran
novela, El vado de los zorros, pero pronto descubrí que estaba
equivocada. Me quedaba (supongo que aún me queda) mucho por descubrir: pocos
escritores se parecen tan poco a sí mismos como Anna Starobinets. El vado de
los zorros es una monumental e imprevisible mezcla de elementos diversos.
El detalle histórico, el descarnado realismo, la fantasía de las leyendas
orientales, el mundo de los sueños y la acción trepidante componen un conjunto que
no para de sorprender. Presos enfrentados a condiciones durísimas, militares
desterrados en los confines del mundo habitado y científicos sin escrúpulos conviven
con criaturas mágicas como las mujeres zorro y los cambiantes, seres dotados de
una doble naturaleza, humana y animal. Lo real y lo legendario, lo cotidiano y
lo onírico se dan la mano, con la misma facilidad con que los personajes se cuelan
en sueños ajenos y los muertos regresan a pasearse entre los vivos. Con increíble
desinhibición, Starobinets maneja todos esos materiales en principio disonantes
mezclando puntos de vista narrativos y con una estética que se acerca con frecuencia
al mundo del cómic. Es, en definitiva, un tipo de literatura bastante ajena a
mis intereses; confieso haber abandonado la lectura en varias ocasiones, pero
siempre ha habido una voz interior que me ha empujado de forma inexplicable a
retomarla. Tal vez por eso he comenzado esta reseña haciendo alusión a la
escena de la hipnosis: de alguna manera, Starobinets se las ha arreglado para
arrancarme de mi cómoda posición de lectora y lanzarme a un mundo poblado de
militares, mentalistas, esbirros, científicos locos, forajidos, hechiceras y
maestros dueños del poder. Tal vez se puede hipnotizar con la literatura. De
ser así, Anna Starobinets sabe cómo hacerlo.
No conozco a nadie que, tras
alcanzar cierta edad (maravilloso eufemismo), no se queje del carácter esquivo
de las palabras. Primero se dan a la fuga los nombres propios de personajes
conocidos, acompañados por los títulos de libros y películas, y más tarde los
sustantivos que designan objetos, incluso los más cotidianos. Hay palabras que
se empeñan en hermanarse, en sustituirse, en camuflarse en el lugar de otra
como si se hubieran contagiado de un significado ajeno. Otras se escapan y las
vemos desaparecer como un animalillo que huye de nosotros y al que por poco no
podemos atrapar. Este camino lo emprendemos todos con los años. Y es el camino
que recorre hasta sus últimas consecuencias la protagonista de la conmovedora
novela de Delphine de Vigan Las gratitudes.
Michka es una anciana que se ve obligada
a abandonar su hogar para internarse en una residencia. Ha sido una mujer
enérgica e independiente, con una potente faceta profesional, pero llega un
momento en que no puede vivir sola. En ese duro cambio la acompañan Marie, una
mujer que ocupa el puesto de la hija que nunca tuvo y que la visita con
frecuencia, y Jerôme, un logopeda que trabaja con ella. Porque Michka ha
iniciado un proceso de pérdida del lenguaje. Confunde las palabras, al
principio de forma esporádica y casi divertida, pero poco a poco con una frecuencia
que hace temer la anulación de su capacidad de comunicarse. Las perspectivas
alternas de Marie y Jerôme son la columna vertebral sobre la que se estructura una
historia de decadencia que podría resultar demoledora de no ser por la
elegancia de la autora y por el toque esperanzador que le confiere el otro hilo
de la trama.
«¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias?», se plantea Marie al inicio de la novela. Y sí, se refiere a las gracias de cortesía que se dan en situaciones cotidianas, pero también a esas otras gracias más sinceras, que nacen de una profunda deuda vital, como la que la misma Marie tiene contraída con Michka, sustituta de una madre desatenta. O la que Michka a su vez contrajo en su lejana infancia con unos desconocidos que la salvaron en una situación terrible y a los que ahora, en la fase final de su existencia, necesita localizar. Estas gratitudes entrelazadas son el segundo hilo argumental que teje esta historia enternecedora, de relaciones humanas que se remontan al pasado y tiñen de emoción el presente. Una historia a la vez triste y luminosa.


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