UN TAL MATEO
Voy a hablar de Mateo García.
Lo conocí hará cinco meses, cuando el
más joven de mis dos gatos padeció la primera enfermedad de su vida. El susto
fue de muerte: yo llevaba tiempo espiando con recelo las reacciones de la gata
mayor, que es una ancianita oronda y sin achaques a pesar de su edad ya
avanzada, pero no pensé que mi otro compañero felino (el más joven, el loquito,
aún en la madurez) tuviera tan pronto un quebranto de salud que me hiciera
temer por su vida. Solo los que comparten su día a día con estas criaturas en
apariencia indestructibles saben de la zozobra que se siente al ser consciente
por primera vez, no solo en teoría, de su finitud. El caso es que estaba yo esperando
en una clínica veterinaria para hacer acopio de alguna comida que despertara el
apetito de mi desganado gato. Delante de mí había una pareja que llevaba un
trasportín. Rectifico: el transportín estaba en el suelo a su lado, mientras la
pareja esperaba a ser atendida. Me asomé, como hago siempre, para ver al
habitante del cubículo de plástico, que lanzaba de tanto en tanto un maullido
lastimero. Atisbé un gato oscuro, me pareció que de color uniforme. Pensé
vagamente que yo jamás dejaría en el suelo el transportín con un gato asustado
y me concentré en la inspección de las estanterías, llenas de latas y sobres de
comida para animales.
Entonces apareció la veterinaria por la
puerta que conducía a la consulta y preguntó a la pareja si tenía cita. No la
tenía. La dueña del gato adujo que siempre habían venido así, sin pedir hora.
La veterinaria no se molestó en responder. Explicó que estaba muy ocupada y que
tendrían que esperar hasta las dos y media. La pareja estuvo de acuerdo en que
no les importaba. La veterinaria les pidió el nombre para buscar la ficha y
entonces sucedió algo curioso.
—Mateo García —dijo el hombre con mucho
ímpetu.
La respuesta captó mi atención y me hizo
gracia. Comprendí que el nombre solicitado era el de la mascota y que el dueño había
interpretado que debía identificarse él. Pero la veterinaria no estaba para
bromas (debía de estar muy ocupada, en efecto), así que posó en su interlocutor
una mirada casi hostil.
—Me refiero al nombre del gato —explicó.
—Mateo García —repitió el hombre,
inflexible.
A esas alturas, la conversación había
prendido mi atención por completo. Me fijé por primera vez en los dueños del
gato. Él era un hombre de mediana edad, no muy alto, corpulento. Su barriga se
proyectaba hacia el mostrador. Tenía una postura erguida, casi se diría que
orgullosa. La mujer era menuda, de melena oscura y rizada, bastante más joven
que él. Tuve la sensación de que el gato, que seguía en el suelo pegado a su
pierna derecha, era suyo. Me asaltó una idea loca: como muestra de amor hacia
su compañera, el hombre había adoptado al gato de esta y le había dado su
apellido. Mientras yo tenía estos pensamientos, Mateo García protestaba a
maullido limpio por su encierro. Nadie lo miraba excepto yo.
—Muy bien. Vuelvan a las dos y media
—zanjó la conversación la veterinaria.
No puedo precisar qué hora era, pero
faltaba bastante para la cita. Dos horas, tal vez tres. La veterinaria se disponía
ya a atenderme cuando la dueña del gato lanzó una pregunta:
—¿Podemos dejarlo aquí?
Nos quedamos todos en silencio: los
dueños del gato, la veterinaria, Mateo García y yo. Mi sensación es que ese silencio
duró mucho, como siempre me sucede cuando experimento vergüenza. La veterinaria
habló por fin.
—No, no pueden —respondió, cortante.
Se volvió hacia mí. Empecé a explicar los problemas de mi gato con la comida y de reojo vi cómo la mujer levantaba por fin el transportín del suelo. La pareja enfiló hacia la salida. A ella se la notaba molesta. Él seguía proyectando su barriga hacia delante, como abriéndose paso. Abandonaron la tienda planeando lo que harían hasta la hora de la cita. Pobre gato con apellido, pensé. Confiaba en que al menos, entre esos planes para entretener el tiempo, estuviera el de sacarlo del transportín.
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