EL MISTERIO DEL TEATRO

Esta mañana, ha entrado en mi correo electrónico un mensaje con un asunto que me ha desconcertado: «¡Felicidades!». Así de entusiasta, entre exclamaciones. En un primer momento, he pensado que se trataba de un error o incluso de una artimaña publicitaria. No sentía que tuviera nada por lo que felicitarme en un día que, por otra parte, había empezado de una forma un tanto torcida. Entonces he visto el remitente y eso me ha desconcertado aún más. Se trata de una persona de la que me fío y que no me enviaría un mensaje gratuito o importuno. Lo he abierto. Me ha costado. La pantalla se ha quedado congelada un rato, manteniendo el suspense. Ahora que lo pienso, como si se abriera el telón sobre un escenario que tardase unos segundos en ser iluminado por los focos. Porque el contenido de ese mensaje inesperado era el cartel elaborado este año por el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música para conmemorar el Día Mundial del Teatro. Mi jornada no había empezado demasiado bien, pero al ver los dibujos que representan a personajes inmortales de la escena, transmutados en recortables que se pueden acoplar sobre las figuras de un actor y de una actriz, he sentido que se me calentaba el alma. Hay una razón, aparte del encantador diseño del cartel: es la primera vez en muchos años que esta celebración me pilla haciendo teatro.

Durante un buen rato, me he quedado colgada de mis pensamientos, evocando innumerables recuerdos asociados al hecho teatral. Los más antiguos proceden de mi primera década de vida, del momento en que decidí fundar con varias amigas una pequeña compañía que giraba por las casas familiares representando obras de creación propia. A partir de ahí, vinieron funciones en el colegio y en la universidad, mis cuatro años estudiando interpretación en la RESAD, montajes con compañías que surgían con ímpetu y se disolvían sin dejar rastro, nuevas funciones escolares, esta vez conmigo como directora, y la convivencia con unos maravillosos cómicos de la legua que recorrían España haciendo teatro de calle. Así, hasta llegar a la compañía con la que he contactado por una carambola del destino y que me tiene de nuevo gozosamente ocupada con ensayos. Ha sido un aluvión de recuerdos que me ha provocado una cálida oleada de gratitud. De inmediato, he sentido el impulso de escribir esta entrada para dirigirme a la legión de personas con las que he compartido ensayos, nervios, energía en el escenario y la mágica sensación de estar creando algo entre todos.

Los que hayan visto la película Shakespeare in love recordarán tal vez la escena del estreno de Romeo y Julieta. Un desanimadísimo William Shakespeare contempla el trasiego previo a la función y observa con desaliento cómo el actor que debe recitar el coro inicial de la obra repasa su texto sin conseguir controlar un terrible tartamudeo. En un momento dado, Shakespeare se encara con el empresario y le expresa su convicción de que el estreno va a ser un desastre. «No, todo saldrá bien», replica con jovialidad su interlocutor. Y, cuando el joven dramaturgo indaga cómo puede ser eso, el empresario responde con una frase que se repite varias veces en la película: «No lo sé. Es un misterio». En ese momento, suena la trompeta que señala el comienzo de la representación, el clamor del público se acalla y el actor que interpreta el coro es literalmente empujado a escena. El silencio es abrumador. El pobre hombre, que en realidad es un sastre que sueña con convertirse en actor, se queda atascado en la primera sílaba de su discurso durante unos segundos interminables. Y, de pronto, cuando empiezan a levantarse rumores de desconcierto entre el público, sucede el milagro. La lengua del sastre metido a actor se destraba y este acomete con brío el impresionante coro que abre la tragedia: «Dos familias iguales en nobleza, en la bella Verona, donde situamos nuestra escena…»

Creo que todos los que nos hemos dedicado en algún momento al teatro hemos experimentado un milagro semejante. Yo lo viví en mi segundo año en la enseñanza, cuando me lancé a montar con mis alumnos la Farsa infantil de la cabeza del dragón de Valle-Inclán. Llevada por un entusiasta amor a mis jóvenes actores, tuve la osadía de reescribir el texto original para que ninguno se quedara sin papel. Incluí así en el reparto a cuantos mostraron interés en salir a escena. Recuerdo de forma especial a uno de ellos, un niño tímido y algo torpe, que en ninguno de los ensayos consiguió recitar una sola línea de su papel sin atascarse. El día del estreno, tenía yo la misma convicción que el personaje del joven Shakespeare: aquello iba a ser un desastre. El niño en cuestión interpretaba el papel de ventero y, cuando el escenario se iluminaba, aparecía limpiando una mesa antes de dar la bienvenida en su venta a uno de los personajes principales. Recuerdo los segundos de incertidumbre antes de que nuestro poco diestro actor tomara la palabra. Y entonces, sucedió el milagro. Una voz que no parecía la suya resonó en el salón de actos. Las dos directoras de la obra, ocultas entre cajas, lo observábamos sin dar crédito: la soltura de sus movimientos, la gracia repentinamente adquirida, la precisión al pronunciar su papel. No recuerdo el nombre de este muchacho, pero nunca olvidaré su rostro redondo, su pelo claro, las gafas que se había quitado para encajar mejor en el personaje. Este chiquillo que se arrastró penosamente a lo largo de los ensayos y que nos hizo sudar la gota gorda a sus bienintencionadas directoras y docentes, calculo yo que andará ya por la cuarentena. No sé si recordará aquel momento de incertidumbre en el que, me gusta pensar, las musas del teatro acudieron en su rescate. Es ese misterio del que hablaba el personaje de Shakespeare in love. Queridos amigos teatreros, que disfrutéis de ese misterio durante muchos años.

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