SALDREMOS EN LOS LIBROS DE HISTORIA

Pertenezco a una generación que pensó que no saldría en los libros de historia. Que lo haría, si acaso, en un recuadro al margen, donde se explicaría sucintamente el estado de paz, bienestar y progreso que la rodeó. Una generación que se sabía descendiente de otra con una existencia más dura y que se soñó antecesora de otras muchas que subirían, imparables, los escalones de la civilización. Una generación circunscrita a un rincón del planeta donde los ecos de las guerras y la barbarie llegarían amortiguados. El alumno del futuro que se dispusiera a estudiarnos lo haría un poco aburrido, indiferente, porque —ya se sabe— las épocas de bonanza dan mucho menos juego a la imaginación que los periodos turbulentos.

Me recuerdo de adolescente hojeando mi libro de historia y meditando sobre algunos de sus pasajes. Me llamaban la atención las crisis y revoluciones, los momentos en que los colectivos parecían perder la razón y sumirse en el delirio, los acontecimientos que arrasaban con la vida cotidiana de sociedades al completo. Pasé mucho tiempo imaginándome encerrada en una ciudad asolada por la peste, oprimida por las estrictas imposiciones de oscuros poderes religiosos, enarbolando la bandera de la revolución o cayendo víctima de ella, luchando por sobrevivir tendida en una trinchera o reaccionando ante el sonido amenazador de una alarma antiaérea. Medité mucho también sobre las conciencias de los que convivieron con la violencia y el horror y no reaccionaron. ¿Hasta qué punto sabían lo que estaba ocurriendo? ¿En qué estaban pensando? ¿Por qué no hicieron nada? ¿Es que no se conmovían ante el dolor de los más débiles? ¿Tan diferentes eran de mí, estudiante que los contemplaba atónita desde el futuro?

Ahora que sé que ocuparemos un lugar de excepción en los libros de historia, fantaseo sobre el estudiante que se enfrente a la tarea de descifrarnos. Ese estudiante aún no ha nacido porque tampoco lo han hecho sus padres; si acaso, sus abuelos están aprendiendo a mantenerse erguidos en un mundo que —ellos no lo saben— puede perder en cualquier momento su precaria estabilidad. Este estudiante del futuro tal vez no maneje un libro, sino un adminículo tecnológico que divida la información en cápsulas adecuadas a su capacidad de concentración, que reduzca los textos a titulares expresivos y sustituya las palabras por imágenes en movimiento. O quién sabe, quizá ese estudiante del futuro haya vuelto a manejar un libro cuyas páginas pase sosegadamente, al ritmo de sus pensamientos. Sea cual sea el medio a su alcance, nuestro estudiante hipotético tendrá noticias de un mundo regido por gobernantes inexplicables, sabrá de los cambios de timón y los motivos caprichosos que hilvanan grandes tragedias, se imaginará viviendo entre escombros o aterrorizado por el curso de los misiles, intentará desentrañar el juego de odio y mentiras que pone en jaque la vida de innumerables personas, se estremecerá ante la indiferencia generalizada frente al horror. Se hará preguntas sobre nosotros: ¿Hasta qué punto sabían lo que estaba ocurriendo? ¿En qué estaban pensando? ¿Por qué no hicieron nada? ¿Es que no se conmovían ante el dolor de los más débiles? ¿Tan diferentes eran de mí? Las mismas preguntas de siempre. Será que no tienen respuesta.

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