LECTORES EQUIVOCADOS

Hace un mes y una semana, un escritor de apreciable éxito publicó en la prensa una curiosa felicitación navideña. Me gusta la precisión temporal que acabo de hacer. Me gusta, me sorprende y yo diría que hasta me sobrecoge: hace tan solo un mes estábamos presos en los preparativos de la Nochevieja. Entre todas las percepciones temporales que no se ajustan a cómputos estrictos, la de la Navidad se lleva sin duda la palma. ¿Por qué apenas terminada parece alejarse de nosotros a velocidad estratosférica? ¿Por qué en cuanto empieza el otoño se nos echa encima como si quisiera atropellarnos? ¿Por qué siempre está sorprendentemente lejos o incomprensiblemente cerca?

Pero volvamos al escritor de apreciable éxito y a su curiosa felicitación. El texto, que se publicó el pasado 24 de diciembre en varios periódicos del mismo grupo editorial, estaba transido por una jovialidad un tanto humorística. Como si se encontrara en una fiesta a altas horas de la madrugada y hubiera perdido el control de su lengua, el escritor en cuestión se dejaba llevar por una simpatía universal. Sus palabras parecían esa exaltación de la amistad que con frecuencia trae consigo el exceso de alcohol. Felicitaba la Navidad, literalmente, a todo el mundo. Empezaba dirigiendo sus buenos deseos a políticos del más variado signo, en un juguetón desmarque de la constante confrontación que nos aturde desde los medios. Daba entonces un salto inesperado para felicitar a colectivos desfavorecidos («los locos, los pobres, los inútiles», los denominaba en un giro un tanto estremecedor) y en seguida a quienes realizan trabajos duros y poco reconocidos. A partir de ahí, el caos: partidos políticos incómodos, países innombrables, Elvis Presley (sí, sí: el gran Elvis asomaba en este montón informe e impredecible de destinatarios de los buenos deseos del escritor de apreciable éxito. Por fortuna para él, no estaba solo; pronto se le unía Amy Winehouse). Hasta aquí, el texto se limitaba a ser un divertimento de intenciones un tanto difusas que, es probable, habría sido olvidado de inmediato. Hasta que su autor decidió incluir en su lista de felicitados a los inmersos en una circunstancia en la que, es obvio, él no se siente incluido: el fracaso. Y lo hizo con estas palabras: «Feliz Navidad a todos los escritores y escritoras que venden trescientos ejemplares de sus libros porque trescientos seres humanos suman entre amigos, familiares, vecinos y compradores equivocados. Porque esos trescientos son una esperanza. Feliz Navidad a los trescientos seres humanos que compran los libros de los escritores fracasados».

Mis contactos de las redes sociales incluyen un buen número de autores que se esfuerzan por asomar el cuello en las afueras del mercado editorial. Escritores que alternan las letras con trabajos de otra índole, que luchan por colocar sus obras y lo consiguen ganando premios literarios o por medio de la confianza de editoriales pequeñas. Venden, está claro, muchos menos ejemplares que los que se le suponen al escritor de apreciable éxito y desbordante bonhomía navideña. En el mejor de los casos, apenas arañan esa simbólica cantidad de trescientos en la que este establece el límite de lo menospreciable. Son —somos— escritores fracasados.

Casi no haría falta decir que, en cuanto la felicitación que nos ocupa apareció en la prensa, mis redes empezaron a arder. Ahí estaban —estábamos— un buen número de escritores que nos sentíamos aludidos, dispuestos al contraataque. Hubo quien manifestó estupor o rechazo. Más de uno, desconcierto (¿Hablaba en serio el escritor de apreciable éxito? ¿No era consciente de que podía ofender con su insultante condescendencia?). Unos cuantos reivindicaron su labor y valoraron a sus lectores, no por escasos menos importantes. «El fracaso es otra cosa», creo que escribí yo en el muro de una colega, en un alarde de autoconfianza. Un autor en concreto comentó, con mucho humor, que vender trescientos ejemplares le parecía todo un éxito. Nos desahogamos, nos reímos un poco, aprovechamos para felicitarnos también las Navidades. La cosa quedó ahí y supongo que está olvidada para la mayoría. Pero, un mes y una semana después, hay una expresión del texto que no me quito de la cabeza.

Según el escritor de apreciable éxito, los libros de los autores fracasados son adquiridos por amigos, familiares, vecinos y «compradores equivocados». Yo me pregunto quiénes son esos lectores que se equivocan en sus compras. Más aún, ¿qué es equivocarse al comprar un libro? ¿No conocer al autor y esperar lo que este no está en disposición de dar? ¿Dejarse guiar por un título o una imagen de cubierta sugerentes y encontrarse después con un contenido que no está a la altura? ¿Ir a una presentación por compromiso social y verse obligado a adquirir un ejemplar que el agradecido autor firmará con ese denuedo de los que dedican pocos libros? ¿Confundirse de nombre y comprar, por ejemplo, una novela de John Connolly creyendo que es Michael Connelly, o de Ryū Murakami en lugar de su casi homónimo Haruki? Me pregunto si el escritor de apreciable éxito que lo mismo felicita la Navidad a partidos de ultraderecha y a Israel que al Dúo Dinámico y a los escritores fracasados solo tiene lectores eficientes, que cuando adquieren un ejemplar de una de sus obras conocen al dedillo la trayectoria del autor, su estilo e intenciones. Lectores que saben exactamente lo que se van a encontrar entre las páginas del libro que han elegido y para los cuales leer es tan solo ratificar sus fundadas previsiones. «Esta novela es muy del estilo del escritor de apreciable éxito», pensarán con satisfacción esos precavidos lectores al llegar al último párrafo. ¿No hay sorpresa, no hay margen para la desilusión o el descubrimiento? ¿Nada de pasear por los anaqueles de una librería y dejarse llevar por el pálpito que producen un título o una fotografía…? Yo creo que la historia de la literatura está repleta de lectores desorientados que llegan a páginas que los desconciertan, lectores que creen afrontar una novela histórica y se encuentran inmersos en una trama policíaca, que vuelven incluso a comprarse un libro que adquirieron años atrás, que habían olvidado tener y qué —oh, maravilla— les gusta mucho más en esta segunda aproximación, que ignoran que es una relectura. Si me apuran, la vida misma es así. Profesiones que nunca pensamos ejercer, lugares en los que no planeamos instalarnos, encuentros inesperados, gente que no debería estar ahí, pero el caso es que está cuando entramos en ese bar o en ese cine o en esa reunión de amigos y, a partir de ese momento, empieza una historia que no era la presumible. Profesiones equivocadas, parejas equivocadas, rumbos equivocados. Vivir, me parece a mí, es desembarcar una y otra vez en playas a las que no se planeaba llegar, cuya existencia, incluso, se ignoraba.

Me pregunto cuántos lectores equivocados se habrán acercado alguna vez a mi obra. Me pregunto si tú, que has llegado al final de esta entrada, andabas despistado por el ciberespacio y has aterrizado por error en este blog. Sé bienvenido, en cualquier caso.

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