UNA VOZ INCÓMODA

Estoy sentada en el vagón de metro, entre una persona que se expande más allá de su asiento (suele ocurrir) y una barra que se me incrusta en el brazo. Es un día de mucho frío y todos los viajeros vamos pertrechados con plumíferos y chaquetones gruesos que nos hacen lucir aparatosos, excesivos, rebosantes del espacio que nos corresponde. Para aislarme de la incomodidad, me pongo unos auriculares y me concentro en un audio o tal vez un vídeo, no recuerdo cuál. Es difícil estar más ausente de lo que yo, abrigadísima y con los sentidos cerrados a mi entorno, me encuentro en esos instantes. Y, de pronto, una voz se cuela en mi clausura.

Quien habla es un hombre que lleva un rato lanzando su discurso en el vagón vecino. Sus palabras han llegado a mí hasta ese momento como un simple runrún, un telón de fondo de los sonidos o las imágenes que ocupan por completo mi atención. Supongo que está pidiendo dinero a los pasajeros o vendiendo algún producto que justifique dicha solicitud. Se le percibe enfadado, su voz tiene un tono bronco que, a medida que el hombre se desplaza en mi dirección, va derivando hacia lo teatral. Parece, reflexiono, un actor interpretando a uno de esos personajes intensos y desgarrados que pueblan los esperpentos de Valle-Inclán. El hombre avanza hacia mi vagón, su voz crece en intensidad y, por fin, sus palabras se abren camino hasta mis oídos y anulan el sonido que sale de los auriculares. Lo que el hombre lanza es una pregunta que contiene una exigencia y un reproche.

—¿Es que nadie va a levantar los ojos para mirarme? —clama con voz de barítono.

Lo hago. Muy despacio, prudentemente. Lo justo para ver a mis vecinos de vagón, los que viajan embutidos en el asiento de enfrente. Todos ellos van inclinados sobre sus pantallas, algunos llevan como yo adminículos que sobresalen de sus orejas. Amplío el ángulo de mi mirada y observo a los que van de pie, agarrados a barras de sujeción, y que se encuentran también inmersos en la información que emana de sus pantallas iluminadas.

—¿Nadie lo va a hacer? —insiste la voz incómoda.

Nadie, en efecto, lo hace. Reúno valor y miro directamente al hombre que va recorriendo el vagón, observando coronillas, chepas y cuellos inclinados. Es barbudo, descuidado, de edad imprecisa. Le sale fuego por los ojos. Me pregunto si lo que quiere es dinero o sacudir nuestras conciencias. En la duda, abro la cartera y busco una moneda. No sé a estas alturas qué ha sido de mis auriculares, de los que no sale sonido alguno; tal vez los he desconectado sin ser consciente. El metro está entrando en la estación y yo agito la moneda en el aire para avisar al hombre, que por fin ve el gesto de mi mano y se acerca.

—Tiene usted razón —le digo con voz ronca en el momento de darle el dinero; estoy muy avergonzada.

El hombre se guarda la moneda sin responder. Me cabe la duda de si me ha oído siquiera. Por más que busco sus ojos, no consigo que nuestras miradas se crucen. Se aleja de mí sin que se produzca interacción alguna. Tal vez se ha acostumbrado a ser invisible. Tal vez ha perdido la costumbre de mirar y ser mirado.

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