LECTURAS DEL CONFINAMIENTO

Esta entrada debería llamarse Lecturas de la pasada primavera, pero no me ha parecido un título adecuado: en esta estación extraña que acabamos de despedir, los libros han representado para mí mucho más ―parecía imposible, pero sí― de lo que representan habitualmente. Fueron al principio un territorio ajeno en el que me costaba adentrarme. Me quedé encerrada en casa y la concentración salió por la ventana. Dichosa ella que podía salir; desdichada yo, que tanto me alimento de las palabras (¿podéis creerlo? Tenía que obligarme casi a dedicar un espacio diario a la lectura). Poco a poco, las voces de los autores llegaron a mis oídos con más nitidez. Tuvieron que esforzarse mucho, casi vocear, para hacerse oír por encima de tanto ruido. Pude unirme así, tímidamente al principio, a la encendida defensa de las criaturas de la naturaleza que realiza Olga Tokarczuk en Sobre los huesos de los muertos. Viajé con el protagonista de Mankell a profundidades no solo físicas, recorrí un futuro curiosamente familiar con Bruna Husky, salté muros de jardines olvidados, exploré mapas que tenían mucho más de emocionales que de geográficos. Me subí, con los personajes de Jon Bilbao, a variadas y solitarias atalayas. Recordaré para siempre estos libros como los que aliviaron mi encierro y me abrieron un conducto para mirar al exterior. Nunca la literatura se había parecido tanto a una ventana.

Esta novela de la reciente premio Nobel Olga Tokarczuk llamó mi atención por casualidad, gracias a un fragmento muy difundido en las redes sociales. Dice así: «Un gran árbol, a pesar de estar retorcido y agujereado, puede durar siglos y nadie lo tala porque resulta imposible fabricar nada con él. Ese ejemplo debería levantarnos el ánimo. Todos conocen los beneficios de lo útil, pero nadie reconoce el provecho de lo inútil». Quien así reflexiona es la narradora y protagonista, una anciana que vive en soledad en un pueblo casi abandonado durante el invierno, cercada por la nieve y confortada por la presencia de unos pocos amigos y de las criaturas de la naturaleza. La peculiar psicología de este personaje, su amorosa visión del mundo animal y su delicada percepción del paisaje han sido una fuente inagotable de disfrute para mí. Pero Sobre los huesos de los muertos no es una obra blanda ni sentimental; en torno a este personaje tan entrañable en principio discurre una trama oscura e inquietante que conforma una novela negra realmente sui géneris. La naturaleza bella y generosa y el ser humano que la perturba con su injustificada violencia y su poder de destrucción son los dos poderes enfrentados. Yo he sido francamente feliz leyendo la historia de ese duelo. Tokarczuk es una narradora a la vez potente y sensible, tierna y sin contemplaciones. Esta obra que habla de la venganza contra los humanos que maltratan a sus compañeros de planeta me parece, en estos tiempos difíciles que corren, de dolorosa actualidad.

Lars Tobiasson-Svartman es un oficial de Marina experto en medir la profundidad de los fondos marinos al que se le encomienda la tarea de rectificar una serie de mapas en vísperas de la Primera Guerra Mundial, con vistas a facilitar los desplazamientos de barcos y submarinos suecos. Esa es la explicación literal del título de esta novela de Hening Mankell, pero hay otras profundidades que se van abriendo paso frente al lector a medida que avanzan las páginas de esta historia oscura y estremecedora: las de una personalidad torturada, oculta tras múltiples capas, que el mismo protagonista es capaz de atisbar apenas en su propio interior al principio de su peripecia. La doble línea de la aventura esta así servida. Por una parte, un viaje por paisajes helados y fabulosos, la sobrecogedora contemplación de abismos y mares congelados (la escena en que el personaje principal camina sobre el hielo en dirección a la isla que es el objeto de su obsesión es de las que no se olvidan fácilmente). Por otra parte, el descenso a otras honduras impenetrables, a la incapacidad para amar y el desapego crónico, a las reacciones brutales e inesperadas, a la más profunda de las soledades. Con estilo lacónico y eficaz, Mankell nos lleva con su mano firme a terrenos inexplorados. Toda una aventura que, a diferencia de las tradicionales, nos deja un poso de perturbación e incertidumbre, así como la extraña sensación de haber viajado muy lejos pero a la vez no habernos apartado ni un ápice de lo más íntimo de nuestra propia condición.

Imaginemos por un instante que, desde el primer momento de nuestra vida, supiéramos con exactitud cuándo vamos a morir. Eso es lo que le sucede a Bruna Husky, la protagonista de esta novela de Rosa Montero cuyo título no es necesario explicar, puesto que está extraído de una escena cinematográfica que forma parte de la cultura popular: el emocionante monólogo del malvado replicante de Blade Runner instantes antes de morir. Como su ilustre antecesor en el cine, y como los androides creados por Philip K. Dick en la novela que dio origen a la película, Bruna Husky es una replicante en apariencia idéntica a un ser humano, pero con cualidades físicas y mentales extraordinarias. Ha sido creada en la edad adulta, carece de recuerdos auténticos y tiene una vida limitada a los diez años. Esa carga de dolor y angustia la acompaña en todo instante durante sus trepidantes aventuras. Ha sido diseñada para el combate y ahora se dedica a la labor de detective en un Madrid ultramoderno y a la vez reconocible. Es valiente, salvaje, impulsiva, sagaz. Esquiva peligros y amenazas sin cuento, pero es incapaz de eludir la angustiosa cuenta atrás que está activada en su cerebro y que la avisa en todo momento del tiempo de vida que le resta: «Cuatro años, tres meses y veintinueve días». Como toda novela de ciencia ficción que se precie, Lágrimas en la lluvia contiene, por tanto, una reflexión sobre grandes problemas del ser humano, como el poder de los recuerdos, la pérdida de los seres queridos, el miedo a desaparecer. Hay además otro elemento que hace para mí muy atractiva esta trama policiaca ambientada en el siglo XXII. En un mundo poblado por seres dispares ―humanos, replicantes, alienígenas―, se acrecienta la idea de la supremacía de la especie humana, alentada por ideologías extremistas que buscan azuzar la violencia y el pánico. Se dispara así el rechazo al diferente, al que no se ajusta a los cánones establecidos. Para ilustrar esa rica diversidad, Rosa Montero crea una deliciosa galería de “monstruos”, seres considerados inferiores, con su insólita variedad de apariencias y de comportamientos. Un despliegue de imaginación que con frecuencia nos hace sonreír, pero que nos habla también de los derechos del diferente y de la peligrosa tendencia del ser humano a adjudicarse un puesto de excepción en este planeta.

He mantenido con esta novela de la autora australiana Kate Morton lo que podría llamarse una relación a destiempo. Para empezar, el libro lleva casi una década en mi poder; fue el regalo de un alumno ―supongo que elección de sus padres― al que recuerdo con especial cariño. En la primera página está su letra, grande e irregular, deseándome una agradable lectura. Lo cierto es que por causas diversas (¿alguien puede controlar del todo el orden en que aborda sus libros pendientes?) he ido posponiendo su lectura hasta esta primavera tan extraña, en que el alumno al que acabo de mencionar rondará los veinticinco años y en que el confinamiento me ha parecido la ocasión perfecta para afrontar una obra de más de quinientas páginas. El jardín olvidado es, como parecía presagiar su título y la fotografía de cubierta de la edición española, un compendio de elementos que no llamaré románticos sino imaginativos y evocadores: una niña abandonada a su suerte en un barco que zarpa hacia lejanas tierras, un pasado oculto bajo múltiples cerrojos, un misterioso libro de cuentos de hadas que parece contener la llave del secreto, una cabaña frente a un océano tempestuoso y, claro está, un jardín clausurado por un muro que lo cierra a los ojos del mundo. Mujeres de tres generaciones se van alternando en el avance de una trama que se nos va revelando como un enorme mosaico que se destapara por partes hasta cobrar un sentido global, en un hábil ejercicio de estructuración por parte de la autora. Reconozco, con todo, que habría disfrutado mucho más de este libro de haberlo leído no ya cuando me lo regalaron, sino antes de llegar a esa edad descreída que se inicia, diría yo, en torno a los cuarenta. Paseando por sus páginas, he sentido añoranza de la joven ingenua que fui; creo que ella habría vivido con emoción los paisajes oscuros y tormentosos, habría husmeado atenta por los rincones de los viejos edificios y se habría identificado con las atribuladas protagonistas. Una relación a destiempo, como dije al principio. Este jardín olvidado llega ahora para hablarme de partes de mí misma que no desearía olvidar.

Un muchacho al que le gusta observar el mundo desde su escondite en un árbol es testigo de los encuentros en el bosque de una pareja de amantes clandestinos. Este es el punto de partido de El mapa de los afectos de Ana Merino, novela que se alzó con el Premio Nadal en su última edición. Al igual que el joven espía encaramado a una rama, el lector se encuentra situado en una posición de privilegio para acceder a las interioridades de una serie de personajes que desfilan frente a él en los capítulos siguientes: la recién casada que descubre en el viaje de novios que ha cometido un terrible error, el marido aburrido que oculta celosamente su doble vida, la esposa engañada a la que los celos llevan hasta el crimen, el anciano que va perdiendo la memoria, la chica de la casa de alterne que busca recuperar su dignidad… Los habitantes de un pueblo del Medio Oeste de Estados Unidos se van cediendo el paso, se tienden la mano unos a otros para encajar como piezas en un gran mosaico que no es sino el mapa sentimental al que hace referencia el título. Unas historias cobran un nuevo sentido gracias a otras, del mismo modo que conocemos mejor a un personaje cuando lo vemos intervenir en la vida de otro. El tiempo se desarrolla de forma imperceptible en esta novela de intimidades y sentimientos, y el que era un muchacho en el primer capítulo aparece más adelante como un hombre adulto, los ancianos enferman y desaparecen, los edificios cambian de dueño o se sumen en el abandono, sin que se haga referencias explícitas al paso de los años. Las precisiones espaciales y temporales están de más; las historias fluyen sin límites ni demarcaciones, escapándose como el agua entre los dedos, en este viaje al territorio de los afectos.

Todo un hallazgo para mí: un narrador original, salvaje, maestro absoluto en el arte de contar. Se trata de Jon Bilbao, al que descubro en uno de mis periódicos repasos del catálogo de la editorial Impedimenta. Gracias a él llega a mis manos El silencio y los crujidos, libro tan singular como su nombre presagia. Lo componen tres relatos largos (o novelas breves: ¿quién es capaz de marcar los límites?) que parten del mismo y sorprendente planteamiento, recogido en sus contundentes títulos: Columna, Tepuy y Torre, alusión a elementos verticales, que garantizan el aislamiento de quien se encarama a ellos. Y eso mismo es lo que hacen los tres protagonistas, el estilita que decide apartarse del lujo y la corrupción del mundo y vivir en lo alto de una columna, el biólogo que accede en helicóptero a la cima de un tepuy (meseta con paredes de una increíble verticalidad) con el objetivo de estudiar una especie animal desconocida y el empresario que huye del escándalo y la animadversión pública refugiándose en una torre. No añadiré más sobre la trama de estas asombrosas historias. Únicamente diré que es imposible presagiar los giros de la acción y solo cabe dejarse llevar por la prosa precisa, con destellos líricos en ocasiones, despiadada con frecuencia, de este narrador en estado puro.

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