ÚLTIMAS LECTURAS: GEORGES SIMENON

En numerosas ocasiones, al explicar El Quijote a alumnos muy jóvenes, he constatado un hecho curioso: muchos de ellos confunden al ingenioso hidalgo con su autor; en su imaginación, Alonso Quijano tiene una existencia tan real como la de Miguel de Cervantes. Esta equivalencia de las entidades de escritor y criatura de ficción, nada extraña en la historia de la literatura (es inevitable pensar en Arthur Conan Doyle y su sin par Sherlock Holmes), es la base de la original novela de Georges Simenon Las memorias de Maigret.

Por una vez en la larga serie de libros protagonizados por el comisario Maigret, es este quien toma la palabra para narrar no ya una investigación policial, sino su relación con el escritor Georges Simenon. El largo trato entre ambos comienza cuando el novelista es un jovenzuelo que consigue, gracias a un protector, «colarse» en la comisaría y acompañar al ya prestigioso investigador en su trabajo diario para poder así plasmarlo con viveza en sus novelas. Con el tiempo, el éxito del Maigret literario es tal que los lectores asumen que el Maigret real, con sus divergencias respecto al personaje, es un simple imitador empeñado en emularlo. El juego entre realidad y literatura, dentro de la pura ficción. Un estimulante juego de espejos.

Es este repaso de su relación con el novelista que realiza el comisario metido a escritor, se van desgranando datos reveladores sobre la vida de este último, que han quedado al margen de la larguísima saga de novelas de la que es protagonista. Su infancia, la terrible muerte de su madre, el despego con respecto a su padre, sus deseos de convertirse en médico, su encantador encuentro con la que será la señora Maigret… y también reflexiones sobre la labor policial y, por ende, sobre la sociedad que le da sentido. Son apasionantes la vívida descripción de los ambientes marginales, los datos sobre la índole de los crímenes más comunes y la plasmación de la lenta, con frecuencia rutinaria y nada novelesca tarea del investigador, quien, según el narrador, «no juega a las adivinanzas ni se exalta por una caza apasionante». De su mano, atisbamos entre la multitud que pulula por las estaciones de tren, ingresamos en sórdidos hoteles y palpamos el pánico de quienes deben esconderse de la autoridad. Estas Memorias de Maigret son una ráfaga de realidad sobre el con frecuencia alambicado mundo de los policías literarios. La semblanza del delincuente, al que se mira sin curiosidad ni odio, sin disculparlo ni envolverlo en una aureola romántica, es de una extraordinaria lucidez. Sobrecoge la plasmación de una sociedad biempensante, obstinada en mirar hacia otra parte y cuyo único interés es que el lado oscuro del ser humano esté bien lejos, apartado de su tranquilizadora rutina. Partiendo de una divertida pirueta entre lo real y lo literario, la novela va ampliando su perspectiva hasta crear una perspicaz reflexión sobre la condición humana.

En La casa de los flamencos, Simenon se traslada a la frontera entre Francia y Bélgica para poner en pie una historia de diferencias y minorías, de choque entre formas de ver la vida, de miedo y rencor hacia el distinto. A través de un pariente de su esposa, el comisario Maigret es llamado a investigar de forma oficiosa la desaparición de una joven en la población fronteriza de Givet. Los rumores apuntan a que la muchacha ha sido asesinada y a que los responsables de su muerte son unos comerciantes belgas, los Peeters. Ellos son los habitantes de la conocida por todos como «Casa de los flamencos» y suscitan, por su riqueza y su condición de extranjeros, el recelo y el odio de los locales. El conflicto está servido.

Simenon es un escritor que me encanta y al que tengo muy presente en mi forma de mirar el mundo. Por ejemplo, suelo denominar «familia de Simenon» a todo grupo unido por la sangre, pero también por secretos inconfesables o vínculos envenenados entre sus miembros. La razón obvia es que este autor explora con frecuencia el lado inquietante de las relaciones que más solidez deberían proporcionar a las personas y que, sin embargo, son fuente de innumerables traumas, al menos en su universo narrativo. Así sucede en este caso. El comisario Maigret se adentra en la vida cotidiana de los Peeters, comerciantes adinerados, acusados al parecer de forma injusta de asesinato, pero que pronto le transmiten una inquietante sensación de oscuridad. La madre trabajadora hasta la extenuación, el padre que ha perdido la cabeza, el hijo que ha mantenido una relación clandestina con la muchacha desaparecida, la inflexible hermana mayor, la hermana menor ausente, la prometida del hijo… Todo es turbio, opaco, intranquilizador. A esto se une la magistral captación de ambientes por parte del novelista: la omnipresente casa de los flamencos, visible desde cualquier punto de la población; el río impetuoso y amenazador, que parece a punto de engullir las orillas; el tiempo húmedo y ventoso. El lector tiene la sensación de encontrarse allí, en la fría población de Givet, y en la aún más fría vida familiar de los Peeters.

La casa de los flamencos, escrita en 1932, tiene por tanto como base un tema de lamentable actualidad o, si nos dejamos llevar por el pesimismo, un tema eterno porque es consustancial a la naturaleza del ser humano. Pero hay otra razón para que la novela transmita una fuerte sensación de modernidad: el estilo sobrio y dinámico de Simenon, capaz de crear ambientes con una increíble economía de recursos. Dejo como ejemplo esta maravillosa descripción de la entrada de Maigret en el Café de la Mairie:

«Un rumor lo recibía a uno desde que se abría la puerta. Un mostrador de cinc. Mesas. Jugadores de cartas ante los tapetes rojos. Humareda de pipas y cigarrillos y un acre olor a cerveza tibia.

—¡Dos cañas, dos!

El ruido de las fichas sobre el mármol de la caja. El delantal blanco del camarero.»

Al Simenon le bastan unas pocas pinceladas (visuales, sonoras) para hacer sentir al lector que también se encuentra allí. ¿No es esa una de las maravillosas funciones de la literatura?

Comentarios

  1. Yo también me estoy enganchando con él, poco a poco. "La noche de la encrucijada" ha sido mi última aproximación, y me dejó satisfecho. Apúntame al club.

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  2. Quedas apuntado, Rubén. Y, ya que estoy, me voy a atrever a recomendarte un libro que me gusta especialmente de este autor (digo que me voy a atrever porque, dado tu bagaje lector, lo mismo lo conoces ya). Se trata de una novela que nada tiene que ver con Maigret y sus investigaciones, que explora con sutileza y melancolía los entresijos de una relación de pareja y se titula «Tres habitaciones en Manhattan».

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