ÚLTIMAS LECTURAS: GUSTAVO FAVERÓN / HARUKI MURAKAMI
Vamos a ver si consigo escribir esta reseña, que preveo complicada. ¿La razón? Vivir abajo, la novela del escritor peruano Gustavo Faverón que acabo de terminar, es de las obras más locas, complejas y originales que he tenido ocasión de leer. Un viaje constante a los límites de lo verosímil, un desafío a la capacidad del lector, que en más de una ocasión se lanza la inevitable pregunta: «¿Qué es esto que estoy leyendo?». Y que, aun así (al menos en mi caso), se sumerge de nuevo en sus páginas para intentar engarzar las piezas dispares, sorprendentes y sin embargo necesarias que componen la obra.
Pero comenzaré explicando cómo llegué
hasta este autor, cuya existencia desconocía. El gancho que me atrajo hasta él
fue la cubierta de la edición de Candaya de Vivir abajo, en la que
aparece una de las impresionantes Cárceles imaginarias del grabador del
siglo XVIII Giovanni Battista Piranesi. Nada que tenga relación con la obra de
este artista visionario me deja indiferente, así que leí la sinopsis de la
novela y unas cuantas reseñas realizadas por lectores y automáticamente caí en
sus redes. Ahora, terminada la travesía por sus casi setecientas páginas, puedo
afirmar que la elección de una de las alucinadas creaciones de Piranesi para
servir de pórtico a la novela no es casual ni caprichosa. Vivir abajo es
una intrincada red de historias en las que se explora la oscuridad tanto
psicológica como física de sus personajes; sótanos, pasadizos, jardines
laberínticos, mazmorras subterráneas y casas abandonadas son lugares
preferentes donde se desarrollan diversas tramas inquietantes que tardan en
conectarse en el cerebro del lector. Aun así, este no puede desvincularse de la
extraña aventura que ha emprendido al adentrarse en sus páginas. Un misterioso
director de cine dispuesto a filmar un crimen real, un hombre que recibe
manuscritos de novelas desde una librería que hace tiempo dejó de existir, los
guardas de un zoológico que en sus charlas nocturnas desvelan su condición de
antiguos torturadores al servicio de un dictador, un arquitecto capaz de
diseñar una cárcel bajo tierra que es tanto más eficaz cuanto que es
indetectable, un preso que se esfuerza por imaginar cada noche películas que no
existen y las transmite a sus compañeros de prisión con el poder de su mente,
una mujer que cree recorrer los laberínticos senderos de un jardín cuando en
realidad está encerrada en una celda de un manicomio, un lector que conoce
libros que aún no se han escrito, una mujer que describe con detalle películas
que todavía no se han rodado, pero que se rodarán y el lector reconoce… Estos
son algunos de los personajes que pueblan el universo de Gustavo Faverón y que
componen un alucinado fresco en el que, junto a una exploración fantástica de
la realidad y sus posibles interpretaciones, se hace un crudo compendio de
algunos de los momentos más duros de la historia del siglo XX: los crímenes
perpetrados en el curso de la guerra de Yugoslavia, las dictaduras
latinoamericanas y su aparato de horror al servicio de la represión. Por encima
de este panorama abigarrado, sugerente y con frecuencia difícil de digerir,
planea la sombra de los grandes narradores latinoamericanos del XX, con Borges
a la cabeza. Los laberintos físicos y mentales en los que transcurre la acción
se hermanan con el imaginario del gran escritor argentino. Lo más crudo de la
realidad y lo más fabuloso del intelecto y sus arquitecturas mentales se alían
para crear una novela monumental y sorprendente, que no se parece a nada.
El universo narrativo de Haruki Murakami
está sembrado de imágenes impactantes. Son representaciones a primera vista
enigmáticas, que recogen con intensa expresividad las emociones y estados
anímicos de sus personajes y, por extensión, de sus lectores adeptos. Con
frecuencia son escenarios que implican descenso, un adentrarse en los rincones
más recogidos e inaccesibles del alma humana. Como el pozo en el que se refugia
en medio de su agitada existencia el protagonista de El pájaro que da cuerda
al mundo. Como el nicho del que sale el inquietante repicar de una
campanilla en La muerte del comendador. Como la escalera de emergencia
que baja a un mundo inexplorado en 1q84.
En el caso de la novela que acabo de terminar, el movimiento es el opuesto y se deduce ya de su curioso título: Sputnik, mi amor. Ese carácter ascensional implícito en el nombre del satélite marca el momento culminante de la historia, aquel en que una de las protagonistas se sube en una noria que queda detenida misteriosamente. Es la hora de cierre del parque de atracciones, no hay nadie en los alrededores y la única ocupante de la noria se ve obligada a pasar la noche en la cabina suspendida e inmóvil, desde la cual puede ver su propio apartamento. Lo que allí descubre es inexplicable: a través de la ventana, puede ver a un hombre al que apenas conoce y a una mujer. Esa mujer es ella misma. Esta inquietante plasmación visual del aislamiento y de la incapacidad para conocer la propia personalidad y para comunicarse con los otros es una de las varias que salpican las páginas de esta hermosa y melancólica novela. La relación entre dos mujeres, la singular Sumire y el objeto de su devoción, la madura Myû, es narrada desde la perspectiva del único personaje masculino, que ama sin esperanza a la primera. Este narrador sin nombre es uno de esos jóvenes solitarios tan habituales en las obras de Murakami: entrañable, apacible, carente de ambición, refugiado en su mundo de libros e involuntario testigo de una trama que se tuerce y lo arrastra. Con estos tres personajes construye Murakami una historia sobre amores cruzados e imposibles y sobre los inesperados cambios de rumbo en la existencia. Por encima de ella, planea la sombra del satélite artificial que le da título, orbitando en torno a la Tierra, alejado de todos, abocado a la destrucción y profundamente solo.



Me despiertas las ganas por leer ambas obras. A Murakami lo he explorado un poco; a Faverón todavía no. Gracias por tu bello análisis.
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