ÚLTIMAS LECTURAS: CLAUDIA PIÑEIRO / PETER CAMERON
La escritora argentina Claudia Piñeiro elige a la más vulnerable de las heroínas para convertirla en el motor de la investigación de un crimen en su novela Elena sabe. Esta Elena que sabe —está convencida de ello— lo que la policía se empeña en ignorar es una mujer en la sesentena, prematuramente envejecida por un Parkinson que avanza de forma fulminante e inmisericorde, convirtiendo su cuerpo en una máquina que va perdiendo facultades y lastra el único empeño que le queda en la vida: demostrar que la muerte de su hija Ana no se debe a un suicidio. Frente a la impasibilidad de las autoridades policiales, que han dado el caso por cerrado, y a la tibia compasión de sus conocidos, que achacan sus reticencias a su incapacidad de asumir la terrible decisión de su hija, Elena se pone en marcha una mañana, decidida a emprender un largo trayecto por la ciudad para encontrar a la única persona que puede ayudarla. Este viaje en busca de la verdad, con su doble componente físico y moral, es la columna vertebral de la novela.
Claudia Piñeiro plasma con estremecedora
precisión la hazaña sobrehumana que supone para su protagonista lo que para
cualquier otro sería un simple trayecto por la ciudad. Así queda claro desde
las primeras líneas, en las que se describe el terrible esfuerzo que entraña
para Elena dar un simple paso: «Se trata de levantar el pie derecho, apenas
unos centímetros del suelo, moverlo en el aire hacia adelante, tanto como para
que sobrepase al pie izquierdo, y a esa distancia, la que sea, mucha o poca,
hacerlo bajar». La novela está estructurada en tres partes que se corresponden
con otras tantas pastillas de levodopa que la protagonista toma para conseguir
que sus miembros respondan a las órdenes de su cerebro. El proceso, siempre el
mismo, es angustioso: cuando Elena ha perdido el control de su propio cuerpo,
debe esperar primero a la hora fijada para la siguiente toma y después a que el
medicamento haga efecto. No importa dónde se encuentre, caminando por la calle,
en un taxi o en un tren; no podrá moverse hasta que se produzca el pasajero
milagro de la química. Las maniobras que Elena debe llevar a cabo para afrontar
los obstáculos de su periplo son tan acongojantes que el lector corre el riesgo
de olvidar el objeto de su salida, aclarar la muerte de su hija. Pero no.
He dicho antes que el de Elena es un
doble viaje, físico y moral. Entreverados con los detalles de su hazaña física
están los recuerdos de la relación con su hija y datos reveladores que hacen
sospechar que el aparente suicidio no es tal. Es admirable la capacidad de la
autora para trazar el panorama personal de su protagonista —al igual que su
estado físico— sin caer en el sentimentalismo. Mientras Elena avanza
dificultosamente por la ciudad, nos adentramos en su pasado, en las aristas de
su personalidad y en la correosa relación con una hija que se hace mayor sin
despegarse de la sombra materna. Piñeiro aprovecha esta atípica trama policial
para realizar una desgarradora reflexión sobre la maternidad (en el sentido más
amplio) y sus servidumbres: la obligación, no siempre deseada, de hacerse cargo
de la vida de otro. Una novela valiente y original, escrita con un estilo
despojado y sin concesiones. Admirable.
Lyle, un crítico de arte que está atravesando el duelo por la muerte de su pareja, emprende un viaje de fin de semana con Robert, un joven pintor a quien acaba de conocer. Su destino es la casa de unos amigos que viven en el campo, junto a un hermoso río. Ellos son Marian, John y su hijo Roland, apenas un bebé. Sobre este encuentro amistoso y entrañable planea la sombra del difunto Tony, anterior pareja de Lyle y hermano de John. Cuando se cumple el primer aniversario de su prematura muerte, la aparición de su desconsolado viudo en compañía de quien parece querer convertirse en el sucesor del carismático Tony es un elemento perturbador en la relación de un grupo unido por una amistad incondicional. A este panorama inestable se une la presencia de la inquilina de una villa cercana, admiradora de los libros de Lyle y deseosa de conocer al autor en persona. Ella es la adinerada Laura, que bajo su apariencia desenvuelta esconde el dolor por el constante desencuentro con su hija, una joven promesa del cine. En un plácido fin de semana de verano, en torno al jardín y con el bosque y el rumor del río como telón de fondo, se desarrolla un complejo entramado de relaciones humanas. El duelo, la soledad y la pérdida de los seres queridos, no solo a causa de la muerte física, son los hilos fundamentales de una trama que bajo su superficie sosegada oculta tensiones, temores y emociones turbias, como el río cuya presencia se adivina detrás de los árboles.
El novelista estadounidense Peter
Cameron es un maestro en crear personajes y dejarlos libres para actuar y
expresarse delante del lector, que tiene la impresión de estar colándose en
situaciones reales, en las que criaturas de carne y hueso, por completo
desvinculadas de su autor, permiten entrever bajo sus rutinas sus profundas
vulnerabilidades. Es fácil encontrar un punto de identificación con todos y
cada uno de estos personajes heridos, la madre mayor que no es capaz de
atravesar la distancia que la separa de su hija y la madre joven que teme que
su bebé tenga alguna deficiencia que le imposibilite para la vida, el hombre
maduro que busca una relación amorosa pero a la vez teme dejar entrar a alguien
nuevo, el joven que desea con vehemencia ser objeto de un amor sin reticencias,
el anfitrión que echa tierra encima de sus emociones (literal y
metafóricamente) consagrándose en cuerpo y alma a su huerto. Y, como
contrapunto de estos seres agitados por pasiones, el pequeño Roland, un niño apacible,
sin las reacciones normales de un bebé, que parece observar el mundo desde una
posición más allá de las perturbaciones del ánimo.
Me atraen especialmente las obras
literarias que sitúan a sus personajes en ese paréntesis en la rutina que
supone el periodo estival. Me vienen a la cabeza la casa de campo de los Veraneantes
de Gorki, las vacaciones en Italia de los jóvenes protagonistas de Retorno a
Brideshead de Evelyn Waugh o las jornadas de playa de El despertar
de Kate Chopin y Suave es la noche de Scott Fitzgerald. Los espacios
donde se desarrolla la acción —jardines, ciudades monumentales, bosques,
orillas de ríos o del mar— son mucho más que un simple escenario, del mismo
modo que las relaciones entre los personajes cobran una especial intensidad
cuando se dejan de lado las urgencias de la vida cotidiana. Es tiempo de
conversar, de dejar fluir las largas horas de luz, de encontrarse con lo que
uno realmente es. Todo ello, teñido por la hermosa melancolía de los lugares
que se habitan de forma transitoria.


Estoy fascinado con todo lo que leo de Claudia Piñeiro. Supongo que iré devorando libro tras libro todos los suyos. A Peter Cameron aún no he llegado, pero tomo noto. ¡Saludos!
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