UNA GRAN CALABAZADA
Siento enorme gratitud por el anónimo
autor del Lazarillo de Tormes, creador de una historia que refleja la
realidad española de mediados del XVI y que, sin embargo, es fácil de entender
para un lector moderno. Solo los que nos hemos esforzado por acercar a los estudiantes
adolescentes ese variopinto batiburrillo de obras que se encuadran bajo el
rótulo de «clásicos» sabemos del alivio que produce llegar a una novela que, a pesar
de tener casi cinco siglos de antigüedad, cuenta la historia de un pobre chaval
vapuleado por la vida con el que cualquiera puede sentirse identificado. En mi
larga experiencia como profesora, no he encontrado nunca un grupo de alumnos
que no prestara atención cuando leíamos en clase (a veces, lo reconozco, cuando
los relataba yo) episodios como el del jarrazo que asesta el ciego en la cara
del pobre Lázaro mientras este se encuentra concentrado en beberse su vino. Eso
sí, hay reacciones para todos los gustos: risas, asombro (¿qué barbaridad nos
está haciendo leer esta profesora?), conmiseración hacia el protagonista. Nunca
he captado desinterés. Bendito autor anónimo.
Lazarillo de Tormes es, además de un clásico que no pierde
frescura, una novela portentosa. En un tiempo en que los héroes literarios
nacían de una pieza, adultos ya formados y dotados de virtudes o defectos que
permanecían intactos hasta el desenlace de la trama, nuestro anónimo autor nos
presenta a un protagonista en evolución, traído y llevado por su precaria
existencia, que va moldeando su carácter. En este sentido, el primer capítulo
de la novela contiene un episodio muy conocido que me parece absolutamente esclarecedor.
Lázaro está a punto de abandonar su Salamanca natal como criado de su primer
amo, el ciego, y este, al pasar junto al célebre toro de piedra del puente romano,
le explica que quien aplica la oreja a la escultura puede percibir un enorme
ruido en su interior. El muchacho, ingenuo como es, se cree la historia y se
acerca al toro. Así explica el narrador protagonista lo que hace el ciego a
continuación:
«Y como sintió que tenía la cabeza par
de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del
toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
—Necio, aprende, que el mozo del ciego
un punto ha de saber más que el diablo.
Me parece difícil narrar de forma más
sencilla y contundente el final de la inocencia. Me impresiona de forma
especial la reflexión que hace el Lázaro adulto sobre aquel episodio de su
infancia: «Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como
niño, dormido estaba».
Toda esta disertación sobre el más
agradecido de nuestros clásicos me la ha suscitado un episodio que presencié
hace un par de días. Viajaba yo en autobús y estaba a punto de llegar a mi
parada. Cuando me levanté del sitio que ocupaba, uno de esos asientos grandes dispuestos
justo detrás del conductor, una mujer que acababa de subirse con su hijo, un
niño de unos cinco años, reaccionó con alborozo. Se quedaba libre un puesto
para sentarse y además era de los amplios, lo que garantizaba un trayecto cómodo
para ella y el crío. La perspectiva era tan halagüeña que la mujer echó a correr
en mi dirección arrastrando de la mano a su hijo, a pesar de que no había muchos viajeros y nadie parecía
amenazar con arrebatarle el asiento. Un golpe seco, como un aldabonazo, retumbó
en el interior del autobús. En su loca carrera, la mujer había calculado mal.
Lo que había sonado de esa forma era el golpe de la cabeza del niño contra una
de las barras de sujeción.
El autobús se detenía ya en mi parada,
así que todo sucedió rápido para mí. Al avanzar por el pasillo, me crucé con la
mujer, que estaba lanzando exclamaciones de contrariedad, y con el chiquillo,
que, aturdido, se llevaba la mano al lateral de la cabeza. No lloraba. Todavía.
En los segundos que transcurrieron antes de que me bajara del vehículo, sentí
que la ira me inundaba por la estúpida imprudencia de la mujer. Experimenté el
cruel impulso de volverme hacia ella y decirle: «Casi merecía más la pena viajar
de pie». No lo hice. Me planté en la calle y vi cómo el autobús se alejaba,
preguntándome si el episodio se resolvería con un chichón o si tendría alguna
consecuencia peor. Entonces me acordé de Lázaro, que aprendió con un golpe
semejante que debía valerse por sí mismo en una sociedad hostil. Me gustaría
saber qué ha aprendido el crío del autobús, si es que ha aprendido algo. Tal
vez que las prisas no son buenas. Tal vez a no fiarse tanto de su madre. O tal
vez que, en un mundo plagado de posibles rivales, merece la pena un buen
testarazo (una «gran calabazada») con tal de ser quien se sale con la suya.

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