ÚLTIMAS LECTURAS: JOYCE CAROL OATES / MARTA JIMÉNEZ SERRANO

 

Una voz desconocida se dirige a nosotros para confesarse prisionera de la más radical e inevitable de las pasiones: «Nunca hubo un tiempo en que yo no estuviese enamorada del señor Fox. Nunca hubo un tiempo en que el señor Fox no fuese mi vida. Porque antes de que el señor Fox entrase en mi vida, nuestras almas se conocían en el tiempo anterior, donde no hay tiempo». Esta voz femenina, que presuponemos de una joven vulnerable y casi con seguridad víctima de un engaño, queda suspendida en el aire tras el prólogo de la última y perturbadora propuesta de Joyce Carol Oates. Tardaremos mucho en descubrir la identidad de quien formula tan intensa declaración de amor y aún tendremos que esperar unos capítulos para conocer al objeto de su devoción, porque a partir de ese instante la autora lanza la atención de sus lectores en otra dirección, trazando una panorámica sobre la pequeña comunidad de Wieland y presentando a algunos de sus habitantes. Entramos así en contacto con P. Cady, directora de la exclusiva escuela de Langhorne, mujer independiente y consagrada por completo a su trabajo; con la pequeña y problemática Eunice y con sus padres, sumidos en una crisis matrimonial a la que no es ajeno el difícil trato con su hija; con el joven Demetrius, laborioso y abnegado, tildado de simple por sus vecinos y tratado con despego por su rudo hermano Marcus. 

Entre las muchas virtudes narrativas de Joyce Carol Oates, la que me produce mayor admiración es su capacidad para trazar personajes complejos, con psicologías plenas de matices, diferentes entre sí y, suponemos, por completo ajenos a la personalidad de su autora. Este don de crear seres autónomos me parece casi milagroso. En ese sentido, El señor Fox es un auténtico alarde. El hervidero de voces, actitudes, relaciones, rencores y servidumbres que es la comunidad de Wieland se refleja en la novela con increíble viveza. Más adelante se incorporará a esta galería de caracteres el inspector Zwender, al que seguiremos en sus investigaciones y en sus pensamientos más recónditos, lo que pondrá en evidencia su personalidad poliédrica, plena de contrastes, capaz de acciones nobles y de pensamientos mezquinos: en definitiva, profundamente humana. El centro de la espiral formada por todos estos personajes es un cadáver que, simbólicamente, aparece despedazado por los animales bajo las aguas negras de una sombría charca. Porque esta novela de Oates supone un arriesgado viaje a los rincones más ocultos e inconfesables del ser humano, los que se esconden detrás de la brillante figura del carismático profesor de literatura Francis Fox. El siempre perturbador tema de la pedofilia ocupa el lugar central, pero junto a él encontramos otros (¿cuáles son los límites del amor entre padres e hijos?, ¿la verdad debe salir siempre a la luz?) que nos revuelven y nos inquietan. Valiente y sin concesiones como es habitual en ella, Joyce Carol Oates se lanza de lleno a revolver estas aguas cenagosas. Lanzarse junto a ella es un incómodo y a la vez gratificante placer lector.

La pequeña Marta está de pie al borde de un trampolín, sobre una piscina que brilla bajo la luz del sol. Lleva puesta la parte de abajo de un bañador con volantes y estampado de cerezas. En torno a ella, se extiende el césped un poco agostado por el calor, rociado por el agua de los aspersores. Todo es color: el azul del cielo y de la piscina, el verde de la hierba, el rojo del bañador. Todo es verano, uno de esos interminables veranos de la infancia en los que se contiene el mundo entero. Esta imagen, ingenua y colorida como una pintura naíf, es el punto de partida de Los nombres propios, la emotiva novela de Marta Jiménez Serrano sobre las primeras etapas de la vida.

A partir de esta escena estival, acompañamos a la protagonista en su paso a la adolescencia y a la juventud, y lo hacemos de la mano de una misteriosa voz que se dirige a ella y que no es otra que la de Belaundia Fu, la amiga invisible de su infancia. Este personaje sosegado que ejerce de testigo y narradora es, en realidad, una de las múltiples Martas que habitan en la protagonista: una Marta sensata, al margen de conflictos, que no interactúa con nadie más y que se puede permitir dar consejos desde su plácida posición de observadora. Como sucede en cualquier ser humano, existe también una larga lista de Martas: la fantasiosa, la prudente, la enamorada, la libre, la miedosa, la triste, la alocada. Todas ellas se van dando la mano en el baile de la vida, bajo la mirada comprensiva de la invisible Belaudia Fu. Presenciamos la relación de esa Marta múltiple con sus padres y hermanos, con sus primas, con ese novio con el que era previsible que todo saliera mal (y, en efecto, todo sale mal) y con otros posteriores que pasan fugaces o asoman con la promesa de un futuro mejor. Pieza fundamental en este proceso de aprendizaje son los amigos, sólidos amarres en medio de la incertidumbre de vivir, y la abuela, personaje inmenso y lleno de humanidad, que protagoniza deliciosas escenas con su nieta. Pasan los años, los estudios, los proyectos, los viajes, las parejas. Permanecen los amigos más cercanos, la confortable comprensión de la abuela que se transforma tras su muerte en un recuerdo que sirve de guía. Permanece la voz de Belaudia Fu, ese resto de la infancia conservado con mimo, que el lector sabe que se irá apagando hasta silenciarse con la llegada de la vida adulta. Pero esa sería otra novela, y Marta (escritora) prefiere quedarse en el territorio inexplorado en el que Marta (personaje) va pisando suelos sin hollar, va abriendo puertas, se va asomando a paisajes que nunca había contemplado. Los nombres propios posee por ello la luminosidad irrecuperable de los veranos de la infancia, la dulce nostalgia de los hechos protagonizados por ese otro yo nuestro que ignora que está siendo protagonista del milagro de la vida apenas estrenada.

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