VERSIONES DE SANT JORDI

Si el Día del Libro no coincidiera con la fecha dedicada a San Jorge en el santoral católico, me parece a mí que la celebración desluciría un tanto. Es más: he descubierto que en dicho santoral el 23 de abril está dedicado también a San Adalberto de Praga, un obispo que consagró su vida a la evangelización y la defensa de los pobres. Según la iconografía cristiana, un tipo grave y barbudo, ataviado con una elegante vestimenta episcopal y con su inseparable báculo. Cuánto más vistosa es la parafernalia de armadura, caballo y lanza que la leyenda atribuye a San Jorge; cuánto más emocionante la acción de salvar a una princesa de las garras de un dragón que la de lanzar sermones. Un caballero andante resulta mucho más atractivo que un obispo, qué duda cabe. Los catalanes han aprovechado además las posibilidades que ofrece el desenlace de la historia, con la flor roja que brota de la sangre del dragón muerto, para crear su preciosa tradición de regalar un libro y una rosa en la festividad de Sant Jordi.

Siempre he sentido una profunda atracción por la figura de San Jorge, que me lleva a prestar atención a toda obra artística que lo represente y a coleccionar imágenes de cuadros que lo tienen como tema central. Es una predilección un tanto incomprensible, si se tiene en cuenta mi nulo espíritu épico. A ello se unen los otros dos vértices que forman esta historia triangular y que me hacen sentir ciertamente incómoda: la princesa, emblema de la damisela en apuros que espera al caballero que la salve, y el dragón, representado siempre en el momento de morir, con un realismo en ocasiones espeluznante. Menos mal que he descubierto al artista urbano TVBoy, comprometido e irreverente, tierno y divertido, que le ha dado ya un par de vueltas de tuerca a la historia del santo guerrero.

TvBoy, artista italiano afincado en Barcelona, realizó en 2024 un sorprendente mural en la Plaza de Cataluña en el que una joven ataviada con armadura y situada frente a un dragón blande un pincel con el gesto solemne de quien blande una espada. Dicho pincel, manchado de pintura roja, es el arma con la que acaba de llevar a cabo la más liberadora de las misiones: añadir las letras necesarias para transformar el nombre tradicional del santo guerrero en Santa Jordina. Iba a decir que en esta versión de la historia no hay princesa, pero sí la hay, fundida al personaje del héroe. Esta princesa que se salva a sí misma no tiene lanza ni caballo, sino instrumentos maravillosos que nos hablan de arte, de lectura, de amistad: el pincel, el libro, la rosa.

Este año, el ayuntamiento de Barcelona ha encomendado a TvBoy la elaboración de los carteles promocionales de Sant Jordi y he aquí que este artista agudo y risueño ha salvado para mí el último punto incómodo de la historia. En uno de sus carteles vemos a unos jóvenes besándose. Él lleva barba y sujeta una flor (¿un Sant Jordi que luce camiseta blanca en lugar de armadura?); ella lleva un libro y va disfrazada de dragón. Un corazón sirve de fondo al perfil de los que se besan y salpica de manchas rojas el entorno, como expandiendo su amor. En otro de los carteles, un Sant Jordi ataviado a la manera tradicional, con armadura, capa y casco, se inclina para acariciar la cabeza de un dragón sonriente. Qué tranquilizador es para mí este mensaje de amor a las criaturas no humanas, incluso a aquellas en cuya naturaleza está no ser complacientes con nosotros. Por cierto: feliz Día del Libro, feliz Sant Jordi. Disfrutemos de la lectura, de las flores y del amor.


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