ÚLTIMAS LECTURAS: TOMÁS GONZÁLEZ / GRAEME MACRAE BURNET
Un pintor lleva mucho tiempo trabajando en un cuadro. En él se representa la espuma que forma en el agua la hélice de un ferry. Al artista le parece que ha plasmado la espuma de forma adecuada, pero no se siente satisfecho del color esmeralda del mar, que le ha quedado pálido y superficial. El pintor, que es el narrador y protagonista de la historia, reflexiona sobre esa carencia: «Aún no lograba que, sin verse, sin hacerlo evidente, se sintiera la profundidad abisal, la muerte». Esta imagen que aparece en el capítulo segundo de La luz difícil del escritor colombiano Tomás González me parece sumamente reveladora de la forma de proceder del autor: con la delicadeza de un pintor que se esmerara en reflejar la belleza de la superficie del mar, pero dejando a la vez constancia de los horrores que se esconden en las profundidades. Los actos cotidianos, las relaciones familiares y de amistad, las conversaciones y escenarios plasmados con viveza van creando el armazón de la vida ordinaria de los personajes, bajo el cual late el mayor de los dolores que puede afrontar un ser humano. Porque ese cuadro que intenta en vano terminar el protagonista es el bálsamo que lo ayuda a sobrellevar las horas que faltan para que se produzca la muerte programada de su hijo mayor, gravemente lesionado por un accidente, y que ha decidido dejar de vivir. Sin dramatismos gratuitos, con una emoción a la vez intensa y contenida (qué difícil) y con pinceladas de un lirismo exquisito, Tomás González construye en La luz difícil una crónica hermosísima sobre la pérdida y la capacidad humana para enfrentarse a ella. La acción se estructura en dos tiempos: las horas terribles que preceden a la muerte del hijo y la plácida existencia que el protagonista lleva en soledad, muchos años después, tras perder también a su esposa. Un apartamento en Nueva York, agitado por el constante bullir de una ciudad que no descansa jamás, es el escenario donde el protagonista y sus allegados esperan la llamada de teléfono que anunciará que Jacobo, el mayor de los tres hijos, ha dejado de sufrir. Una casa en un pueblo del centro de Colombia, cuyo patio posterior se abre a una naturaleza impresionante, es el escenario que acoge en sus últimos años al protagonista, aquejado por una pérdida progresiva de la visión, alejado de la pintura y entregado a la tarea de escribir como ejercicio que le permite recuperar los recuerdos de toda una vida. Su esposa Sara, sus tres hijos, las novias de estos y los amigos de la familia son traídos al presente por este pintor casi ciego que cuenta con la ayuda de una sirvienta para ir transcribiendo sus evocaciones desde el afecto y la serenidad, a pesar de la dureza de sus vivencias. Porque, como afirma el narrador protagonista, «la alegría aflora siempre, o casi siempre, como trozo de madera en el agua, no importa lo profundo del horror de lo vivido».
Un caso de matricidio, nueva entrega de las novelas de Graeme Macrae Burnet protagonizadas por el inspector Gorski, se abre con una secuencia preciosa. No utilizo de forma gratuita el término cinematográfico, porque el lector tiene la sensación de estar contemplando desde su butaca cómo se proyecta en una gran pantalla una ágil panorámica sobre la ciudad de Sant Louis. En efecto, se diría que la cámara acompaña durante unos segundos a uno de sus habitantes para abandonarlo en seguida y seguir los pasos de otro. Vemos así a una florista que está pensando en dar la jornada por concluida, a un hombre que acude a la comisaría a entregar a un perro perdido, a una pareja de sexagenarias que charlan en un café, a una anciana tendida en su cama espiando los sonidos que produce su hijo en el piso de abajo, a un grupo de palomas que picotea la tierra en un parque, en el lugar donde suele haber una mujer que les da comida habitualmente pero que hoy, cosa extraña, no ha acudido… Algunos de estos personajes serán importantes en la trama y otros, siguiendo con el símil cinematográfico, meros figurantes, pero este dinámico deambular por las calles de Sant Louis resulta muy ilustrativo del punto de vista del narrador, quien, dueño de las conciencias y los destinos de sus criaturas, se pasea a sus anchas por la ciudad levantando testimonio de las pasiones y tormentas que se ocultan bajo la rutinaria vida provinciana. Esta posición de dominio se extiende incluso sobre los lectores, con los cuales el escritor se divierte de nuevo, como ya hiciera en las anteriores entregas de la trilogía, presentando al autor ficticio de las tres novelas como un personaje de la intriga y añadiendo el punto de vista del supuesto traductor de la obra al inglés, en un juego de espejos que siembra la duda de si se está pisando territorios de realidad o de ficción. Los lectores fieles de Graeme Macrae Burnet encontrarán al inspector Gorski donde lo dejaron al final de El accidente en la A35: separado de su esposa en lo que él quiere creer que es una crisis transitoria y de vuelta en la casa familiar, donde ya solo habita la madre, en trance de caer en las garras de la demencia. El influjo del pasado, el recuerdo del padre y el peso de la culpa que presidió la infancia de Gorski ocupan un lugar importante en esta novela oscura e incómoda, que guarda en su interior algún sobresalto mayúsculo que no desvelaré. Guarda también la triste noticia para sus adeptos de ser la última novela protagonizada por este inspector carente de carisma, que lucha en vano por hacerse un hueco en la sociedad de Sant Louis y que, según sus propios pensamientos, no consigue tomar «las riendas de su vida». Me consuelo pensando que la mente inspirada de su autor estará ya volando hacia nuevos planteamientos desde los cuales deslumbrar a sus lectores.



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