LECTURAS DE FEBRERO (2026)

La sorprendente imagen de cubierta de El único animal, último libro de Chelo Sierra, recoge a la perfección la esencia de los relatos que lo componen. En ella encontramos seis disfraces de animal. Todos ellos tienen un aire infantil y resultan encantadores. Incluso el tiburón, que entreabre la boca para mostrarnos sus blandos dientes de trapo, parece inofensivo. Un primer vistazo nos produce el impulso de sonreír, pero pronto una serie de detalles inquietantes hacen que la sonrisa se nos congele. Los disfraces están colgados de unos ganchos que nos remiten al transporte del ganado cuando este ha pasado a convertirse en simple carne. El fondo, blanco y cuadriculado, evoca la fría asepsia de un matadero. Así prevenida, ingresé en el universo narrativo de Chelo Sierra, a la que ya conocía en su faceta de autora de relatos a través de su precioso libro La mirada del orangután. Al contrario de lo que manifiesta la escritora en el curiosísimo epílogo de El único animal, soy de los lectores que disfrutan cuando los cuentos que forman un conjunto se dan la mano entre sí, suman sus esfuerzos para ahondar en un tema determinado y se comunican incluso, tomando prestados los unos de los otros personajes, lugares o hechos. El único animal cumple a la perfección esta premisa. Trece historias ponen de manifiesto la brutalidad, la indiferencia y la arrogante superioridad del ser humano en el trato con las criaturas que tienen el dudoso honor de compartir con él el planeta. Caballos explotados en atracciones turísticas, animales torturados en laboratorios, una vaca y su ternero empleados en una rompedora (y cruel) obra de arte, un gorila prisionero de su cubículo del zoo y de sus sentimientos nada animales… He sufrido lo indecible con estas historias para mí muy duras y a la vez he disfrutado con la maestría narrativa de Chelo Sierra, que tiene el don de llevar sus relatos por derroteros inesperados que, finalmente, se resuelven de la única forma posible. Dotada de dinamismo, sentido del humor y una inteligente capacidad para no caer en sentimentalismos (tampoco en horrores gratuitos), la autora nos conduce con mano firme, nos sacude, nos hace reír, nos asusta, nos lleva a territorios de un realismo estremecedor y a otros que derivan hacia lo fabuloso. El libro contiene imágenes impactantes, como ese matadero con muros de cristal que se alza en medio de un barrio residencial y sitúa a sus habitantes cara a cara con el horror en El proyecto Elisabeth; hay en él momentos de extrema delicadeza, como la historia del hombre solitario cuya hija acude a hacerle compañía dejando a su vez solo a su perro en Verticales 3 (por cierto: qué hermoso el enigma que entraña el título y que se resuelve en la última línea del cuento); otros que entran de lleno en el inquietante territorio del absurdo, como la llegada de los veraneantes a un extraño hotel que segrega a los dueños de mascotas en Pet friendly, y momentos francamente locos, como la contabilidad de insectos que se estrellan contra un parabrisas en Kamikazes. Como he mencionado antes, a los trece relatos se añade un epílogo titulado Regalo de autor, divertidísimo juego metaliterario en el que la escritora lanza al lector un reto que no desvelaré aquí. Termino, pues, con una sonrisa este libro que ha removido en mí emociones con respecto a la cuales no siempre me siento demasiado comprendida. Tengo la sensación de conocer bien a Chelo Sierra, a pesar de que solo hemos coincidido en una ocasión. Supongo que se trata de un espejismo creado por las redes sociales, pero a ello hay que añadir la identificación que se produce a través de obras como El único animal. Es la magia de la literatura.

Zezé tiene cinco años, aunque su familia ha tenido que decir que ha cumplido los seis para que lo admitan en la escuela. No resulta difícil mantener semejante mentira, porque Zezé es muy avispado y posee una capacidad lectora superior a la de sus compañeros de más edad. Además, para su amplia familia supone un alivio inmenso mantenerlo durante las horas de clase alejado de las calles y de sus inauditas ocurrencias. Porque Zezé es un travieso incorregible; cuando, como él mismo dice, el diablo le susurra una idea al oído, se ve impulsado a llevarla a la práctica de inmediato, sin importar lo peligrosa que sea ni sus lamentables consecuencias. «Por eso, quien nace para mí el día de Navidad es el diablo y no tengo ningún regalo», razona este niño travieso e imaginativo, tierno e imprevisible. Porque el entorno de Zezé es el de una familia humilde y laboriosa, encabezada por un padre que vive con amargura su situación de parado y una madre que se mata a trabajar en una fábrica. No hay regalos en Navidad, de la misma forma que no hay tiempo para estar con los hijos ni paciencia para comprender sus peculiaridades. A Zezé le llueven las palizas al mismo ritmo que su diablillo interior le sugiere nuevas empresas. Su poderosa imaginación le sirve de apoyo para vadear un panorama tan duro; gracias a ella construye un mundo ilusorio para su hermano menor, el delicioso «rey Luís», y entabla una relación de camaradería con un arbolito con el que dialoga y al que hace partícipe de sus vivencias. En medio de ese mundo a la vez crudo y fabuloso, se levanta la figura del Portugués, el dueño del coche más impresionante del barrio, por el que nuestro pequeño protagonista siente una hostilidad inicial que irá derivando hacia la admiración y el afecto. Esta amistad desigual, con sus matices y recovecos, es la base argumental de la conmovedora novela Mi planta de naranja lima, del escritor brasileño José Mauro de Vasconcelos. Con la distancia melancólica que proporciona el tiempo, pero con el desparpajo que conserva de su yo infantil, el narrador adulto evoca el momento crucial de su niñez en el que tuvo que afrontar los grandes problemas de la existencia (la soledad, la incomprensión, la pérdida), en una novela de aprendizaje precoz que produce en el lector una irresistible mezcla de emociones. He reído a carcajadas con las locas invenciones de este chiquillo impulsivo e ingenioso, me he conmovido con su menuda silueta cargada con los útiles de limpiabotas, me he estremecido con el trato inmisericorde que recibe de sus mayores, he llorado con él ante su descubrimiento —tan prematuro— de lo que tarde o temprano depara la vida.

El señor Bowling compra el periódico. Esta novela del escritor británico Donald Henderson contiene en su mismo título el planteamiento de la trama, que nos sitúa en un escenario cotidiano y tranquilizador. El señor Bowling, en efecto, abandona el cuarto de la pensión donde vive para salir en busca de un ejemplar del Evening Standard; al no quedar ninguno, le pide al vendedor cualquier otro diario. En realidad, para sus propósitos, todos le valen. Se dirige después a un pub de ambiente animado y, cuando le sirven la comida, se enfrasca en la lectura del periódico. De hecho, lo lee con detalle, sin saltarse una coma, de principio a fin. Antes de sumirse en tan detallado escrutinio, se fija en la camarera y tiene un pensamiento que sacude al lector como una bofetada: «¡Nunca volveré a matar a una mujer!». Se acabó la ilusión de placidez. Porque el señor Bowling lee con tanta atención el diario no para informarse del curso de la guerra (es el año 1943), sino para comprobar si existe algún tipo de pista sobre el último asesinato que ha cometido. Cada periódico revisado sin noticia alguna en ese sentido supone una prórroga en su libertad. De manera tan inesperada descubre el lector la auténtica personalidad de este asesino flemático y cortés. El señor Bowling siente cada cierto tiempo impulsos de matar. O más bien podríamos decir que la idea de que determinada persona será su próxima víctima se le manifiesta de forma tan brusca como desapasionada. Tampoco la posibilidad de ser detenido produce angustia a este hombre carente de entusiasmo y amor por la vida, que se ha forjado una existencia de absoluta soledad. Así lo formula el narrador: «Pronto llegó a la conclusión de que era un zorro. Buscaba que lo persiguieran, suponía que lo atraparían e incluso lo deseaba. Quería que los cazadores tuvieran las de ganar». Con soltura y elegancia, Donald Henderson va desgranando la peripecia vital de este criminal atípico, en una trama sorprendente que bordea el horror, salpicada con detalles de un humor inquietante. Como siempre me sucede en las historias de asesinatos, me interesa e intriga la postura del lector. ¿Deseará que este homicida impertérrito sea atrapado y pague por sus actos o preferirá que su revisión diaria del periódico le siga proporcionando vía libre para continuar con su carrera criminal?

Mi primer contacto con Anna Starobinets se produjo a través de su impactante Tienes que mirar, desgarradora crónica de un durísimo episodio de la vida de la propia autora. Descubrí entonces que detrás de esa obra absolutamente apegada a la realidad estaba una escritora a la que los medios no dudan en calificar como «reina de la ciencia ficción rusa». Me acerco ahora a esa otra faceta, tan diferente de la que ya conocía (o quizá, si lo analizamos bien, no tanto) a través del libro de relatos La glándula de Ícaro. Soy bastante especial como receptora de este tipo de obras; espero siempre que los relatos se integren en el conjunto de forma armónica, que de alguna forma «dialoguen» entre ellos, que sean hermanos y colaboradores en la transmisión de una visión del mundo, y no una mera acumulación de textos desiguales cuyo único nexo en común sea la brevedad. Esta obra de Starobinets ha superado con creces mis exigencias en ese sentido. La glándula de Ícaro está compuesto por siete piezas que son como otros tantos misiles lanzados al imaginario del lector: certeros, contundentes, demoledores. Entre todos presentan un panorama de un futuro que se presiente cercano y que resulta, por ello, doblemente perturbador. Una operación a la que se somete a la población masculina para garantizar su «domesticación»; una ciudad que es el modelo soñado por los habitantes del planeta hasta que consiguen ser admitidos en ella; una inquietante entrevista de trabajo que desemboca en un más inquietante todavía puesto laboral; un experimento médico que cura a un niño de una terrible enfermedad por medio de su metamorfosis; un tren que conduce al pasado y sobre el que pende la amenaza de una anomalía; una sociedad que necesita cuerpos jóvenes y sanos para encarnar en ellos las conciencias de quienes tienen dinero para procurárselos y una videoconsola que todo niño debe tener para sentirse integrado: estos son los siete aldabonazos que resuenan atronadoramente en la conciencia del lector tras la lectura de este libro clarividente. Decía al principio que Starobinets es la misma en el terreno de la distopía que en el de la no ficción. Su objetivo es ponernos cara a cara frente a realidades incómodas (¿y posibles?) y obligarnos a mirar.

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