BELLEZA EFÍMERA
Un anticipo de lo que me espera al
salir de casa se produce cuando encuentro dos pétalos de color rosa en el suelo
del tendedero. Dado que se trata de un espacio separado del exterior por un
conjunto de lamas de aluminio, me asombro de que tan delicadas piezas hayan
podido sortear los obstáculos para venir a posarse al pie de mi lavadora. ¿De
dónde procederán estas criaturas volátiles?, me pregunto, levantándolas del
suelo. Allí, rodeadas de objetos funcionales, entre barreños, la manguera de la
aspiradora y una fregona, resultan hermosamente inadecuadas. Les atribuyo su
origen en la maceta de algún vecino y las dejo colocadas en la cesta de las
pinzas de la ropa. Me da pena tirarlas.
Al salir a la calle, comprendo de
inmediato mi error. Al pie mismo del portal se extiende una masa de un delicado
color rosa. La forman las flores procedentes de los cerezos del jardín, que, por
alguna razón para mí desconocida, han decidido desprenderse de las ramas al
unísono. El efecto es precioso, en cualquier caso: una alfombra rosa pálido que
se entremezcla con el verdor de las hojas de la hiedra. Saco el móvil para
hacer una fotografía y estoy tan concentrada buscando el ángulo adecuado que
tardo un tiempo en captar el fragor que se ha levantado al otro extremo del
jardín. Me saca de mi abstracción, sin embargo, un amenazador golpeteo sobre mi
cabeza. Varias piedrecillas han venido a impactar contra mí. Miro hacia lo alto
con recelo: ¿se estará desprendiendo alguna parte del edificio? Pero no; las
piedras en cuestión, que son de tamaño muy reducido, pero aun así hacen daño,
me están atacando desde un flanco diferente. Comprendo a la vez su procedencia
y la del ruido que empieza a alcanzar un nivel desagradable. Cubierta con una
vestimenta reflectante y con la cara protegida por una visera, una operaria
esgrime uno de esos aparatos que cambian de sitio y agrupan las hojas caídas en
los parques. Más adelante averiguaré que responde al nombre de «soplador», pero
en ese momento, el instrumento en cuestión me parece una especie de dragón
irritado que va lanzando su aliento potentísimo alrededor, arramblando con
todo. De hecho, está levantando las piedrecillas que adornan los senderos del
jardín y las está arrojando en mi dirección. Ni que decir tiene que el objetivo
de este artilugio productor de un ruido infernal es eliminar los pétalos que
han decidido bajar en tropel a adornar nuestro suelo.
Miro con irritación a la operaria: ¿es
que no ve que me está lanzando piedras? No me ve, en efecto, rodeada como está
por el torbellino que ha levantado en torno a ella. En condiciones normales le diría
algo, pero el aguijoneo de los proyectiles que involuntariamente me está
disparando me obliga a salir por piernas. Me pongo a resguardo de operaria y
soplador en la calle más cercana. Comprendo lo absurdo de mi sentimiento, pero
aun así estoy disgustada. Sé que cuando regrese a casa no quedará ni rastro de
la suave alfombra de color rosa pálido. Me dirijo hacia el metro, llevando en
mi poder, en la memoria de mi móvil, el recuerdo de tan efímera belleza.

Se llama soplador, no lo sabía; para mí son unos engendros del demonio que, además de limitarse a cambiar la basura de sitio, amargan mis mañanas con un ruido ensordecedor que precede a otro igualmente repulsivo que hacen una especie de tractores urbanos que supuestamente absorben la porquería cambiada de sitio... Una esperanza: funcionan por Diesel. ¡Por fin encuentro una utilidad a la estúpida guerra contra Irán!
ResponderEliminarYo tampoco sabía cómo se llamaba ese horrísono aparato; lo he tenido que buscar al escribir esta entrada para referirme a él con propiedad. Por cierto: ayer me despertó un dúo de soplador y cortasetos a las ocho menos cuarto de la mañana, hora que, teniendo en cuenta que era sábado, me pareció bastante inconveniente. Servidumbres del jardín.
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