CICATRICES
En la pantalla de mi portátil se
materializa un rostro esculpido en mármol. Es el de un personaje que lleva casi
cuatrocientos años muerto y que, sin embargo, parece estar a punto de hablar.
La ponente de la conferencia a la que asisto desde casa lo acaba de explicar:
es uno de los conocidos como «bustos parlantes» de Bernini, en los que el
artista supo captar la maravilla de lo fugaz, el gesto espontáneo de quien
entreabre los labios para lanzar un mensaje que parece ir a sonar de un momento
a otro. Quien en este caso ha sido detenido en el acto mismo de pronunciar una
palabra es el cardenal Scipione Borghese. Es un tipo de físico contundente y
mirada aguda dirigida hacia lo alto, por encima de los pobres mortales que lo
contemplan desde la posteridad. Parece estar oteando el horizonte, previendo
hechos trascendentes que solo él es capaz de ver y a los cuales debe hacer
frente. Bernini consiguió una vez más en este retrato el prodigio de convertir
el mármol en carne, en pelo, en piel, en tela. También en alma. La
conferenciante resalta el detalle del sexto botón de la muceta cardenalicia:
está abrochado a medias y a punto de escaparse del ojal. Es la perfección de lo
imperfecto. Este hombre poderoso y altanero se ha vestido con prisa o con
descuido. Los que lo contemplamos desde abajo, indignos de recibir el
privilegio de su mirada, nos sentimos regocijados en nuestra insignificancia.
Un nuevo
dato sobre esta imponente escultura viene pronto a ocupar la atención de los
asistentes a la conferencia. La ponente lo narra como si se tratara de una
escena de suspense: cuando Bernini había dado por concluida su obra y la había
presentado ante su ilustre comitente, se abrió una grieta en el mármol que
atravesó de lado a lado la frente del retratado y rodeó la parte posterior de
su cráneo. Ignoro si, en este momento de la conferencia, los que asistían a ella
en directo ahogaron una exclamación de asombro; yo sí lo hice, en la
tranquilidad de mi despacho. Esta fina grieta, que se conoce técnicamente como
«pelo», es lo peor que le puede suceder a un escultor, explica la ponente. Bernini
no podía consentir que la efigie del poderoso cardenal quedara afeada por
un defecto del mármol. Ignoramos (al menos yo,
y la conferenciante no lo aclara) lo que opinó el retratado al respecto. Sea
como fuere, el escultor no halló otra solución que realizar un nuevo busto para
suplir al defectuoso. Es aquí cuando entra en juego esa imaginativa exageración
que con frecuencia rodea las biografías de los individuos notables. Se dice que
el artista acometió la tarea con tanto brío que la llevó a término en un tiempo
récord, que oscila, según la versión, entre los tres y los quince días. Una
hazaña, en cualquier caso. Esta es la razón de que existan dos bustos del
cardenal Scipione Borghese realizados por Bernini en el mismo año, 1632. Ambos son
impresionantes y producen esa misteriosa sensación de que la materia inerte ha
mutado en algo que está vivo y es al mismo tiempo superior a la vida mortal. Ambos
tienen el detalle maravilloso del botón a medio abrochar. Lo curioso es que, al
contemplarlos uno al lado del otro, encuentro un atractivo especial en la pieza
defectuosa, aquella en la que se produjo la rebelión del mármol, la que está
surcada por una larga cicatriz.
De todos los retratos realizados por Bernini, el único de carácter privado que se conserva representa a una mujer joven, de rostro vivo, que entreabre los labios (de nuevo un «busto parlante») y mira al frente con expresión de asombro: parece a punto de comunicarnos lo que ha prendido su atención con tanta intensidad. La blusa abierta sobre el pecho y el pelo algo alborotado confieren al retrato un carácter natural, íntimo, lleno de sensualidad. La modelo se llamaba Constanza Bonarelli y era una mujer casada que fue, al parecer, la amante de Bernini. El problema es que lo fue también, a escondidas, de Luigi, hermano menor del escultor. Cuando la conferenciante transmite este detalle, el micrófono capta un rumor de risas en el auditorio. Supongo que a los risueños asistentes se les congelaría el gesto de regocijo ante la continuación de la historia: presa del despecho y la ira, Bernini encargó a un sirviente que atacara a Constanza y le desfigurara el rostro con una navaja. Así lo hizo. El cutis que el escultor había plasmado con tanta pasión sobre el mármol quedó roto por una profunda cicatriz.
He investigado acerca de esta historia. He encontrado versiones disparejas, desde la exculpatoria expresión «Bernini intentó castigar a su amante» hasta la estremecedora ratificación de que la venganza fue llevada a efecto. He conocido también las consecuencias, nimias para el agresor gracias a la protección del papa Urbano VIII, terribles para la agredida, que fue acusada de adulterio e internada en una institución para mujeres consideradas descarriadas. A medida que indagaba, he sentido cómo se iba formando una nueva grieta en esta historia presidida por cicatrices que surcan el mármol y la piel. Casi me ha parecido oír como se abría paso, rompiendo y horadando, partiendo en dos un territorio hasta ese momento intocado. Es una cicatriz profunda, irreparable, que atraviesa de extremo a extremo mi admiración por este genio de la escultura.



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