FUNDIDO A NEGRO
El pasado
martes, los lectores de elDiario.es nos encontramos entre las páginas de
este medio digital con un artículo que, me aventuro a afirmar, nos produjo una
fuerte impresión. Se titula Carta desde el más allá y es la despedida
del periodista Carlos Hernández, muerto prematuramente a causa de esa
enfermedad maldita y omnipresente cuyo nombre nos cuesta incluso pronunciar. Se
había ido con 56 años y había dejado escrita una carta para mostrar su afecto a
los lectores y hacer constar las que para él eran las bases de su oficio de
periodista. Una carta que se publicaría cuando él ya no estuviera aquí. «Me he
muerto. ¡Joder!, qué fuerte resulta escribir esto» afirma con distendida
jovialidad en el primer párrafo. Qué valiente hay que ser para manejar el humor
en circunstancias semejantes.
La carta produjo
un eco inmediato en las redes sociales. No cabe duda de que este mensaje, que
se hizo presente en nuestras pantallas cuando la voz que lo lanzó se había
callado para siempre, nos ha impactado, nos ha removido, nos ha emocionado. No
es necesario explicar por qué. Los comentarios ponían de relieve aspectos diversos. Con frecuencia, el profundo sentido ético
de un periodista que valoraba su trabajo y, por eso mismo, lo consideraba unido
a una especial responsabilidad. Su convencimiento de que quien levanta
testimonio de la realidad no debe ser nunca equidistante, sino convertirse en
altavoz de las víctimas, de los oprimidos, de los olvidados. También su fe en lo público, su agradecimiento a un
sistema sanitario que le brindó apoyo hasta el final y le concedió una prórroga
que aprovechó de la mejor forma posible. Un buen número de lectores de elDiario.es —y casi con seguridad
otros muchos que no lo son— nos hemos sentido representados por este mensaje
póstumo y conmovidos por la honradez y la bondad que rezuma. No conocíamos
personalmente a Carlos Hernández, pero una persona que nos habla desde el borde
del abismo nos apela de forma directa al corazón. Todos somos animalillos
asustados ante la perspectiva de la propia finitud.
No
insistiré en ninguno de los aspectos que acabo de mencionar y que han sido
suficientemente glosados por colegas de profesión del periodista desaparecido y
por lectores anónimos. Pero sí voy a detenerme en el párrafo final. Doblemente
final: el remate de la carta y el de una vida. En él, el autor expresa que le
gustaría decir que va a reunirse con compañeros, parientes y amigos a los que
ha ido perdiendo a lo largo de los años, pero que no cree en ningún dios. «Mientras
escribo estas últimas líneas soy consciente de que solo tengo por delante un
fundido a negro», afirma con estremecedora sinceridad.
Cuántas
veces habremos pensado en ese fundido a negro los que carecemos del sentido de
la trascendencia. A menudo fantaseo no tanto con el que vendrá sino con el que
ya he experimentado sin ser consciente: ese largo túnel oscuro en el que estuve
sumida mientras el planeta Tierra era habitado por criaturas que no convivieron
con humanos, mientras homínidos que habían descubierto el control del fuego se
sentaban en torno a hogueras a contar historias, mientras los grandes imperios
de la Antigüedad se expandían y asesinaban y dejaban tras sí un reguero de
crueldad y una estela de hermosas piedras. Mientras caminaban sobre la
superficie terrestre Asurbanipal y Jerjes y Artajerjes y un sinfín de monarcas
de nombres fabulosos. Mientras hicieron lo propio el remoto referente real del
rey Arturo y Pitágoras e Hipatia de Alejandría y Cleopatra. Por alguna razón
que se me escapa, me obsesiona la idea de la reina de Egipto por antonomasia: ¿dónde estaba yo mientras tú, Cleopatra, te hacías
un hueco a medio camino entre los libros de historia y la leyenda? O, apelando a imágenes muy
gratas para mí, ¿dónde estaba yo mientras los versos del gran Lope arrebataban
al público de los corrales de comedias, mientras Mary Shelley daba vida
literaria a la criatura que mejor encarna el desvalimiento del ser humano y don
Francisco de Goya volcaba sus brutales pesadillas sobre las paredes de la
Quinta del Sordo? ¿Y —ayer mismo— mientras Rosa Parks se negaba a levantarse
para ceder su puesto en el autobús a un joven blanco, tal como dictaba la ley?
Permitidme este ególatra repaso de la historia: ¿dónde estaba yo mientras
sucedía todo esto? ¿Dónde estaré mientras sucedan hitos igual de
trascendentales, después de mi inevitable fundido a negro?
Hace unas semanas
(soy incapaz de precisar más), mis redes sociales se inundaron con textos en
los que se exponían motivos para vivir. Ignoro quién comenzó semejante cadena,
pero usuarios de condiciones diversas se unieron a la convocatoria. Algunos
escribieron textos elaborados, otros se limitaron a poner en pie escuetas listas
de razones para seguir vivo. Las redes se poblaron así de bellos instantes, atardeceres,
paisajes nevados, amistades duraderas, miradas de mascotas, ir y venir de olas,
mágicas confluencias con desconocidos. No conseguí leer ninguno de estos textos
hasta el final. Me resultaron melifluos, prescindibles, redundantes. ¿Qué mayor
motivo para apegarse a la vida que su casi inapreciable duración? Un breve
estallido de luz entre dos interminables túneles. Un estallido fugaz, insignificante
y magnífico. Qué privilegio estar inmersos en su luz y no sumidos en la oscuridad
perpetua. Qué raro es estar vivo. Gracias, Carlos Hernández, por recordárnoslo.
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