CUADROS RECUPERADOS (I): SOMBRAS

Hubo un momento, en los albores de este blog, en que yo guardaba memoria exacta de todos los artistas cuyas obras habían pasado por la sección titulada El cuadro de la semana. Mi intención inicial (está claro que demasiado ambiciosa) era la de no repetirlos. Me lancé al proceloso mundo de la pintura armada con mi ordenador y mi optimismo, y fui poblando este museo virtual con todo lo que me parecía reseñable, que era mucho. Fui francamente feliz.

El primer tropiezo llegó al cabo de año y medio, cuando en un despiste comenté la obra de un pintor que ya había estado presente con anterioridad. Era el británico George Frederick Watts, autor de la delicada alegoría Esperanza, pero también de la recreación del mundo artúrico titulada Galahad, que había sido una de las obras pioneras de la sección. Fue el primer hilo que se escapaba en un tejido que, a partir de entonces, se fue deshilachando poco a poco. 

Luego vinieron otros cabos sueltos: autores que creía haber incluido cuando no era así, otros que no recordaba haber comentado y, lo que era peor, cuadros que me encantaban, pero de los que no conseguía recordar título ni autor. De ese panorama de desmemoria nació hace un mes la idea de detenerme por un tiempo a recuperar viejos conocidos para observarlos reposadamente y desde una nueva perspectiva. Esta es la primera entrega de esos cuadros recuperados, que, me doy cuenta ahora, trazan un panorama ciertamente sombrío. Sin pretenderlo, he escogido obras que hablan de incertidumbre, falta de expectativas, desesperación. Es lo que tiene revisar el pasado a la luz de estos tiempos extraños. 


El pintor japonés Matazo Kayama (1927―2004) combina la delicadeza de líneas del arte tradicional de su país con una desazonante visión del interior del hombre contemporáneo en obras como este Bosque congelado. Con estremecedora concisión cromática, traza sobre el fondo claro del paisaje helado las siluetas negras y quebradas de los árboles que entrelazan sus ramas formando una red tupida y angustiosa. Frente a ese predominio de rectas, se destaca el diseño curvo del torbellino formado por las aves que confluyen en el centro mismo del lienzo. La sensación de dinamismo es brutal: nos parece casi oír el griterío con el que los pájaros se disputan su presa, en medio del silencio del bosque muerto. Avidez, lucha, desesperación, vacío. A estas alturas, no tenemos la impresión de que el artista nos esté hablando simplemente de la naturaleza.
(Los cuadros de noviembre. 2012)



Una doble pirueta de artista virtuoso: los modelos representados en el lienzo, las sombras de los personajes proyectadas sobre la pared. El reflejo de un reflejo. Ante semejante malabarismo, uno pierde de vista el motivo humano del cuadro; las sombras se vuelven las protagonistas. Pero si conseguimos apartar los ojos de ellas, descubriremos un misterio: ¿Qué problema agobia a esta pareja?  ¿Qué causa la expresión compungida, casi perruna, del hombre? ¿Y el desvío de los ojos de ella? El título no nos ayuda; al autor le interesa más el deslumbrante juego de luces: “Sombras marcadas”, de Emile Friant (1863 – 1932).
(Los cuadros de febrero. 2011)




La artista alemana Anja Millen es la creadora de un universo oscuro y perturbador al que ha dado forma primero a través de la pintura y más adelante por medio de la fotografía y la manipulación digital de la imagen. Sea cual sea la técnica empleada, el resultado es una obra llamativa e inquietante, que se adentra en el terreno de la pesadilla y nos conecta con nuestros miedos y deseos más ocultos. El título del cuadro que traigo hoy aquí se inscribe en la más pura tradición clásica: Vanitas. La poderosa personalidad de Millen realiza una reinterpretación del tema tradicional de la futilidad de lo humano, que no está representado aquí, como es habitual, por medio de un repertorio de objetos simbólicos, sino por una figura humana de extraordinaria expresividad. Esta mujer que se encoge sobre sí misma en un gesto teatral parece literalmente estarse deshaciendo delante de nosotros. Todo en ella nos habla de decadencia: su espalda descarnada, su vestido ajado, las hojas muertas que caen sobre ella. La elección de los colores dota al conjunto de una extraordinaria fuerza visual; en medio del sombrío panorama creado por medio de tonos grises y pardos, destaca como un puñetazo el rojo del pelo y de las hojas que revolotean, últimos signos de vida de un mundo que se desmorona.
(Los cuadros de junio. 2015)


Entusiasta cantor de la fuerza del trabajo y de la energía imparable del proletariado, el pintor soviético Aleksandr Deineka (1899―1969) hace un paréntesis en su exaltación de una nueva sociedad para fijarse en Desempleadas en Berlín en el lado más triste y vulnerable de la condición humana. Un fondo ocre y apagado parece ir a tragarse los cuerpos de estas tres mujeres cuyo rostro y postura nos hablan de la impotencia del individuo para luchar contra los grandes mecanismos que rigen su día a día. A las protagonistas del cuadro ni siquiera les queda el consuelo de la solidaridad. Sus miradas son divergentes, se clavan en el espectador, en el bebé cuya seguridad preocupa, en un punto perdido del espacio donde parece encontrarse un futuro nada esperanzador. Estas tres mujeres están unidas por el mismo problema pero aisladas en el pozo oscuro de su propio desamparo.
(Los cuadros de diciembre. 2011)

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