LA MUJER MISTERIOSA
«Quiero entradas para ver al noruego
ese», dice una mujer situada delante de mí en la cola de la taquilla del museo.
Y en seguida añade, dubitativa: «O lo que sea».
Está claro que, por mucho que la
publicidad haga milagros, la inmensa mayoría de los que acuden estos días a la exposición
Hammershøi. El ojo que escucha del Museo Thyssen-Bornemisza no están
seguros de la nacionalidad del pintor al cual se dedica la muestra, pero sí
tienen clara su condición de nórdico. Habitaciones blancas, espacios vacíos, siluetas
vestidas de negro que se recortan sobre una mágica claridad. Sobriedad,
elegancia y misterio. Es a lo que nos tiene acostumbrados el cine venido de
aquellos lares, los impactantes planos despojados de lo superfluo del maestro
Dreyer, la expresiva limpieza de Bergman.
El pintor danés Vilhelm Hammershøi pasó
la casi totalidad de sus cincuenta y un años de vida en su ciudad natal, Copenhague,
donde pintó incansablemente las salas y rincones de las casas en las que
habitó. Ventanas por las que se filtra la luz solar, muebles e instrumentos
musicales que parecen recién abandonados por sus dueños, paredes claras que, en
alianza con la luminosidad, dotan a sus escenas de un carácter casi
sobrenatural. Y, sobre todo, puertas. Puertas que se abren a estancias donde
otras puertas se abren a su vez, invitando a quien contempla el cuadro a adentrarse
en espacios con frecuencia vacíos en los que parece que algo trascendente está
a punto de suceder. Es maravilloso el subtítulo de la muestra: El ojo que
escucha. Hammershøi, en efecto, parece captar en sus pinturas no solo las
formas y colores, sino también la sonoridad que envuelve las estancias de su
casa, una sonoridad formada por susurros y silencios. Más que nunca, me habría
encantado contemplar esta exposición sin verme asaltada por las voces y los movimientos
—incluso el sonido de un móvil: qué importuno— del resto de los visitantes.
En muchos de los interiores pintados por este artista aparece una figura femenina. Sabemos que es siempre la misma, a pesar de que en ocasiones no podemos distinguir sus rasgos faciales, porque con frecuencia esta mujer vestida de negro, en intenso contraste con la claridad que la rodea, está colocada de espaldas al espectador. Sentada al piano, asomando apenas tras una puerta abierta, de pie sujetando un plato junto a un mueble. Se trata de Ida, la esposa de Hammershøi, hermana del también pintor Peter Ilsted. Podemos contemplar su rostro en algunos retratos, su mirada limpia como la de las actrices de Bergman, su sencillez en el peinado y en la vestimenta. Pero llaman la atención de forma especial estas apariciones que nos la muestran de espaldas, con el pelo recogido en un moño del que se escapan algunos mechones, ataviada con un vestido negro y sin adornos. Una figura misteriosa, casi espectral. Ignoro si la personalidad discreta de Ida llevó a su marido a plasmarla de esta manera tan alejada de protagonismos. O tal vez en Hammershøi había una intención de dotar de un carácter inquietante a sus ya de por sí sugerentes interiores. Es inevitable pensar en René Magritte, nacido más de treinta años después que Hammershøi, y en sus inconfundibles hombres con bombín que aparecen dándonos la espalda, incluso situados frente a un espejo en el que no se refleja su rostro, sino su parte posterior, en una de esas rupturas de lo cotidiano tan queridas por el pintor belga. Ignoro Si Magritte conoció a Hammershøi y supo apreciar el misterio de sus mujeres sin cara, pintadas décadas antes de la irrupción del surrealismo; si llegó incluso a encontrar una inspiración en ellas para crear la que sería su figura más reconocible.
Uno de los cuadros de Hammershøi expuestos en la muestra del Thyssen guarda un secreto que solo podemos conocer gracias a la información de la cartela. Se trata de Interior, sol en el suelo, pintado en 1906 y adquirido por la Tate Gallery en 1930. El cuadro en cuestión plasma un motivo repetido con frecuencia en la pintura de su autor: una puerta junto a una ventana por la que se filtra una claridad que se refleja en el suelo de la estancia. Hay, de hecho, otros cuadros similares en la exposición. Pero este en concreto deparó una sorpresa a quienes lo desmontaron por primera vez: el lienzo está doblado por la parte izquierda, de forma que una figura ahí pintada queda oculta a los ojos del espectador y remetida por el lateral del marco. Se trata de Ida, a la cual los que han tenido ocasión de ver la pintura desplegada describen vestida de oscuro y de pie entre la pared del fondo y la mesa que asoma apenas por el lateral izquierdo. Lo curioso es que quien concibió la extraña idea de doblar el cuadro y condenar a la esposa del pintor a la invisibilidad fue el primer propietario de la obra, el pianista Leonard Borwick, amigo de la pareja. Me esfuerzo en justificar un acto cuya simple evocación me produce un intenso malestar. ¿Qué lleva a una persona a la que presupongo sensible y predispuesta favorablemente hacia un artista a deteriorar de forma tan grave una de sus obras? ¿Una simple preferencia, un capricho, un deseo de equilibrar la composición…? En cualquier caso, se trata de un escalón más añadido a la presencia discreta de esta mujer misteriosa, a su estar sin estar del todo, a su progresivo desvanecerse hasta el completo ocultamiento. Y dejadme soñar: me gusta pensar que lo que guio al expeditivo propietario de este cuadro mutilado fue el deseo de guardarse la imagen de Ida para él solo.


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