LECTURAS DE ENERO (2026)
Un joven de
salud delicada viaja desde su Leópolis natal hasta Görbersdorf, una localidad
situada en un valle boscoso y aislado, un auténtico refugio natural para los
enfermos de tuberculosis. Allí se aloja en una «pensión para caballeros» y
acude a consulta con un eminente doctor en la gigantesca clínica que es el
centro de este complejo médico y residencial. Su relación con los otros
inquilinos de la pensión, hombres de variadas edades y procedencias, deriva en
largas conversaciones sobre temas trascendentes. Muy pronto, el lector tiene la
curiosa sensación de encontrarse inmerso en el ambiente de La montaña mágica
de Thomas Mann, revisitado desde la distancia de un siglo por la mirada
original y rompedora de Olga Tokarczuk. Porque en torno a este planteamiento
clásico y tranquilizador empiezan a surgir elementos inquietantes: el suicidio
de la esposa del dueño de la pensión, los inexplicables ruidos que proceden del
desván y la misteriosa primera persona femenina y plural que narra los hechos y
que nos sitúa con frecuencia a ras de suelo, como si la voz procediera de
criaturas primordiales que reptan o se cuelan por los resquicios de la madera.
El lector pronto establece una conexión entre ese «nosotras» que conduce la
acción y el título de la novela: las «empusas» a las que se hace referencia en
él son criaturas fantásticas y malignas del folklore griego antiguo, seres que
adoptan formas diferentes para asaltar a los viajeros y acercarse a hombres
dormidos a los que les arrebatan sus fuerzas hasta la muerte. Pero este término
ha sido empleado también por los científicos para denominar a un tipo de
mantis. Lo mágico y lo no humano forman una corriente subterránea que discurre
bajo el razonable devenir de las conversaciones de los huéspedes de la pensión,
hombres de comienzos del siglo XX que desprecian el dolor de los animales y que
se explayan en sus juicios despectivos hacia las mujeres. Según explica la
escritora en una nota final, las ideas misóginas transmitidas por sus
personajes son paráfrasis de textos de una larga lista de autores de distintas
épocas. Algunos son harto predecibles, como Tomás de Aquino o August
Strindberg. Otros no me los esperaba y su presencia en dicha lista me resulta
incluso dolorosa, como Charles Darwin o William Butler Yeats. Como a estas
alturas de la reseña resultará evidente, la mezcla entre la interminable charla
sobre la superioridad masculina y las mágicas criaturas que acechan a los
contertulios solo puede desembocar en una catarsis. Ha llegado el momento de la
visión crítica, arriesgada y nada complaciente de Olga Tokarczuk. Es el tiempo
de las empusas.
«Es como
tener al lado a tu abuela contándote historias», me explicó el amigo que me
prestó el ejemplar en el que he leído Calabobos, del novelista Luis
Mario. Yo añadiría: como tener al lado a tu abuela cántabra. Porque el lenguaje
y el paisaje de esa tierra se adueñan de tal forma de las páginas de esta
historia norteña que el lector sale de ella completamente empapado y recubierto
de los modismos y expresiones típicos de la zona. La voz que desgrana los
hechos es la del joven protagonista, que con su castellano plagado de apócopes
y coloquialismos nos lleva a conocer su casa, situada en lo alto de un
acantilado frente al mar, cobijada por un cielo en el que resplandece el sol
unos pocos días al año y azotada por todas las aguas, dulces y saladas,
procedentes de las nubes y las olas. En este ambiente oscuro, hermoso e
inclemente, vive nuestro narrador junto a su madre, su abuelo y su hermana
Mariuca. Su existencia ha sido y es durísima: el trabajo sin tregua de la
madre, el recuerdo del padre tiránico, el abuelo impertérrito, la lluvia que no
cesa y el mar terrible, cuyos frutos recoge el protagonista con grave riesgo de
su vida. Alrededor, las figuras poco acogedoras de los vecinos, sumidos en sus
propias dificultades y negados para la comprensión o la solidaridad. En medio
de ese panorama inhóspito, resplandecen dos figuras femeninas. La primera es la
de Nanda La Chona, comadre atenta, cálida y expresiva, plena de afecto y fuente
de chismorreos y de diversión. La otra, la de Mariuca, la hermanita nacida con
discapacidad intelectual y que se revela como un ser a medio camino entre la
tierra y el mundo acuático, en una preciosa deriva hacia lo mágico. Calabobos
es una novela original y absorbente, que oscila entre el realismo
desgarrador y la belleza de lo legendario, y que va envolviendo poco a poco al
lector con su lenguaje peculiar, áspero y tosco, de una extraña poesía.
Un hombre
en la plenitud de la vida se mira al espejo y ve reflejado en él su rostro de
adolescente. Esta expresiva imagen es el punto de partida de Lulu, breve
e intensa novela de Mircea Cărtărescu. Las palabras que dirige el adulto, un
escritor de éxito y de posición acomodada, al adolescente que fue diecisiete
años atrás, son la base sobre la que se articula un enigmático y feroz proceso
de autodescubrimiento. El hombre de éxito nota que un obstáculo entorpece el
engranaje de su existencia: hay algo que no funciona, algo que chirría, que
empuja, que pincha, en el fondo de su conciencia. Para encontrar su origen debe
sumirse en su yo anterior y en los lejanos días de verano que pasó en un campamento
con sus compañeros de instituto. Ahí está el detalle revelador, la clave que
dará sentido a su desasosiego. Este retorno al pasado le sirve a Cărtărescu
para realizar un conmovedor y fascinante retrato de la psicología adolescente.
«Estaba enfermo por el deseo de convertirme en Dios», afirma el narrador
protagonista sobre su versión juvenil. Y también se describe «desesperado como
no volvería a estar en toda mi vida, como solo puedes estarlo en la atroz
adolescencia». Solitario, excesivo, a la vez soberbio y vulnerable, convencido
de que solo el dolor y las carencias lo llevarán a escribir el libro de todos
los libros y decidido a inmolarse para lograrlo, el joven Victor es un
personaje trazado con pasión y desgarro y que produce una intensa sensación de realidad.
En torno a él se despliega el mundo alocado y banal de sus compañeros de
estudios, que el protagonista observa con una mezcla de atracción y de desdén,
y que componen un agudo fresco de la juventud rumana de los años setenta. Entre
todos ellos, se erige la figura del extravagante e incómodo Lulu, que revuelve
en el interior del Victor joven y, de rebote, en el adulto, oscuras facetas de
sí mismo que yacían ocultas. Este proceso de autoexploración se construye a
base de recuerdos, de sueños y de alucinaciones, en un extraordinario viaje por
el interior del protagonista que Cărtărescu pone en pie con su increíble
talento para crear imágenes oníricas. De su mano recorremos escenarios reales
del pasado, descritos con viveza, pero también los laberínticos pasillos de los
sueños, los inaccesibles recovecos del inconsciente. He quedado sobrecogida por
la hiperbólica capacidad lingüística de este autor, por su tropel de palabras
desbocadas que con frecuencia discurren por la delgada frontera entre la elocuencia
y el exceso. He quedado sobrecogida también por la ardua labor de sus
traductores, en este caso de Marian Ochoa de Eribe, que consigue que semejante
despliegue suene natural en castellano. Admirable.
Veinte años
después de su publicación, llega a España El asesinato de los Aosawa, de
la autora japonesa Riku Onda, y lo hace dentro de la colección dedicada a
novela negra de la editorial Salamandra. Se trata de una inclusión lógica a
juzgar por la trama, que podríamos resumir así: diecisiete personas mueren
envenenadas en una fiesta en la mansión de una familia adinerada y el caso
permanece sin resolver hasta que un hombre se suicida dejando una nota de
confesión que no convence al principal investigador ni a una de las testigos,
autora de un libro sobre el crimen. Un asesinato espeluznante y la
disconformidad de varias personas con la versión oficial de los hechos
bastarían para poner en pie una historia clásica conforme a los cánones del
género, pero Riku Onda se las arregla para crear con semejante material la
novela negra más misteriosa, poliédrica y original que he leído nunca. No sé
siquiera si se trata de una novela negra. «Espero que entienda que la verdad no
es más que una visión sobre un tema visto desde una perspectiva concreta»,
afirma uno de los personajes en el capítulo segundo. Y la construcción de El
asesinato de los Aosawa responde con exactitud a esta premisa. La narración
lineal y cronológica es sustituida por una sucesión de voces de personas más o
menos implicadas en la trama: testigos y supervivientes de la matanza,
familiares de estos, un inspector de policía, vecinos del supuesto asesino,
participantes en la creación del libro sobre el crimen… Todos ellos dialogan
con un interlocutor misterioso cuya identidad no se revela hasta el final de la
novela, con el que comparten sus recuerdos y emociones ante el atroz suceso,
así como la sensación de que sus vidas han quedado irremediablemente afectadas
por él. El lector debe navegar por esta pluralidad de perspectivas para
construir su versión de los hechos, que casi seguro no coincidirá del todo con
la de otros lectores. Esta difícil travesía atraviesa territorios que oscilan entre
lo material y lo intangible. El mundo de los sueños, el valor simbólico de los
objetos y el poder de la intuición se elevan por encima de una trama de un
realismo descarnado. Y, envolviéndolo todo, un calor extremo que oprime a los
personajes, que parece incluso salirse del libro para afectar al lector y que
se erige en símbolo del omnipresente verano en el que ocurrieron los hechos y
del que es imposible escapar. Me parecen admirables las obras cuya estructura y
construcción no dependen de un gusto o una elección aleatoria del autor, sino que
están profundamente imbricadas en su esencia misma. Riku Onda ha erigido este
complejo edificio lleno de vericuetos y pasillos sin salida no para hablar
sobre el misterio, sino para hacérnoslo sentir con toda la intensidad de lo que
se vive y no se llega nunca a comprender del todo.




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