LECTURAS DE DICIEMBRE (2025)

Vuelve a la editorial Impedimenta Jon Bilbao, el maestro de los finales abiertos, la indeterminación y las casualidades inquietantes. O, más bien, debería decir que es Impedimenta la que ha salido en busca de los primeros relatos de este autor, convertido a estas alturas en uno de los buques insignia de la editorial, para ofrecer a sus lectores más fieles una serie de textos de difícil localización. Y lo ha hecho en un extenso y jugosísimo volumen que recibe el título de una de las historias, Antes del volcán, a la que se añade el expresivo subtítulo de Cuentos recuperados. Menos mal. De no haberse producido tan afortunado rescate, más de un lector adicto se habría visto envuelto en una complicada trama de búsqueda a través de bibliotecas públicas y librerías de segunda mano para conseguir el tesoro de títulos agotados o de inencontrables antologías de varios autores que incluyen una pieza suelta del objeto de su interés. Me gusta imaginar a algunos de estos exploradores llevando su empresa a un límite de obsesión tal como para llegar a convertirse, ellos mismos, en personajes de Jon Bilbao. Pero el caso es que Impedimenta ha venido en nuestra ayuda con las más de seiscientas páginas en las que se reúnen los motivos habituales de este narrador original e inclasificable: los protagonistas masculinos a los que el azar saca de su atonía vital; sus compañeras, con frecuencia vibrantes, enérgicas, extravagantes; las inquietantes figuras animales (una ballena varada en una pequeña cala, ardillas que pueblan los sueños de una mujer desde que se muda a vivir junto a un bosque, perros de estampa amenazadora y siniestras intenciones, las palomas mensajeras que son el único foco de interés de un huraño joven…). Los escenarios en los que se desarrollan las historias, con frecuencia casas apartadas en medio de una naturaleza que parece dotada de vida o paisajes azotados por condiciones meteorológicas extremas, son un personaje más. También los objetos cobran una relevancia simbólica, un sentido misterioso que no se revela del todo y que produce una mezcla de temor y curiosidad. Basten dos ejemplos: el camión de juguete que llega por correo en un paquete sin remitente y con el que un niño juega ante la creciente angustia de su padre; el juguete sexual de carácter extremo que una pareja se ha atrevido a adquirir y cuyos riesgos, no precisados, se disparan en la imaginación del lector. Con estos protagonistas humanos, animales e inanimados, nuestro escritor construye historias que son tanto más inquietantes en la medida en que el lector ignora la razón última de su inquietud o contribuye a hacerlas más perturbadoras añadiendo elementos de su propia cosecha. Se pasa muy mal y muy bien leyendo a Jon Bilbao, dejándose llevar por sus derroteros imprevisibles, siendo una pieza activa en su juego misterioso, en ocasiones cruel, sugerente siempre. 

En 1971, cuando solo faltaban cuatro años para su muerte, la escritora británica Elizabeth Taylor publicó la última de sus novelas, Mrs. Palfrey at The Claremont, que ha sido traducida al español con varios títulos: el más fiel El hotel de Mrs. Palfrey y el mucho más expresivo Prohibido morir aquí. He de aclarar que este último no se debe a una invención de un traductor imaginativo, sino que es el nombre que uno de los personajes, un joven novelista, da al libro que escribe inspirado por la anciana Mrs. Palfrey, a la que conoce de forma casual. En más de una ocasión he manifestado mi asombro —y admiración— ante la capacidad de ciertos autores para crear personajes interesantes sin acudir a recursos fáciles, a rasgos extravagantes y llamativos que sirvan de señuelo para atraer la atención de los lectores. Elizabeth Taylor, a la que acabo de descubrir gracias a esta novela, es un ejemplo claro. Su Mrs. Palfrey es un personaje inolvidable, creado a partir de pequeños rasgos y detalles hilvanados de forma exquisita: es delicada, considerada con los sentimientos ajenos, nada pretenciosa y dotada de sentido común. No es excesiva ni estrambótica, no tiene actitudes adelantadas a su tiempo ni es fuente de situaciones tensas o hilarantes, y aun así se erige como un personaje memorable. Nunca olvidaré a esta anciana que sobrelleva con dignidad su condición de viuda y el desapego de sus descendientes y que afronta la etapa final de su existencia rodeada de otros ancianos en similares condiciones de vulnerabilidad, alojados en el hotel Claremont, que les ofrece unas condiciones económicas accesibles. Este hotel, que es el último escalón hacia lugares más siniestros, como la residencia de ancianos o el hospital (no olvidemos que, como reza el expresivo título, está «prohibido morir aquí»), se convierte en el símbolo de una dura etapa de la vida, esa en la que las capacidades van mermando y se hace presente el inevitable paso siguiente, el de la desaparición. Las relaciones entre los huéspedes y las intervenciones de personajes del mundo exterior (entre ellos Ludo, el joven escritor al que Mrs. Palfrey hace pasar por su nieto para evitar habladurías) le sirven a la autora para hacer una serena reflexión, sin caer en la sensiblería ni el dramatismo, sobre la decadencia física y la soledad del tramo final de la vida. Conseguir ese equilibrio es algo en mi opinión dificilísimo; Elizabeth Taylor lo logra con esa aparente facilidad que es privilegio de los grandes.

La guitarra portuguesa tiene seis pares de cuerdas. Tres de ellos comparten afinación; los otros tres están afinados con una diferencia de una octava entre sus componentes. Esta imagen de las cuerdas que están unidas a pesar de (o tal vez precisamente por ello) sus afinaciones diferentes es la hermosa plasmación de la dualidad de los personajes protagonistas de la novela Cuerdas, de Luisa Etxenike. Ellos son Jon, el muchacho que huye de una familia que no admite su deseo de ser mujer, y Paulo, el lutier que destruyó su brillante carrera de concertista de guitarra y que arrastra una oscura historia de muerte y desamor. La huida de Jon desde San Sebastián hasta Oporto es el puente que vincula a estos dos personajes desubicados, que deben aprender a vivir con sus miedos y sus sombras. En el vértice de la relación entre ambos se sitúa la prostituta Ángela, con la que Jon aprende lo que implica ser mujer y cuyo nombre asume en su nueva existencia. Y detrás, la figura de Lidia, la esposa muerta de Paulo, único personaje mudo, cuyo recuerdo llena de tristeza y culpa el presente del lutier. Luisa Etxenike es poeta además de novelista y dicha condición resulta evidente en la precisión y expresividad de su lenguaje, en la capacidad de sugerencia de sus imágenes. Construido a base de la superposición de voces y recuerdos de los protagonistas, Cuerdas es un libro que se lee y se relee despacio, que invita con frecuencia a detenerse para captar el eco de las palabras en el cerebro del lector. Es bello y emocionante. Tiene mucho de música, no solo en el título.

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