VIL GUSANILLO COMPLACIENTE

Es una hermosa mañana de agosto, de esas de las tierras del norte, sobre las que no pende (al menos, no tanto como en otras latitudes) la amenaza de un mediodía abrasador. Entro con mi coche en el pequeño aparcamiento frente al hotel donde estoy alojada. Se trata de un encantador hotel rural en medio del verdor asturiano, con un jardincillo abierto a la espesura comunicado con una terraza en la que se sirven los desayunos cuando el tiempo así lo permite. Y en agosto lo permite. He terminado la que creo que es una impecable maniobra de aparcamiento y me dispongo a bajar del coche cuando lo veo aparecer en lo alto. Es un hombre joven, de barba clara, que se ha erguido en la esquina de la terraza más cercana a mí. Está realizando enérgicos gestos de los que, dado que me mira fijamente, es evidente que soy la destinataria. Lo observo con desconcierto antes de descubrir el objetivo de su gesticulación: me está indicando que debo acercar más el coche al bordillo, sin duda para dejar un espacio mayor para las maniobras de los demás. Dada su actitud imperiosa, pienso por un instante que se trata de un empleado del establecimiento, cosa que me extraña, ya que llevo varios días alojada en él y no lo he visto nunca. Pero un detalle revelador me descubre la auténtica naturaleza del personaje. Mientras realiza sus expresivas indicaciones, sujeta en la mano derecha un dónut de chocolate. Se trata, por lo tanto, de un huésped como yo, que ha interrumpido su desayuno para velar por el correcto uso de las instalaciones. Aun así, lo obedezco sin rechistar. Así elevado en la terraza, haciendo amplios ademanes, está dotado de una autoridad inapelable; es una especie de Cristóbal Colón redivivo, mostrando a su tripulación el camino del Nuevo Mundo, encaramado en la proa del barco. Sigo sus instrucciones y acerco el coche al bordillo. Para dar por finalizada la maniobra, mi improvisado instructor traza en el aire con ambas manos, sin soltar el bollo que se está comiendo, una firme línea horizontal. De inmediato, premia mi obediencia con un gesto majestuoso que tiene algo de saludo a las masas y desaparece de mi vista. Entiendo que ha vuelto a su mesa del desayuno y a su dónut de chocolate.

Me quedo unos segundos sentada frente al volante, rumiando una sensación molesta que tardo en identificar. Me asaltan varios pensamientos. El primero, que tengo edad sobrada para que este émulo del Gran Capitán sea mi hijo. La segunda, que yo, de estar en su pellejo (entiendo que es el dueño de un coche cercano que ocupa una plaza un poco estrecha), habría abandonado mi desayuno para acercarme a la ventanilla del vehículo recién llegado y solicitar a su conductor un poco más de espacio que me facilitara la salida. Con una sonrisa, pidiendo disculpas. Sin dónut de chocolate. Pero, reflexiono, ¿qué le vamos a hacer? No cabe duda de que el mundo pertenece a individuos como este. Ellos forman parte de la casta de los Fernández de Córdoba, de Lope de Aguirre y del duque de Alba. ¿Y yo? Me sonrío ante una repentina iluminación. Yo soy un vil gusanillo complaciente. Y es que ahí mismo, sentada al volante de mi coche convenientemente arrimado al bordillo del aparcamiento, han venido a rescatarme de mi tribulación el recuerdo de una misionera y poeta mística de finales del siglo XVI y el sonido de dos voces amigas.

De haber nacido hombre, sin duda Luisa Carvajal y Mendoza, descendiente de una familia de alta alcurnia, habría acometido grandes empresas en la corte y en el campo de batalla. Al ser mujer, tuvo que conformarse primero con fundar un beaterio donde convivió con una comunidad de devotas y, más adelante, con viajar a tierras inglesas, dispuesta a expandir el catolicismo y a afrontar el presumible martirio. Curiosamente, se conservan textos de esta mujer indomable en los que se refiere a sí misma en términos nada grandilocuentes. En una carta dirigida a su amiga Magdalena de San Jerónimo, dice así: «Me hallo como un pequeñillo y vilísimo gusano, sumido en un profundo piélago de misericordias». Y en otra misiva interpela así a Rodrigo Calderón, mano derecha del todopoderoso duque de Lerma: «Pero dígame vuestra señoría, ¿quién soy yo para esto, sino un gusanito?».

En su pódcast Las Hijas de Felipe, Ana Garriga y Carmen Urbita hacen un híbrido entre la nada favorecedora autodenominación de la emprendedora Luisa y la expresión inglesa people pleaser, con la que se designa a las personas que eluden la confrontación a toda costa, priorizando para ello las necesidades y deseos ajenos sobre los propios. Surge así la maravillosa formulación que he tomado prestada para el título de esta entrada: vil gusanillo complaciente. Pertenecemos a esta humilde condición los que pensamos que, en contra de lo que afirma el petulante dicho, es preferible pedir permiso a pedir perdón. Los que medimos con prudencia que roza lo obsesivo las repercusiones en los demás de nuestros pequeños actos. Los que cedemos sistemáticamente el paso. Los que nos disculpamos casi sin pensar. Los que no esgrimimos los derechos que debería darnos (¿debería, realmente?) nuestra veteranía. Los que nos dejamos arrollar por jovenzuelos impetuosos, con tal de no discutir. Los que arrimamos coches a bordillos cuando nos lo exigen con la más absoluta carencia de consideración y cortesía. Es una fórmula sonora e ingeniosa, que me consuela de mis zozobras. Con frecuencia, la pongo en femenino: vil gusanilla complaciente. Esa soy yo. Menos mal que me queda el Barroco para compensar mis sinsabores.

Comentarios

  1. Bea, me he sentido tan identificada! A mí me falta tu conocimiento del barroco.

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  2. Por algún otro comentario que me ha llegado, empiezo a pensar que la comunidad de gusanillos es más amplia de lo que creía, lo cual me conforta tanto como la afinidad con religiosas de los siglos XVI y XVII. En cuanto al conocimiento del Barroco..., eso te lo arreglan Las Hijas de Felipe con un par de episodios de su pódcast.

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