VOLVER A LA ESCALERA DE LA TORRE

Si tuviera que elegir los cuadros más vinculados a mi vida, es seguro que entre los seleccionados se colarían algunos que apenas he tenido la ocasión de contemplar al natural, pero que me han acompañado a lo largo de los años por medio de reproducciones en carteles, postales o cubiertas de agendas. Se trata de una vinculación cotidiana y doméstica, la que se establece con la obra de arte que nos observa pinchada en el corcho sobre el ordenador o que nos hace compañía desde su emplazamiento en la pared del dormitorio o el salón. Aquella sobre la que hemos deslizado la mirada infinitas veces, en momentos dispares de nuestra vida, abstraídos en nuestras tareas y pensamientos, mirándola sin ver, dando por hecho su presencia.

Esta relación que acabo de describir es la que tengo establecida desde hace dos décadas con Encuentro en las escaleras de la torre, del pintor irlandés Frederick William Burton. Por más que lo intento, no consigo recordar el momento en que me encontré cara a cara con este cuadro en una sala de la Galería Nacional de Irlanda. Recuerdo, en cambio, un detalle insignificante: el esmero con que traté la reproducción que adquirí en la tienda del museo y que formó parte de mi equipaje, enrollada en forma de cilindro, durante el resto de mi viaje. Esta reproducción es la que me ha acompañado mudanza tras mudanza durante más de veinte años y pende de una pared de mi casa actual, rodeada por un marco de madera de un color azul intenso, a juego con el vestido de la protagonista.

Lo curioso es que este cuadro que he contemplado infinitas veces (y que no me canso de contemplar) está ligado a una historia que me ha sido desconocida hasta hace poco. Por alguna razón que se me escapa, y que probablemente se deriva de mi tendencia a fabular, durante mucho tiempo he asociado esta escena emotiva y romántica con una de mis historias favoritas: la de los malogrados amores entre la reina Ginebra y el caballero Lanzarote. Esta creencia estuvo tal vez alentada por alguna información errónea leída en una guía turística; el caso es que durante años atribuí la actitud desfallecida de la dama y la intensidad con que su compañero se aferra a su brazo al tropel de sentimientos propios de la pareja de adúlteros: vergüenza, pasión, arrebato, remordimiento, rendición. Todo el drama de la imposibilidad de materializar el amor junto con la incapacidad para huir de él estaba contenido para mí en el estrecho espacio del rellano de la escalera. Un escenario claustrofóbico para un sentimiento que se desborda y no deja sitio para nada más.

Hará cosa de un año, un artículo periodístico me descubrió lo equivocada que estaba. Como buen pintor de la era victoriana, Burton eligió como motivo para su obra una trama legendaria, pero, para mi sorpresa, alejada de los mitos artúricos. La pareja protagonista, extraída de una saga danesa, está formada por Hellelil, hija de una familia noble, y Hildebrand, príncipe de Inglaterra. La oposición del padre de ella, que envía a sus siete hijos varones a dar muerte al amado de su hija, provoca una tragedia terrible: Hildebrand mata en un duelo a seis de los hijos y perdona al más joven ante los ruegos de Hellelil. Como tantas parejas legendarias, esta sella su romance con la muerte; Hildebrand muere como consecuencia de las heridas del duelo y Hellelil le sigue al poco, víctima de la tristeza.

Confieso que, tras este descubrimiento, miré mi querida reproducción con desconcierto durante un tiempo. La mujer que se había atrevido a serle infiel al mismísimo rey Arturo se había convertido de la noche a la mañana en una hija sojuzgada; el caballero Lanzarote, escindido entre su lealtad a Arturo y la atracción irresistible por Ginebra, en un príncipe perseguido por la soberbia de un clan familiar. Los amantes que se separan por el peso de los remordimientos se habían transformado en una pareja amenazada por una furia insana. Esta nueva historia, sombría y brutal, amenazó durante un tiempo con oscurecer los hermosos colores de mi pintura. No ha sido así. Poco a poco, he dejado de pensar en términos personales y, cuando me asomo a esta escena familiar, ya solo veo el maravilloso juego del rojo y el azul, la ondulación del cuerpo femenino que se retrae, la emoción en los ojos cerrados del guerrero, la delicadeza con que la mano de ella se abandona sobre la cota de malla de él. El amor, no importa de quiénes, a la vez amenazado y exultante, a punto de fracasar pero en su cúspide en ese instante, chocando contra los estrechos límites de esa escalera de la torre que he vuelto a visitar, después de veinte años.

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