UNA BELLEZA INESPERADA
En la
comedia de los noventa French Kiss, dirigida por Lawrence Kasdan, hay un
gag que se repite a lo largo de toda la película y que me resulta muy divertido.
La atribulada protagonista interpretada por Meg Ryan, una mujer que sigue a su
esquivo prometido hasta París para descubrir que este le es infiel, se pasea
por la bella capital francesa en un estado de frenesí, acompañada por un sinvergüenza
encantador como solo puede serlo un personaje de ficción y al que da vida el
actor Kevin Kline. En sus idas y venidas, la protagonista se cruza una y otra
vez con la Torre Eiffel, pero sin llegar a verla: se lo impiden barreras
físicas o sucesos que dirigen su atención hacia otro punto en el instante mismo
en que debería producirse la visión. Así, este personaje acongojado está
siempre de espaldas o mirando hacia otro lado cuando se materializa frente a
ella el emblema por excelencia de la Ciudad de la Luz.
No soy demasiado
amiga de las comedias románticas, pero hago una excepción con French Kiss,
en parte porque me siento identificada con esta mujer experta en perderse lo que otros juzgarían fundamental. Soy esa clase de persona que compra un
producto en el momento en que está más alto de precio, que elige la ruta más
lenta y complicada para llegar a su destino, que regresa de un viaje sin ver lo
que todos consideran imprescindible. Una perdedora nata de oportunidades. No
dejan de asombrarme los que se alinean en el otro bando, esas personas perpetuamente
enteradas que me suelen indicar —tarde— la forma correcta de proceder. Son unos
seres para mí exóticos, poseedores de una información que se actualiza de manera
permanente, hábiles rastreadores de ofertas, horarios y atajos. Sus voces me
advierten cuando ya no hay vuelta atrás: «Pero ¿cómo…? ¿No has ido a ver…? ¿No
sabías que hay una ruta más corta…? ¿Tan caro te ha costado…?» A veces concluyen
su discurso, entre el reproche y la piedad: «Si me hubieses preguntado…»
Y, sin
embargo, aquí estoy. Son las ocho y veinte de la tarde del 12 de agosto. En este
mundo volátil nuestro en que las noticias se vuelven obsoletas al instante, tal
vez deba aclarar que está a punto de llegar a su punto máximo el eclipse solar que ha copado
los medios de comunicación durante semanas. Estoy en el noroeste de Galicia, encaramada
a un acantilado sobre el mar. Frente a mí, tan solo una barrera de rocas en la
que me apoyo y el azul del océano. Un sitio de privilegio. Debo confesar que
nada de esto es fruto de previsión alguna por mi parte. Estoy en el que es mi
destino habitual por estas fechas en los últimos veranos y he subido hasta el
mirador siguiendo un consejo de alguien más avezado que yo en cuestiones
geográficas. El caso es que, por primera vez en mi vida, puedo aplicarme la
manida expresión: estoy en el lugar adecuado en el momento justo. Una afortunada
carambola. Me parece una casualidad tan increíble que temo estropear el
espectáculo que está a punto de empezar. Tal vez, como Meg Ryan en French
Kiss, me despiste en el momento final, tenga un ataque de estornudos, me quite las gafas antes de tiempo o me las deje puestas y no vea nada. En el culmen del
nerviosismo, me imagino dando un traspiés y cayendo por la pared escarpada, sin alcanzar a
ver el momento culminante, la negación de la luz, el círculo negro sobre el
astro rey.
Pero no.
Seré breve
con lo que sucede a continuación: la luna que culmina su paciente tarea de recortar la superficie del sol, la
luz que merma, las gaviotas que pasan gritando y desaparecen de repente, la
exclamación unánime de los presentes en el momento del eclipse total. El océano
que se queda quieto, en suspenso, conteniendo la respiración. Los barcos que
parecen suspendidos en el aire. El sol convertido en su reverso oscuro. Un
punto rojo que brilla como un rubí en el borde de la silueta de la luna. El
mundo que se detiene. Qué indescriptible belleza.

"Una perdedora nata de oportunidades" es una hermosa y melancólica fórmula. También tiene su belleza ser "alternativo". Ver lo que otros no ven. Dejar de ver lo que ellos miran. Quizá por eso escribes tan bien.
ResponderEliminar"Una perdedora nata de oportunidades". Siendo tan magnífica escritora, quizá seas más bien "una creadora nata de OTRAS oportunidades".
ResponderEliminarEs una hermosa manera de mirarlo que te agradezco infinitamente, Rubén. Lo cierto es que estar perdida en mi mundo y mirando adonde los demás no miran es una de mis señas de identidad y no renuncio a ella, aunque me haga perder oportunidades. Me parece que voy a pasarme el resto de mi vida dando la espalda a la Torre Eiffel cuando esta se cruza en mi camino.
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