LOS PARAÍSOS DE HOCKNEY
Me entero
por la prensa del fallecimiento del artista británico David Hockney y el primer
pensamiento que me asalta es que ya estará para siempre disfrutando de una rutilante
piscina como las que nos regaló en muchos de sus cuadros. Lo imagino con sus
gafas y su sonrisa entrañable de los últimos años, o tal vez con el pelo rubio
y el rostro redondeado de su juventud, que lo convierten a mis ojos en una
especie de hermano apacible de Truman Capote, sentado al borde de un rectángulo
de increíble color azul, con las piernas metidas en un agua que de puro
transparente vela apenas las siluetas de los cuerpos que se introducen en ella.
Lo imagino envuelto en un albornoz blanco, sonriendo a la luz que le da en el
rostro, a la suave brisa que sin duda soplará en tan plácido entorno. Respirando
el delicioso aroma de los árboles que cubren las laderas cercanas. Descubro pronto,
tras leer titulares y comentarios en las redes, que no soy la única en concebir
semejante imagen celestial. Es que el asunto resulta evidente: si para Jorge
Luis Borges el paraíso era una biblioteca, para David Hockney debe necesariamente
adoptar la forma de una piscina. O tal vez no.
Mi segundo pensamiento es que tal vez el alma del recién desaparecido pintor se haya ido a vivir a uno de los bosques de sus cuadros. Si yo estuviera en su lugar, y en el supuesto de que poseyera un alma inmortal, lo haría con toda seguridad. Los cuadros de paisajes de Hockney son coloridos, brillantes, dotados de un delicioso espíritu infantil. Hace unos años, pensé en utilizar uno de ellos, titulado La llegada de la primavera en Woldgate, East Yorkshire en 2011, como imagen de cabecera de este blog. No lo hice por miedo a incurrir en una vulneración de los derechos de autor, pero ahora me animo a incluirlo en esta entrada como un homenaje al artista desaparecido. Armado con su iPad y explorando los terrenos del dibujo digital, Hockney materializó la más optimista y candorosa recreación de la primavera que conozco. Casi una década después, cuando la pandemia partió de parte a parte nuestra existencia, gloriosamente encerrado en su casa de Normandía, lanzó al mundo una serie de cuadros que exploraban la naturaleza desplegada frente a él y que se convirtieron en una sucesión de mensajes de esperanza. Se hizo célebre su consigna: «No pueden cancelar la primavera». Un bosque en el que la primavera no se cancela nunca me parece una buena plasmación del paraíso, sin desmerecer al gran Borges y su biblioteca interminable. Yo me animaría a pasar la eternidad en cualquiera de los dos emplazamientos. Pensándolo bien, el paraíso absoluto sería una combinación de ambos.



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